March 4, 2005

Comentario

Preponderancia del Derecho del “Pueblo”

Por Humberto Caspa, Ph.D.

Según el razonamiento del magistrado mayoritario de la Suprema Corte de Justicia -escrito por Anthony Kennedy-, la pena capital contra menores de 18 años es inconstitucional. No simplemente eso, sino que también añade: “Existe un consenso nacional” para su efecto. El veredicto de la Suprema Corte sugiere que, como en los viejos tiempos, el sistema jurídico debe estar supeditado al mandato de las mayorías nacionales y no a la opinión personal de sus magistrados. Es decir, el “derecho común” es todavía parte inmanente del sistema jurídico de nuestro país.

La pena de muerte para menores (Roper Vs. Simmons) mantuvo a los magistrados de la Suprema Corte de Justicia divididos desde el principio hasta el final. Por una parte, el flanco conservador de los jueces federales, William H. Rehnquist, Clarence Thomas, y Antonin Scalía, desde que el caso entró en la magna casa, decidió a favor de la pena capital. Los liberales, Ruth Ginsburg, David H. Souter, Stephen G. Breyer y John P. Stevens, por la otra, decidieron el camino contrario. Y los dos moderados, Anthony Kennedy y Sandra D. O´Connor, como en otros casos, optaron por lo suyo: poner en suspenso a los conservadores y liberales.

Para justificar la inconstitucionalidad del caso, Kennedy citó argumentos internacionales y nacionales. Inicialmente sostuvo que la mayoría en la comunidad internacional está en contra de la pena capital contra menores. Por lo que aparentemente nuestra corte también “debería” aceptar ese legado internacional.

La lógica internacional es un razonamiento creativo pero improcedente. Todos sabemos que eso está más allá de la realidad norteamericana. El mundo todavía no está lo suficientemente desarrollado como para aceptar que un país como el nuestro, esté supeditado a leyes de un Estado global. Aquí, Kennedy, se equivocó y por mucho.

Antonin Scalia fue el que mejor contradijo el argumento internacional de Kennedy, indicando que “la opinión internacional no debería jugar un papel preponderante en la interpretación de las leyes constitucionales”.

Sin embargo, Kennedy arguyó que existe un “consenso nacional” en torno a los castigos capitales contra los menores. Es decir, que la mayoría de la sociedad norteamericana no quiere que a un criminal de 18 años se le ponga en la silla eléctrica, o se le conduzca a la cámara de gases, o se le suministre sustancias letales intravenosas.

En otras palabras, debemos respetar a la democracia en todo su aspecto, incluyendo en las leyes. Kennedy entiende, más que sus colegas conservadores, que el “consenso nacional” está por encima de la opinión personal de un magistrado o juez nacional.

Haciendo un recuento de algunos casos importante podemos hallar que Kennedy ha sabido poner opinión personal a un lado y obra con prudencia profesional, dictaminando a favor de las mayorías nacionales; y especialmente, de la lógica de la sociedad.

Por ejemplo, Kennedy no ha estado de acuerdo con el aborto prematuro de los bebés. Sin embargo, en 1992 votó apoyando su alargue por “cuestiones de privacidad y derecho individual de la mujer”. Asimismo, dos años atrás también se unió a los magistrados que hallaron improcedente las leyes de sodomía de Texas. Esto, a pesar de no estar personalmente de acuerdo. De ésta manera él y la mayoría en la Suprema Corte ampararon la relación sexual entre hombres en la vida privada.

Así, en el caso de Roper Vs. Simmons, Kennedy nuevamente demuestra que el razonamiento imparcial y el “consenso” de las mayorías de la nación cuentan mucho más que las creencias personales. Incluso se encuentran más allá de un razonamiento coherente y calculado. Todo esto nos recuerda que las raíces de nuestro sistema jurídico comunitario todavía siguen siendo el sesgo determinante de nuestras leyes.

Que bueno que Anthony Kennedy tome en cuenta el pensamiento nacional, que el personal. De ésta manera él se hace un favor a sí mismo. Cuando Rehnquist finalmente se jubile, Kennedy se perfila, a diferencia de sus otros colegas conservadores y liberales, como el reemplazante idóneo. En una coyuntura ideológica donde las dos partes dominantes –conservadores y liberales— se polarizan cada día más y más, un centrista puede ser el ingrediente perfecto para la cohesión del sistema.

Humberto Caspa, Ph.D. Profesor de economía política en la Universidad Estatal de California San Marcos. E-mail: hcletters@yahoo.com

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