March 17, 2006

Mártires Irlandeses en la Toma de Veracrúz en 1847 en la Intervención Norteamericana en México

“Ejecutaron en México a los Irlandeses que formaron la Compañía de San Patricio”

Por: Paco Zavala

Si un personaje es odioso en la historia de México, es el General Antonio de Santa Ana, porque gracias a su incidia, astucia de zorro y a su ambición desmedida, el país sufrió la más cruel de las atrocidades. Tal parece que en una visita que le hizo el hispano-norteamericano Alejandro Atocha a Santa Ana, en su exilio en Cuba, se arregló la guerra de invasión de EE.UU. a México, para pagar como premio de guerra con los territorios de Nuevo México y la Alta California. Santa Ana, conocedor de los alcances en aquellos tiempos de los personajes que ocupaban el gobierno, del pueblo, del clero y de todo cuanto había en México. Sabía perfectamente que apoderándose del puerto de Veracruz, que representaba la garganta del país, se ahogaría la economía del país azteca, porque por ese conducto se adquirían todos los recursos de supervivencia del país, así que con un apretón al cuello de México, lo asfixiaría, y eso fue lo que sucedió, por allí se iniciaron las hostilidades militares, que trajeron a la postre, la sesión de los territorios que a EE.UU. le interesaban.

Aunque desde fines de 1845, hubo buques de guerra norteamericanos anclados en las aguas de Veracruz, el bloqueo al Puerto de Veracruz, tuvo principio hasta el 20 de Mayo de 1846. El comandante Fiterkugh, a bordo del vapor Missisippi, dio aviso a los buques neutrales presentes en aquellas aguas de que a partir de esa fecha iniciarían la invación.

Dentro de estas acciones de guerra el primer movimiento de deserción de soldados irlandeses se dio el 13 de marzo de 1847, fecha en que algunos soldados irlandeses desertaron de las filas de Scott y se presentaron a los defensores de Veracruz, para alinearse con estos .

Basados en este movimiento de inconformidad se elabora un Proyecto de Deserción de soldados irlandeses, del cual la historia de México escribe lo siguiente: “Mientras se pedía hacer recaer un acuerdo de la Cámara sobre el asunto de la mediación en el que don Manuel Baranda, Ministro de Relaciones Interiores y Exteriores, entusiasta hasta allí por la guerra trabajaba ahora activamente como único medio de salvar la capital, contando con la secreta cooperación de los ingleses residentes en ella, concibió el proyecto de hacer desertar del ejército de Scott a los irlandeses, que en buen número lo formaban, ofreciéndoles un enganche de diez pesos, el pago del fúsil y doscientos acres de tierra a la terminación de la campaña. Todo esto quedó en suspenso hasta que el Congreso resolviese el punto de la mediación, cuyos preliminares habrían de aprovecharse para dar impulso al proyecto, que sufrió un rudo golpe al ser rechazado aquél por la Cámara en su sesión del 30 de abril de 1847.

En aquellos azarosos tiempos de México, en el que la guerra interna era aterradora e inquietante, faltaba la unión de las voluntades en todo el país, los poderes públicos estaban en completo desacuerdo, el partido dominante moderado conservador, ni daba garantías, ni se ocupaba más que en asegurarse del ejercicio del poder que había asaltado desde los primeros instantes de la independencia, sus intrigas, bajas rastreras le tenían enajenada la simpatía pública y si se mantenía aún en el ejercicio de la administración, era debido a que la masa liberal, sucesora de la insurgente, había perdido como repetidas veces hemos hecho notar, sus caudillos y jefes, sacrificados por la astucia y la mala fe, en los cadalsos de los viejos escoseses.

Una de las pretenciones de los EE.UU. en aquellos tiempos era apropiarse de los territorios de Texas, Nuevo México, parte de Tamaulipas, Coahuila, Chihuahua y Sonora y ambas Californias en su totalidad. ¡Hágame favor! Y, si pudo haberlo logrado, por el desorden que existía en aquellos tiempos en las fuerzas políticas y religiosas que existían, que se peleaban el poder palmo a palmo, con la intervención de la víbora venenosa de Antonio de Santa Ana, el que conocía el “teje y maneje” de estos menesteres, aparte de conocer perfectamente el pensamiento del mexicano, que por ninguna razón, ni por dinero, ni por presión, vendería los territorios en juego.

En aquellos días el país mexicano carecía de “patas y de cabeza”, la traición y los errores tácticos militares de Santa Ana, propiciaron la derrota de los mexicanos y el apoderamiento de los territorios de Nuevo México y de la Alta California, como premio de guerra a los EE.UU.

Miles de mexicanos y de norteamericanos murieron, por los arreglos debajo del agua que hicieron los altos jerarcas tanto mexicanos como norteamericanos para realizar la transacción de los territorios de Nuevo México y de la Alta California, todos ellos sin escrúpulos cual ninguno desde el presidente Polk confabulado con el general y sinvergüenza Santa Ana, hasta sus enviados plenipotenciarios y diplomáticos involucrados en el conflicto, provocado por la ambición hacia los territorios de Nuevo México y California por los que ofrecían la ridícula cantidad de 30 millones de dólares, resultando finalmente una indemnización de únicamente 15 millones de dólares, después de la firma del Tratado de Guadalupe, con el que concluyó la guerra.

Dentro del grupo de mártires que fueron ajusticiados, hubo un grupo de irlandeses que desertaron del ejército norteamericano al percibir la suciedad que se inmiscuía en las acciones de guerra. El día 8 de septiembre de1847, inolvidable para México, la corte marcial norteamericano reunida en Tacubaya, juzgó a veintinueve irlandeses que hizo prisioneros en las acciones del 20 de agosto y que formando parte de nuestra “Compañía de San Patricio”, (en honor al santo patrono de Irlanda), se habían batido como leones contra el ejército del que desertaron. Sus jueces norteamericanos sentenciaron a los veintinueve a ser ahorcados, pero el general en jefe conmutó la pena de muerte a nueve de ellos, por la de “cincuenta azotes con un látigo de cuero aplicados sobre las espaldas desnudas de cada uno” y marca de la letra “D”, con hierro candente en el rostro, los otros veinte fueron ahorcados en San Angel, el 10 de septiembre de 1847. La misma corte marcial condenó a la pena de horca a los treinta irlandeses que también fueron hechos prisioneros con los anteriores, y fueron ejecutados en Mixcoac el 13 de septiembre de 1847, fecha de la toma de Chapultepec.

México, rindió homenaje a todos los héroes caídos en estas acciones de guerra, cuando terminó el conflicto. Testigos mudos de estos hechos fueron los cuerpos inertes de los Niños Héroes de Chapultepec: Juan de la Barrera, Juan Escutia, Agustín Melgar, Fernando Montes de Oca, Francisco Márquez y Vicente Suárez, quienes cayeron abatidos por las balas del invasor extranjero.

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