June 15, 2001

Hispanic Radio Network/La Red Hispana
LA COLUMNA VERTEBRAL
El Soporte Informativo Para Millones de Hispanos
Yhamel Catacora

Justicia, Venganza, Muerte

El pasado lunes 11 de junio el país entero despertó con la idea colectiva de que la ejecución de Timothy McVeigh por inyección letal, pondría un punto final al atentado terrorista que él mismo perpetró en 1995; 168 personas fallecieron como resultado, entre las que se encontraban 19 niños.

Pero contrariando los deseos colectivos, la ejecución de McVeigh, no hizo más soltar una nueva hebra en el deshilachado tejido en torno a la pena capital de este país.

La mayoría de los familiares de las víctimas del atentado de Oklahoma decían sentirse satisfechas con el máximo castigo al que fue sometido McVeigh, de 33 años. Y varias otras personas que apoyan la pena capital, aproximádamente un 60% de la población, es decir la mayoría nacional, apoya la decisión de las autoridades.

El respeto al dolor de las víctimas fue general; como lo habría mencionado el Fiscal General, John Ascroft en otra oportunidad, el país entero era víctima de este atentado. Independientemente de la cercanía a las víctimas directas, el atentado  tocó  el corazón del país.

Pero, ¿era necesario poner a todo el país al borde de la violencia nuevamente? George W. Bush, no tardó en recordarle al país que McVeigh "había elegido su destino", considerando en todo momento a este, como un acto de justicia.

La prensa internacional, particularmente, no tardó en recordarle al mundo entero, que el actual presidente de una de las naciones más poderosas del planeta, el antiguo gobernador de Texas, marcó un récord de 152 ejecuciones durante su mandato de cinco años.

Es difícil ponerse en el lugar de los parientes de las víctimas, como sería difícil ponerse en el lugar de la familia de McVeigh. Sin embargo, no se puede obviar la terrible situación que confronta Estados Unidos respecto a la pena capital. Según lo informa Amnesty International, mientras la mitad del mundo ha abolido la pena capital, en Estados Unidos, en 38 de los 50 Estados, se opta por este castigo. Según la misma fuente 85 reos fueron ejecutados en el año 2000.

La pena de muerte ha existido desde tiempo inme-morial, en todas las culturas; no cabe duda, la horca, los garrotazos, la lapidación, el descuartizamiento, entre algunos de los antiguos métodos de la pena capital, se han ido modernizando, entre otros ahora tres inyecciones acaban con la vida del reo.

Aunque los pasos agigantados de la tecnología y sobretodo la creatividad y curiosidad humana hayan disminuído ese sufrimiento final, ese castigo todavía constituye la muerte. ¿Se puede llevar a los niños a la iglesia ó al templo y enseñarles el "no matarás", mientras nuestro sistema se
obstina en castigar con la muerte?

"El asunto ha concluído", dijo a la prensa el Presidente Bush. Y no cabe duda que los familiares de las víctimas quisieran pensar lo mismo. Sin embargo, no podemos dejar que acabe el cuestionamiento de este primitivo castigo.

El crimen de McVeigh fue atroz. Pero es todavía más atroz pensar que la mayoría del país opina que un crimen resuelve a otro. Lógicamente porque muy pocas personas verán a la pena capital como un crimen.

"Tal vez la vida de McVeigh podía haber sido otra", decía un reportero en un especial sobre el aplazamiento de la ejecución inicial. Desafortunadamente la energía judicial parece concentrarse más en la severidad de los castigos que en la prevención del delito.

McVeigh pasará a la historia, pero nadie se atreve a afirmar que su castigo sirva de precedente y prevenga futuros atentados; tampoco nos garantiza que ya no existen personas alienadas y antisociales en el país, y menos que un atentado de la naturaleza del de Oklahoma no se repita.

No. Contrario a lo que muchos quisiéramos pensar, este hecho no pone fin a un problema intrínseco a nuestra sociedad: la violencia,  de la cual los más chicos se nutren y la que se sella con un acto tan terrible como la pena capital.

¿Quieres saber si tu estado opta por la pena capital? Infórmate ahora llamando gratis y en español, a la línea nacional de recursos hispanos al 1-800-473-3003.

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