June 13, 2003

La música de Los Tigres del Norte crea adictos

El grupo norteño estará Junio 14 en el Terrenazo Caliente en Tijuana.

Por Pablo De Sainz

Por mucho tiempo estuve adicto a la música de Los Tigres del Norte. Y como todo adicto, a toda costa trataba de ocultar mi adicción.

Es que un adolescente como yo que se la ‘rolaba’ en Los Angeles con amigos que escuchaban a Nirvana y Metallica, que hacian desastres en sus patinetas y que ha-blaban puro inglés, era pecado aceptar que me sabia de memoria –literalmente– todas las canciones de Los Tigres del Norte.

Entonces, se puede decir que, al igual que las estaciones de radio que se niegan a tocar narcocorridos, yo delante de mis amigos también censuraba a la agrupación más importante en la música norteña.

Pero vino el día que, cansado de ocultar mi amor por el acordeón y el bajo sexto, me salió lo sinaloense y le subí todo el volumen a “Contrabando y traición”.

Mis amigos se rieron de mí. Me llamaban ‘chúntaro’. Algunos, de plano, me dejaron de frecuentar. Pero mi orgullo sinaloense y la voz y el acordeón de Jorge Hernández, el Tigre Mayor, me hicieron dejar la guitarra eléctrica.

Después de salirme del closet y aceptar que era norteño ‘de hueso colorado’, mi adicción se fue haciendo más grave. Y es que esa forma con la que Los Tigres hacen ‘hablar’ al acordeón y la batería suena como si fueran balazos me hizo caer en el vicio.

Conocí la historia del grupo por medio de programas de televisión. Supe que eran sinaloenses, igual que yo, y que habían dejado su tierra cuando eran adolescentes. Los admiré aún más cuando escuché que Los Tigres fueron el primer grupo mexicano en ganar un Grammy en 1988, por su disco “Gracias América... Sin fronteras”.

Poco a poco, fuí comprando todos los más de 30 discos de Los Tigres. Era una adicción con variedad. En la mañana, antes de irme a la secundaría, me despertaba con “La puerta negra”. En la escuela me metia al baño, a escondidas, y en mi walkman me inyectaba “La banda del carro rojo”. En mi cuarto me encerraba por horas escuchando rolas como “Pacas de a kilo” (“Me gusta andar por la sierra, me crié entre los matorrales...”).

Sin embargo, llegó el momento en que las canciones por sí solas ya no me satisfacían. Empezé a buscar otras formas de la droga. Fui a la tienda de videos a comprar todas las películas de Los Tigres del Norte, desde “La jaula de oro” hasta “Ni parientes somos”. Me memorizaba los diálogos. Imitaba los gestos de Jorge, Hernán y hasta de Mario Almada en “La camioneta gris”.

Cada vez que Los Tigres iban a Los Angeles, yo estaba ahí, coreando sus canciones. Me gastaba el poco dinero que tenía en comprar revistas como Furia Musical donde aparecían entrevistas con mis ídolos. Recortaba los posters.

Al seguir buscando formas de satisfacer mi vicio, empecé a recurrir a los bajos mundos de la piratería para comprar cassetes de Los Tigres difíciles de conseguir en las tiendas de discos. Me decepcioné al comprobar que no era de la misma calidad. No se sentía lo mismo. El acordeón fallaba.

Cuando ya andaba en las últimas y mi addición me estaba arruinando la vida (en clases, en vez de poner atención al maestro, me la pasaba componiendo canciones que imaginaba Los Tigres algún día grabarían), decidí, por voluntad propia, regenerarme.

Volví a ver a mis antiguos amigos rockeros y poco a poco fuí sacando de mi sistema el sonido del acordeón de Los Tigres. Regalé o tiré a la basura (no recuerdo) los treinta y tantos compact discs que tenía de ellos. Rompí los posters. Me puse mi camiseta de Caifanes.

Y funcionó. Hoy soy otra persona. Soy un ex-adicto a la música de Los Tigres del Norte. No sé si mi vida ha mejorado o donde estaría yo si no habría salido del vicio norteño.

Pero acepto que hay veces cuando la tentación es terrible. Al caminar por las calles de Tijuana, veo a algún paisano sinaloense subir el volúmen de su estereo a todo lo que da y retumba el acordeón en “Jefe de jefes”. O cuando escucho en los programas de farándula que Los Tigres acaban de sacar nuevo disco, empiezo a temblar.

Lo peor es cuando veo la publicidad en las calles anun-ciando el proximo concierto del quinteto norteño. Ahí es cuando siento que mi cerebro me pide una dosis más.

Y no se sorprendan si algún día me encuentran en el Terrenazo Caliente coreando “La banda del carro rojo”.

Cualquier adicto les diría que es muy fácil volver a caer en las garras del vicio.

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