March 25, 2005

Palabras del Cónsul General de México en San Diego Luis Cabrera, en ocasión del 199 Aniversario del natalicio de Benito Juárez

Agradezco la asistencia de todos ustedes en respuesta al llamado que hizo el Consulado General de México en San Diego para celebrar el 199 aniversario del natalicio de Benito Juárez, un hombre clave en la construcción de México como nación independiente y soberana.

Pocos mexicanos, como Juárez, supieron guiar a la nación en las horas más dramáticas de su historia: aquéllas en las que se ponía en riesgo la vigencia y la viabilidad del país. Pocos, como Juárez, son ejemplo de patriotismo, no sólo por los actos de gobierno, sino también por su vida cotidiana. Pocos, como Juárez, muestran coherencia de principio a fin entre pensamiento y acción. En Juárez encontramos al hombre síntesis del pueblo de México.

Juárez no está distante de nosotros; no está distante de los mexicanos en Estados Unidos. Recordemos su refugio en Nueva Orleáns, como un migrante mexicano más viviendo y trabajando en los Estados Unidos, desempeñándose en los oficios más diversos para poder sobrevivir. Juárez se empleó entonces en una imprenta y fue torcedor de tabacos, después de haber sido gobernador de su estado, ofreciéndonos así una prueba más de su humildad y de su valor y perseverancia ante la adversidad.


Cónsul General de México en San Diego, durante ceremonia conmemorativa del 199 Aniversario del Natalicio de Benito Juárez

La celebración, tan popular en la comunidad mexicana en Estados Unidos de la Batalla de Puebla, es profundamente juarista. El 5 de mayo de 1862, el ejército francés, el más poderoso de la época, fue derrotado en su intento por tomar la ciudad de Puebla por el Ejército Mexicano, al mando del General Ignacio Zaragoza quien al concluir la batalla le escribiría a Juárez: “Señor presidente, las armas nacionales se han cubierto de gloria”.

Pero Juárez no sólo es aquel huérfano indígena zapoteca del pequeño pueblo de San Pablo Guelatao, Oaxaca, que se logra imponer a la adversidad, que aprende el español hasta los doce años; ni el modesto regidor oaxaqueño, ni el magistrado de las causas indígenas, ni solamente el funcionario estatal que llamaba a vivir en la justa medianía republicana, ni el liberal ilustre, ni el Presidente que consolida el sistema federal y logra la separación de la Iglesia y el Estado. Juárez es, sobre todo, el hombre que preservó a la nación mexicana, conservándola soberana e íntegra territorial y políticamente; que no sólo la pudo mantener unida, organizando con estoicismo ejemplar la defensa nacional ante la intervención francesa, sino que también la quiso cambiar, la ideó mejor, más justa y más moderna. En ese sentido, Hidalgo nos da la Patria y Juárez la República.

Hay que tener presente que México, como pocas naciones del mundo, en un sólo siglo sufriría tres difíciles enfrentamientos con las mayores potencias militares de entonces: de 1810 a 1821, la lucha por la Independencia contra España, en 1846-1848, la guerra contra los Estados Unidos y la pérdida de la mitad del territorio y en 1862 la intervención francesa. Pues bien, el México del siglo XIX, dolorosamente empobrecido, mayoritariamente analfabeta, terriblemente enfrentado internamente, desmoralizado, tuvo la capacidad de generar desde sus entrañas a un líder de proporciones universales como Benito Juárez - el Benemérito de las Américas - y así ponerse de pie nuevamente.

La grandeza de un héroe se mide por la profundidad determinante de sus actos y el alcance y trascendencia de su pensamiento. Hoy, como en el México de Juárez, en el que parecería que la relación entre las naciones se basa en el temor al más fuerte y la imposición de sus designios, es necesario recordar el apotegma juarista: “ENTRE LOS INDIVIDUOS, COMO ENTRE LAS NACIONES, EL RESPETO AL DERECHO AJENO ES LA PAZ”, para perseverar por un orden internacional basado en la justicia, en la tolerancia y en la vigencia del derecho.

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