June 6, 2003

Crónica de Monsiváis con Trío

Presentación del escritor Mexicano en USD el Lunes pasado

Por Mariana Martinez

6:30 PM. El Instituto de Paz y Justicia, Joan B. Korc en la Universidad de San Diego es un precioso edificio con pasillos laberínticos. En uno de esos pasillos, aproximadamente doscientas personas esperan que se abran las puertas del teatro.

Todo es chal, aretes grandes y trajes bien planchados. Todo también es formal serio y callado, apenas algunos conocidos se saludan en voz baja y el personal del consulado no se da a basto vendiendo más boletos, a pesar de que avisaron que se reservara con tiempo.

6:45 PM. Se abren tarde las puertas del pequeño teatro.

En el escenario un atrio, una mesa y encima, una jarra con agua. Las luces son tenues y la gente en silencio se empieza a acomodar. El agregado cultural del Consulado General de México en San Diego da la bienvenida y presenta al trío que ésta noche acompaña al escritor, comentarista, político y crítico literario mexicano Carlos Monsiváis en una velada en que hablará de los boleros, resquicio del temperamento román-tico de varias generaciones titulada “Esa no porque nos duele”.

Aplausos al trío, aplausos a Monsiváis y empieza la noche con acordes de Rayito de sol.

Con su conocida maestría, Monsiváis empieza a hilar un recorrido a la memoria, iniciando con los orígenes de los boleros y una descripción del México, DF, de la década de los cuarenta, llamándole “el gran laboratorio de la vida moderna”, desde donde surgieron tríos históricos como Los Panchos.

Justo entonces entra una pareja, van tarde, van enojados, reconocen su asiento y se sientan uno al lado del otro, pero a distancia. Ella con un peinado de salón, ojos llorosos, él con el bigote tieso y el ceño fruncido.

Monsiváis alaba para entonces la cuarta voz del trío; el público que con su sentimiento da razón de existir a este género musical que ha perdurado y trascendido hasta llegar a ser parte de la gran industria de Hollywood, como Perfidia se abrió paso en la película Casa Blanca y más recientemente el director español Almodóvar que incluye en sus películas numerosos ejemplos de este género, y luego bromea sobre la gran cantidad de traducciones y de la transformación de Cuando vuelva a tu lado en What a difference a day makes.

Observo al público, en su mayoría gente mayor de los cincuenta, parejas en general pero también algunos treintañeros, recién casados y a mi lado, una mujer mayor con su hija le cuenta como se enamoró de su padre, mientras él le susurraba Amor, amor, amor de Gabriel Ruiz y Ricardo López Méndez, que ahora toca el trío.

Monsiváis da un vuelco hacía el bolero como conspiración tropical de Cuba, Puerto Rico y México, transformando al bolero en un “vaivén de hamaca” y el género lentamente se va transformando de “la urbanidad cachonda” de Agustín Lara a algo más arrabalesco como lo es Amor Prohibido que busca una voz menos educada pero más profundamente herida, como la de Beny Moré.

7:30 PM . La pareja peleada, sigue peleada, aunque la mujer “peinado de salón” le busca la mirada al bigote tieso. Bigote tieso le niega el perdón.

A mi lado la mujer enamorada le toma el brazo a su hija con ojos mojados y más allá, un hombre sólo y triste, con los ojos cerrados extiende la grabadora que lleva en sus manos con un gesto de recuerdos profundos y secretos.

Al escuchar Tu me acostumbraste ya varias parejas que entraron como aburridas, se recargan confiadas en los brazos del otro —toda una vida— y se acarician las canas (las que quedan).

Monsiváis arguye para entonces que los boleros son poesía para generaciones que no la leen, y que las frases de estos boleros de siempre se han filtrado constantes en el habla popular para describir situaciones amorosas y mayormente de ruptura que siguen sucediendo y duelen, todas.

José Alfredo Jiménez es entonces el remedio prescrito, cuyo Ojalá que te vaya bonito, toca un nervio. El trío toca entonces “otras de amor” como La Mentira, te doy dos horas y Amor mío mientras entre las sombras, la pareja peleada se concede una tregua; bigote tieso accede y recorre su brazo por los hombros de su mujer contenta.

A estas alturas de la función, hasta Monsiváis murmura, alejado del micrófono, la letra de las canciones y el público en general sufre contento por aquel México que no tiene años pisándose los talones, si no que se queda estático en los recuerdos de su gente.

Monsiváis adereza con anécdotas de Lucha Reyes y Jorge Negrete y una mujer que hasta ahora no había visto, abraza fuerte su bolsa a falta de aquello que no está.

8:00 PM. En apenas una hora quince, Monsiváis transitó con su público la evolución del Bolero desde la década de los treinta haciendo observaciones que parecen ser lógicas pero que son las de un hombre que ha reflexionado mucho sobre el tema de los boleros y lo que estos significan para un pueblo como el mexicano, que vive de nostalgias y de estas canciones que parecen no situarse en un contexto específico sino que hablan de amor, amor pasional y ajeno al mundo.

Monsiváis reconoce a José José como el mejor intérprete de bolero y pide Un poco más… al trío para luego concentrarse lo que él llama “el último gran bolerista en México” Armando Manzanero y su canción favorita del autor Yo adoro.

Con su canción favorita termina su ponencia y a las 8:15 PM empiezan las com-placencias, por lo que el Agregado Cultural del Consulado, Pedro Ochoa pide “la que faltaba”, Sabor a mí.

Al prenderse las luces, Monsiváis desaparece tras una cortina y el público, irreconocible se siente relajado y hablando en voz alta, animadamente.

La pareja, que ya no está peleada, desaparece entre los pasillos y algunos asistentes, en su mayoría mujeres esperan ansiosas a que salga el escritor a firmarles un poster o estrecharles la mano.

En el pasillo, el bullicio fluye entre invitaciones mutuas a cenar y carcajadas.

Los fumadores rápido buscan un patio y una señora se queja “La última canción se prestaba para que Monsiváis nos invitara a todo el público a cantar” decía.

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