July 30 2004

Comentario

Barco al garete

Por Andrés Lozano

Naufragio es el desenlace cuando una nave al garete choca contra arrecifes. Hace poca diferencia si se debe a impericia del timonel o la adopción de trayectoria errónea. La nave del estado mexicano flota a la deriva hace casi treinta y cinco años, sin timón desde hace cuatro. Chocará si no se despejan escollos de hechura humana. ¡Es crucial dejar de dar bandazos! Desde 1970, brújula, sextante y cartas de navegación se sustituyeron con arrebato e improvisación. Nada bueno puede salir de esto.

¿Si la tripulación enloquece los viajeros deben controlar la nave? En teoría debe confiarse la navegación a una marinería escogida. Por desgracia, los viajeros pueden equivocarse, como ahora. La selección equivocada se origina en tergiversación por parte de los navegantes, como ocurre. ¿Qué deben hacer los pasajeros cuando en camino descubren una tripulación inepta conduce sobre engaño? A medio camino entre puertos, rebasado el punto de retorno, aterrorizados los itinerantes descubren que, de nuevo, se hallan en nave al garete, maniobrada por atolondrados.

El buen gobierno duró treinta años o cinco administraciones consecutivas de 1940 a 1970. A contramano con la tendencia, México disfrutó coherencia en el despacho durante ese lapso. Sólo en la era colonial y entre 1876 y 1910, había ocurrido antes. Con anterioridad, entre y después, el desgobierno ha sido la norma. Por ello, la colisión a la vista es parte de un patrón normal. A ser evitada, pero previsible si ocurre.

El escrutinio es clave de la buena gestión. Los ciudadanos como los participantes escogen gestores de buena fe y, en apariencia, también por antecedentes. Sólo el tiempo confirma la sabiduría o disparate de la elección. La diferencia entre participantes y electores es que los primeros pueden corregir con rapidez su decisión si el desempeño está por debajo del nivel esperado. Los segundos no disponen de alternativas ágiles. En el mejor de los casos, en sociedades avanzadas, cuentan con la revocación o el voto de desconfianza. Empero, incluso en esos casos es procedimiento ríspido. Por ello es válido afirmar que, en la mayoría de los casos, los electores se quedan enjaretados con sus elegidos por la duración de sus mandatos. El desatino, pues, contiene su propia severa corrección en forma de metas inalcanzadas.

Los electores mexicanos necesitan aprender a escoger a sus elegidos de la misma forma escogen bienes y servicios en el mercado. Votar es como adquirir. Es arrendamiento de administración pública. Si la propaganda de la mercancía y la de la plataforma electoral suenan demasiado buenas para ser ciertas, probablemente así son. Los electores mexicanos encaran opciones políticas infames: Todas las propuestas son mínimas. Deberían poder escoger entre buenas no mínimas alternativas. Votar en México es un juego de azar, entre la menos mala. La pregunta es ¿cuánto tiempo más el electorado aceptará esta farsa? ¿Cuándo dirá basta? Esto es, hacer digeribles las ofertas políticas. No ocurrirá hasta que los electores se involucren en el proceso político. Votar y esperar lo mejor, es conceder mucha manga, un enfoque guango con poco potencial de éxito. México es triste ejemplo de un país que debía estar desarrollado. No ha logrado prosperidad y justicia por combinación de indiferencia y el desgobierno resultante perpetrado por políticos que se saben impunes. En turno, esto, ha fomentado un clima de indemnidad que mina al pacto nacional. Si los personajes pueden salirse con cualquier barbaridad, cualquier Juan, Pedro o Francisco creen lo mismo para ellos y actúan en consecuencia.

Cacumen tiene varias definiciones y una apta para este ejemplo: La habilidad para aprender de los errores y no repetirlos. Según esta medida, hay espacio para mejorar. Los electores mexicanos se rinden una y otra vez frente a merolicos. Entre más absurda la pretensión, mayor el número de ensartados. Por ello, si la experiencia no sirve, al menos la memoria debería. Si ninguna de las dos… bueno, ahí está la imagen de lo ocurrido. El apego a creencias fallidas, aunque sean apreciadas, tan sólo prolonga la innecesaria escasez. Conjunta e individualmente la gente precisa revisar esas creencias y desecharlas. En turno, identificar las ideas necesarias de reemplazo.

Hace ochenta años el nivel de desarrollo de México se comparaba con el de Italia y a principios de los años setenta aún aventajaba a Corea. ¿Qué ocurrió que hoy va a la zaga de ambos países? No hay otra explicación aparte de ser propensos a creencias descabelladas, a atajos hacia la prosperidad. Italia y Corea no hicieron cosas espectaculares: después de experimentar con bobadas descubrieron acciones para estimular el progreso y lo aplicaron. Nada extraordinario: sentido común. Empero, mientras se trasfiera a terceros la toma de decisiones y se esperen buenos resultados de esta sumisión, el único desenlace es la prosperidad de terceros con nuestros medios y a nuestras expensas.

Andrés Lozano alozanoh@msn.com

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