March 21, 2003

Encienda Una Vela
Mons. Jim Lisante
Director, The Christophers

Encontrando otra vez a Samantha

Cuando uno es sacerdote de una parroquia grande, conoce a mucha gente de vista, pero no siempre recuerda los nombres. Mi parroquia tiene más de cuatro mil familias, y sí puedo recordar algunos cientos de nombres me considero afortunado. Algunas personas lo entienden, pero otras no. Algunas se acercan y preguntan, “¿se acuerda de mi nombre, Padre?”. Yo acostumbraba decir, “por supuesto”, y cambiaba de tema. Pero a veces ellos insistían. Por eso ahora, simplemente digo la verdad: “Reconozco su cara, pero no recuerdo su nombre”. Algunos se llegan a molestar. Una vez un hombre dijo, “pero usted hizo la boda de mi hermana hace tres años”. “Después de esa boda”, le respondí, “hubo trescientas bodas más”. Hace poco tiempo ocurrió algo similar, pero fue un encuentro mucho más agradable.

Una muchacha joven se acercó después de Misa, y esperó que los demás se fueran y me dijo, “¿sabe quién soy?” No sabía y le pregunté, “nos hemos visto antes?” “Bueno, sí, aunque en una forma poco común”. Y despertó mi curiosidad. “¿Dónde y cuándo?, le pregunté. “Mi nombre es Samantha, tengo dieciocho años. Usted conoció a mi mamá cuando ella estaba embarazada, esperándome a mí. Ahí fue cuando nos conocimos, aunque no fue cara a cara”.

Y le pedí a Samantha que me contara más. “Mi madre me crió sola. Tuvo muy poco apoyo. Mis abuelos se enojaron mucho por mi padre —quien desapareció en cuanto mi madre quedó embarazada. Así que ahí estaba ella, de diecinueve años -embarazada, con miedo y sin dinero”.

Yo pensé, dónde encajo en la historia, pero Samantha continuó: “Hace poco le pre-gunté a mi madre por qué no se hizo un aborto. Y me dijo que casi lo hacer. Pero en esos días oyó a un sacerdote que habló sobre la belleza de la vida, y la necesidad de protegerla. Era usted. Dice que lo buscó después de la Misa y conversaron. Mi madre dice que esperaba que usted se enojara, al enterarse de que estaba embarazada y pensaba hacerse un aborto. Pero en cambio, usted la abrazó y le prometió ayudarla a tener a su hija. Mi madre dijo que necesitaba tiempo para decidir, y usted le dio la bendición y rezó por el bebé. Mi madre dice que esa bendición la ayudó a darse cuenta de que éramos dos, ella y yo. De pronto yo ya no era un problema, y por primera vez era alguien”.

Ojalá que pudiera decir que me acuerdo de aquel encuentro, pero no. Muchas veces, en mi vida de sacerdote, pienso que Dios me usa como su instrumento, y no tiene sentido ganarse los laureles por haber dicho las palabras justas.

Y Samantha agregó, “cuando oí esa historia, tenía que encontrarlo. Necesitaba decirle cuán agradecida estaba. Mi madre necesitaba a alguien que la escuchara. Alguien que no la condenara, sino que la comprendiera y le mostrara que había otras posibilidades. Usted lo hizo, y sé que por eso yo nací. Así que cuando se sienta agobiado o tenga un mal día, o cuando los escándalos de la iglesia lo depriman, no se olvide de que su vida tiene más sentido de lo que se imagina”.

Voy a prestar más atención ahora, a esas caras conocidas. A veces tienen las historias más hermosas que contar.

Para obtener una copia gratis de ECOS S-195 “Por nuestros niños”, escriba a The Christophers, 12 E. 48th Street, New York, NY 10017 spanish-dept.@christophers.org.

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