June 4, 2004

Comentario

La soberanía y los nuevos gobernantes en Irak

Por Humberto Caspa, Ph.D

En medio del caos de la guerra, al filo de estruendosos estallidos de bombas y ante el estupor del pueblo Iraquí, que simplemente mira y no participa de los azares de una democracia manipulada desde otras tierras, se instauró el nuevo gobierno interino de ese país. ¿Con el advenimiento del nuevo gobierno, cuáles pueden ser los beneficios de la gente común en Irak, cuyos sueños inmediatos son, como expresa uno de sus habitantes, “estabilidad económica y política, fin de la guerra, y sobretodo trabajos para la manutención de sus familias”?

Debido al escaso tiempo que le depara —hasta fines de año—, el nuevo gobierno probablemente desistirá ocuparse, para el infortunio de sus habitantes, de los problemas domésticos, y planteará más bien la resolución de conflictos a niveles macro-económicos y macro-políticos. Es decir, aquellas cuestiones que corresponden enteramente al Estado y no a la sociedad civil o a la gente.

En consecuencia, los intereses de la mayoría continuarán siendo ignorados, la tensión bélica seguirá tomando su curso; y como resultado de ésta, las necesidades económicas de las poblaciones afectadas por la guerra, persistirán así como también los roces políticos de uno y otro sector étnico-religioso, entre sunitas, shiitas y kurdos.

La nueva estructura del gobierno interino, a cuyos participantes la asesora política Condeleezza Rice los denominó como elementos independientes y soberanos —“no son maniquíes estadounidenses”, dijo en un canal de televisión—, está lejos de ser parte de un Estado moderno soberano. En todo caso, la soberanía iraquí está todavía en cuestión. Sólo cuando su gente elija a sus nuevos mandatarios de acuerdo a sus ideales políticos, culturales y filosóficos (auto-determinación), cuando su gobierno no tenga algún tipo de influencia extranjera, cuando tenga reconocimiento internacional, Irak será considerado Estado libre y soberano. Mientras esto no ocurra, este país todavía poseerá los síntomas de una sociedad dominada, dependiente, y, por qué no, ultrajada.

Así, el nuevo gobierno interino de Irak es producto del entrelazamiento de ideas y un programa político que pretende crear una sociedad que tenga afines con la cultura política occidental. Los seis meses que se le ha encomendado al nuevo gobierno no le sirve para crear un programa económico o social que beneficie directamente a las masas. Por el contrario, es simplemente para prever el tipo de gobierno que los dirigentes políticos iraquíes y los actores internacionales envueltos en la contienda pretenden establecer, una vez que se celebren las elecciones “democráticas” en enero del próximo año.

Por ello, los nuevos dirigentes interinos tienen oficios específicos para sobrellevar ese cometido, unos con puestos relevantes y que otros con trabajos sin importancia. El nuevo Presidente, por ejemplo, el jeque sunita Ghazi Mashal Ájil al-Yawer, no es una figura clave para establecer el nuevo plan de gobierno. Su puesto principal como de jefe de Estado es meramente simbólico. Se limita, como la Reina de Inglaterra, a cuestiones irrelevantes en la política del gobierno. Esto explica, induda-blemente, por qué el gobierno de Bush accedió a su nombramiento y por qué el ex ministro del Exterior de Irak Adnan Pachachi, consentido del administrador del gobierno norteamericano en Irak Paul Bremer III, rescindiera de su invitación a tomar ese puesto. El controvertido y ambicioso Pachachi sabe, más que nadie, que el actual puesto de presidente en Irak no conlleva las mismas atribuciones del régimen anterior de Saddam Hussein.

Así, todo el peso de la política interna de Irak yace sobre la figura de Iyad Allada, el nuevo Primer Ministro. Una de sus principales tareas como jefe de gobierno es liderar el consejo de ministros, proponer leyes económicas, políticas y sociales que beneficien a su gente, particularmente programar las próximas elecciones generales que se llevarán a cabo en el próximo año. Y en el plano internacional, particularmente en una coyuntura bélica ostensiblemente determinada por las fuerzas norteamericanas, su trabajo se centraliza en negociar un tratado de devolución de la soberanía de Irak.

Con Iyad Allada, el gobierno de Bush encuentra a un personaje con quién puede hablar en el mismo “idioma”. Allada ha demostrado tener afinidad con los ideales occidentales, es creyente de un Estado laico en su país, no obstante su afiliación al islamismo shiita; anteriormente estuvo conectado con la Agencia Central de Inteligencia norteamericana (CIA), también ha demostrado prudencia con el establecimiento de las fuerzas militares estadounidenses en Irak, y aparentemente mantiene una tendencia partidaria a las instituciones democráticas pluralistas. En todo caso, su nombramiento, al igual que algunos componentes del consejo de ministros, sigue un plan de un nuevo reordenamiento político en Irak.

Sin embargo, por mucho que convenga establecer un régimen democrático en Irak, basado en ideales occidentales, mientras las masas son mantenidas alejadas de esos procesos políticos, el nuevo sistema difícilmente mantendría un curso regular de subsistencia. Por lo tanto, es necesario que el gobierno de Bush se de cuenta que la integración de bases sociales en el proceso político es tan importante como las instituciones que se pretenden fomentar, para forjar un gobierno democrático continuo.

Humberto Caspa, Ph.D., especialista en temas políticos y económicos.

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