July 19 2002

EE.UU.: Corrupción en las Zonas Ambiguas

Por Carlos Alberto Montaner

Napoleón y Wellington estaban a punto de enfrascarse en la batalla final. En la bolsa de Londres, en medio del mayor pesimismo, caían los precios de las acciones. La Casa Rothschild, previsoramente, situó a uno de sus agentes cerca del campo de batalla, en Waterloo, una pequeña localidad belga. Cuando se supo quién había vencido, el espía de los banqueros galopó hasta la costa, tomó un velero, cruzó el Canal de la Mancha y en pocas horas, antes de que nadie conociera el resultado del enfrentamiento, comunicó su noticia. Rothschild, dotado de su secreto, compró copiosamente a la baja. Cuarenta y ocho horas después, el triunfo de las armas británicas había multiplicado su fortuna: la información privilegiada le había permitido apostar con ventaja. Si esto llega a suceder hoy y no en 1815 no sé si el banquero hubiera acabado en la cárcel.

La historia viene a cuento de la cruzada moralizante que quiere emprender el presidente Bush para adecentar el capitalismo norteamericano. Hay algo ingenuo en todo eso. No es falso que, en general, fallan los resortes éticos de numerosos empresarios, pero no es verdad que los hombres y mujeres de negocios sean hoy peores que los de antes. La historia de los Vanderbilt, los Rockefeller o los Ford es bastante más oscura que la de los ejecutivos de Enron o Merck. Si la sociedad norteamericana juzga, premia y castiga a sus empresarios de acuerdo con su cuenta de resultados, nadie debe sorprenderse de que exista una clara tendencia a maquillar los libros de contabilidad. Una sociedad que divide a sus miembros en “ganadores y perdedores’’ con relación al éxito económico que consiguen es una sociedad que alienta conductas peligrosas.

Lo curioso de esta explosión de cólera santa contra las trampas del capitalismo es que quienes así se manifiestan son los orgullosos descendientes de un modelo de estado, el republicano, que parte de la razonable suposición de que la mayor parte de las personas son egoístas, ambiciosas y persiguen sus propios fines, lo que aconseja otorgar derechos inalienables, crear frenos y balances, establecer contrapoderes y generar instituciones que impidan los atropellos. En Estados Unidos, afortunada-mente, triunfó el diagnóstico casi paranoico de Hobbes y de Locke, y no la arcangélica visión de Rousseau. Los seres humanos son criaturas muy peligrosas a las que constantemente hay que cortarles las uñas y limarles los colmillos para que no se hagan daño.

Está bien reforzar los cursos de ética en las escuelas de ciencias empresariales, no sería mala idea crear un juramento hipocrático o código deontológico para comerciantes, y resultaría ejemplar colocar tras la reja a unos cuantos bribones que han cometido delitos, pero donde acaso se equivoquen los políticos es en pensar que el buen comportamiento de los empresarios se garantiza con más regulaciones. Lo que se necesita es una combinación de transparencia, simplicidad y falta de discrecionalidad. Si existe la “contabilidad creativa’’ es porque la legislación vigente tolera un juego conceptual que permite llamarle “inversión’’ a lo que es “gasto’’, esconder las pérdidas y revalorizar activos para transmitir una falsa sensación de prosperidad.

Los diablos de la corrupción habitan siempre en las zonas ambiguas de la legislación, en las normas vagas y en la discrecionalidad con que pueden actuar los ejecutivos y funcionarios. Una ley de impuestos simple y sin excepciones evita más delitos fiscales que un ejército de funcionarios dedicados a la inspección de las empresas. Sucede exactamente lo mismo con la contabilidad: es preferible un modelo uniforme y rígido de reflejar la realidad económica de las empresas, sin espacio para retozar con la imaginación, que los sofisticados juegos malabares con los que contables y auditores hoy demuestran lo que les da la gana, moviéndose sigilosamente entre los resquicios que la ley autoriza.

Internet puede ser una gran ayuda en la batalla por la transparencia. ¿Por qué no obligar a todas las empresas públicas —las que cotizan en bolsa y las del estado— a mantener la contabilidad expuesta y al día por medio de páginas internet? ¿Se atrevería una firma de auditores a avalar una trampa si sabe que millones de ojos potenciales pueden inmediatamente detectar su mal comportamiento? ¿Se atrevería un alto ejecutivo a vender sus propias acciones de una compañía que él secretamente sabe en peligro si esa transacción tuviera que ser obligatoria e instantáneamente reflejada en internet?

En todo caso, para que la campaña moralizante de Bush sea más creíble, lo conveniente sería mezclarla con la del senador por Arizona John McCain. Hay que separar a los empresarios de los políticos porque ese contubernio sólo sirve para corromper a unos y a otros. Y más que limitar o regular las donaciones, lo ideal sería prohibirlas totalmente. La idea de que esos aportes son una forma de participación democrática es absurda. Las personas tienen convicciones políticas. Las empresas sólo tienen intereses. ¿Para qué las empresas donan dinero a los políticos si no es para conseguir ventajas y privilegios? ¿Con qué fuerza moral se enfrentan los políticos a la corrupción de los empresarios si las relaciones entre unos y otros muy frecuentemente están basadas en la compraventa de regulaciones que otorgan ventajas? Esta es una buena oportunidad de limpiar el establo, pero no sólo el de los empresarios.

Reproducido con Contacto Magazine www.contactomagazine.com

Return to the Frontpage