July 20, 2001

Encienda Una Vela
Mons. Jim Lisante
Director, The Christophers

Escuchando Con Compasión

En el verano de 1999 encontraron que mi querido amigo Joe —el Padre Joe Lukaszewski— tenía un tumor en el cerebro. Y al poco tiempo supimos que no iba a ser una historia con final feliz, pero decidimos mantener en Joe un sentido de dignidad y valor a lo largo de su crisis.

Hasta el penoso día en que su vida acabó, en abril del 2000, Joe fue rodeado de bondad y cariño.

Desde su primera operación nadie dudó dónde viviría. Habíamos sido amigos durante 30 años, verdaderamente fue mi mejor amigo. El quería estar con alguien que lo tratara con afecto pero sin atenciones exageradas; también quería mantener su dignidad y cierta privacidad; quería estar con alguien que lo protegiera de la gente bienintencionada que podrían llegar a abrumarlo con visitas. Supongo que él sabía que yo le daría todas esas atenciones, y que yo sabía que él hubiera hecho lo mismo por mí. Y es así que Joe se mudó a mi rectoría.

Durante la mayor parte de los nueve meses que luchó con su enfermedad no fue difícl mantenerlo cómodo y con sentido de dignidad. Pero después del tercer intento de quitarle el tumor la situación se tornó mucho más seria. Joe había perdido la capacidad de comunicarse; las palabras le salían con gran dificultad. Siendo un hombre muy intuitivo y de gran inteligencia, se daba cuenta de lo que iba perdiendo y lo frustraba enormemente.

Sabíamos que posiblemente esa tercera operación sería la última. Y los doctores, en el centro médico de Nueva York donde lo trataban, le dijeron la verdad lo más delicadamente posible: que el cáncer volvería y con más fuerza, siendo más difícil controlarlo y quitarlo. Y es así que con el tiempo Joe ya casi no podía pronunciar las palabras. Cuando veía algo, no sabía cómo llamarlo. Yo trataba de mantenerlo lo más activo posible, mentalmente, forzándolo a encontrar la palabra. A veces Joe me agradecía, a veces se enojaba.

Cerca del final de su vida —más o menos un mes y medio antes de morir— fuimos a dar una vuelta en auto por el campo. Y visitamos el restaurante donde acostumbramos a ir durante 15 años. Las meseras lo conocían, y sabían que Joe estaba pasando por una situación muy seria. La cicatriz a un lado de su cabeza era prueba de que se trataba de un hombre cambiado, de lo que había sido el cliente sonriente que todos querían. Nuestra comida fue silenciosa; Joe casi no podía hablar, pero notó la presencia de otro sacerdote en el restaurante. Sin poder pronunciar la palabra "sacerdote" me dijo simplemente "un cuello" sa-biendo que yo entendería que era un "cuello clerical".

El sacerdote se trataba del Padre Jack Sullivan, el cura párroco del pueblo quien nos vió y se acercó a nuestra mesa. En los pocos minutos que el Padre Sullivan estuvo con nosotros fui testigo de un gesto de compasión como no lo había visto antes. Joe pudo decir unas breves frases al Padre Sullivan, pero ninguna de ellas tenía sentido. Pero el rostro del Padre Sullivan nunca lo manifestó, al contrario, siguió las palabras de Joe con atención. Con amabilidad y bondad en sus ojos. Afirmando con sus gestos, como diciendo, "si, Joe, le entiendo". En ningún momento hizo sentir a Joe que su lenguaje no se podía entender. Y cuando finalmente el Padre Sullivan se despidió de nosotros, Joe sonreía. Alguien parecía haberlo entendido, y se sintió como una bendición en nuestra mesa.

A veces la gente cree que para aliviar el dolor es necesario saber las palabras perfectas. Pero no es así. Cuando escuchamos con compasión superamos todos los obstáculos de la comunicación humana. Cuando escuchamos con compasión damos esperanza a quien sufre. Lo ví en los ojos de mi amigo Joe, ese día en el restaurante. La esperanza ofrece más que la vida, la esperanza promete eternidad.

Para obtener una copia gratis de ECOS S-206 "En lo cotidiano...lo extraordinario - Encontremos a Dios aquí y ahora", escriba a The Christophers, 12 East 48th Street, New York, NY 10017.

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