June 6, 2003

Una Afligida Madre Que No Deja de Rastrear la Arena

Por Mary Jo McConahay
PACIFIC NEWS SERVICE

CIUDAD JUAREZ, Mexico — En la lejanía del Oeste del pueblo, donde se localizan las útimas frágiles casas que se encuentran con el desierto abierto, Paula Flores Bonilla mira por sobre una fila de cruces rosas hacia las malezas donde acaba de buscar, por centésima vez. “Durante la época de lluvias hay víboras ahí”, dice ella. Pero estos son días sin lluvias, por lo tanto buscar restos de mujeres jóvenes significa luchar solamente contra el sol, el viento con arena y contra el miedo a encontrar lo que buscas.

De los 270 asesinatos documentados de mujeres jóvenes en los últimos nueve años, más de la tercera parte muestran evidencias de haber sido cometidos por asesinos seriales, dicen los investigadores. Aunque algunos sospechosos están encarcelados, activistas comunitarios dicen que esos hombres son “chivos expiatorios” y que la policía local es ineficiente o está comprometida. La Procuraduría General de la República anunció en mayo que participaría en la investigación debido a que es un crimen federal el tráfico de órganos humanos.

Paula Flores y sus vecinos sacuden sus cabezas y suspiran. No confían en fuereños ni en la policía de Juárez o Ciudad de México. Se reúnen los días feriados temprano para rastrear la arena con varas. Se denominan a sí mismos “Los Zorros del Desierto”.

“Las autoridades se pasan la pelota una a otra y nadie hace su trabajo —NADIE— más que nosotros, la comunidad”, dice Flores, de 45 años, recién quemada por el sol de la mañana.

La hija de Flores, de 17 años, María Sagrario, la cuarta de seis hermanas, fué encontrada por otros, dos semanas después que desapareciera en abril de 1998. A pesar de esto, Flores sigue buscando obsesionada. Buscar a las desaparecidas, dice, ayuda a sobrellevar el dolor de la pérdida. La mayoría de las jóvenes, típicamente delgadas y con cabello negro y largo, eran trabajadoras de fábricas de origen norteamericano u otros países en Juárez, y vivía en un barrio pobre, como éste llamado Anapra. Los recién llegados del interior arriban a casas parchadas con llantas, partes de carros y cajas de empaques, y buscan trabajo en las fábricas, conocidas como maquilas. No hay presencia policial permanente.

Algunos días, otras madres de desaparecidas se unen a los Zorros del Desierto para buscar en la arena. El grupo no ha encontrado cuerpos todavía, pero es la búsqueda en sí misma la que dá un sentido a los días, dicen. “Personalmente no sé que es mejor, encontrarlas o no”, dice Flores. “Porque si hay jóvenes que fueron arrojadas por ahí y no las encontramos, nos sentimos mal. Pero al terminar la búsqueda y no encontramos nada, decimos ‘Qué bueno, no hay un nuevo crímen’”.

El esposo de Flores, Jesús González, de 52 años, y un vecino con el emblema de un águila en su gorro de beisbol, se ven cansados. Dicen que las cruces rosas, como las colocadas ahí en nombre de su hija y de otras jóvenes encontradas, y colocadas o pintadas en otros lugares de Juárez, les reconforta.

De pronto una llamada se escucha en la radio CB de la camioneta de Jesús. Tres hombres están acosando a los clientes de una tienda de la esquina, exigiendo drogas. González y otros formaron recientemente una policía comunitaria sin armas para detener delincuentes hasta que llegue la policía de Juárez. Rápidamente el vecino llamado “Águila” por su águila en el gorro, salta a su carro. De inmediato González se muestra como un alto y musculoso acompañante y aceleran. Cuando regresan a la casa donde las mujeres esperan nerviosamente, los hombres informan haber sorprendido a los alborotadores. Ellos prometieron irse al amanecer, dice González, señalando la  barda de tejido que atraviesa Anapra, marcando el límite con Estados Unidos.

Sea cuando buscan a sus hijas desaparecidas o patrullando, los habitantes parecen depender de ellos mismos. “Empecé a trabajar para la comunidad debido a la muerte de Sagrario, porque a ella no le hubiera gustado que me quedara con los brazos cruzados”, dice Flores. Ella se sumó a las presiones sobre las autoridades para llevar electricidad y agua a las calles irregulares y no planificadas de nombres sin pretensiones como “Zanahoria”, “Tomate” y “Camarón”.  Flores y sus hijas son sobrevivientes de las maquiladoras del barrio. Dicen que será en homenaje a Sagrario, quien enseñaba catecismo y tocaba la guitarra para niños de 5 y 6 años en la iglesia.

En todo Juárez, trabajadores de las maquiladoras, activistas, psicólogos y residentes del centro de la ciudad describen una atmósfera de miedo y desprotección ante los crímenes sin resolver. En Anapra, sin embargo, uno de los barrios más pobres y más olvidados, algunos dicen estar enfrentando la bestia de la violencia sin acobardarse.

Flores también busca otros medios para desafiar el hecho de la muerte de Sagrario. Hace dos años, otra de sus hijas se casó y las cuatro hijas sobrevivientes se alinearon junto a los novios para la tradicional foto de casamiento. Flores buscó a una amiga fuera de Anapra con conocimientos de computación y le entregó una foto de Sagrario tomada unos meses antes de su muerte. La casa de la familia es pequeña, con una alfombra tan gastada que el piso de cemento se nota debajo de ella, pero en la pared cuelga un hermoso retrato de boda. Las seis hijas de Paula Flores sonríen a la cámara.

McConahay (mcconahay@ pacificnews.org) es una periodista y realizadora de cine con una larga experiencia en las Américas. Traducción: Eduardo Stanley

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