July 18, 2003

Analisis

Lecciones de las Elecciones

Por Jorge Santibáñez Romellón

Concluido el proceso electoral del pasado 6 de julio y más allá del análisis de los resultados que decenas de analistas hacen y seguirán realizando a lo largo y ancho del país, quisiera retomar algunas cuestiones relacionadas con las características del proceso en sí mismo y no en función de los ganadores o perdedores.

En México se apostó a que el respeto al voto y a procesos electorales limpios serían los detonadores de un proceso que nos transformaría en un país democrático y así adquirir un valor fundamental para el desarrollo armónico. No suena mal, pero por desgracia esta serie de implicaciones ni son mecánicas ni se dan de manera automática. Es decir, nadie duda que la democracia sea un valor fundamental, pero de eso, a afirmar que un proceso electoral limpio nos convierta automáticamente en un país democrático y a su vez desarrollado, hay una diferencia importante. Existe una buena cantidad de ejemplos de países con procesos electorales limpios sin que sean sociedades democráticas, y de países en donde se puede afirmar que se vive en democracia y sin embargo los indicadores de desarrollo señalan rezagos importantes. Sin embargo nosotros pensamos, con razón, que contar con procesos electorales limpios en un escenario de desconfianza total y generalizada de dichos procesos, era urgente y necesario. Fue por eso que se generó un sistema electoral, basado en la desconfianza de todos contra todos, que involucra un proceso muy complejo y costoso de registro de los potenciales electores, que a la luz de lo ocurrido el 6 de julio (e insisto, no me refiero a los resultados) creo que hay que analizar de manera objetiva.

Transformamos un instituto encargado de las elecciones en una organización plural y transparente, los recursos asignados a los partidos políticos y su registro, son vigilados rigurosamente y para poder votar en las elecciones mexicanas usted requiere de tramitar una credencial especial, aparecer en un listado en la casilla donde va a votar, no puede hacerlo en ninguna otra; los datos de la credencial deben coincidir exactamente con los que aparecen en la credencial y ya que emitió su voto el proceso asegura que no volverá a votar para las mismas elecciones. Todo esto cuesta, sin embargo, arrojó como resultado un gran paso hacia la democracia y propició que los mexicanos por fin creyéramos en un proceso electoral de nuestro país, en las elecciones del año 2000, que llevaron a Vicente Fox a la presidencia de la república. Hasta ahí todo iba bien, nadie se quejaba del costo de esta democracia. Sin embargo el camino que todos anhelábamos expedito, ha encontrado algunos obstáculos y se ha hecho evidente que algo falló en el diseño. Pensamos en un sistema que evitara el robo del voto y fuimos eficientes, pero el mecanismo hoy muestra síntomas de rigidez y lo que es más grave, de poca sustentabilidad futura.

El sistema es tan complejo que inhibe la participación, los resultados están a la vista, en las pasadas elecciones solamente participó el 40% de los electores registrados, mantener un sistema tan rígido y un registro actualizado es muy costoso y si tomamos en cuenta la movilidad de la población y la migración internacional, podríamos decir que es económica y técnicamente, tal y como ahora está, poco viable. Muchos de los que se abstuvieron para ir a votar, el 28% según una encuesta del periódico Reforma, no tenían su credencial actualizada, los partidos políticos no han sido especialmente respetuosos de la reglamentación correspondiente, la vigilancia del origen y destino de los recursos asignados a ellos y que proceden de nuestros impuestos, no son manejados de acuerdo a las normas y la duda ha regresado a la mente de los mexicanos. Algunos han buscado su registro con estrategias que distan mucho de las prácticas democráticas y los resultados no se han hecho esperar, despilfarrando recursos que podrían tener mejor destino. Imagínese, cada voto obtenido el 6 de julio por el Partido Alianza Social, que ni siquiera aseguró su registro y que casi nadie conoce, si tomamos en cuenta el presupuesto asignado a ese organismo político, tuvo un costo para nosotros de más de mil cien pesos, cantidad comparable a la que reciben mensualmente, como único ingreso, miles de hogares mexicanos.

El IFE que se había mantenido bastante bien por encima de pugnas partidistas, como garante de la limpieza de los procesos electorales, finalmente parece que sucumbió a las prácticas políticas de nuestro sistema y hoy parece más un espacio de confrontación entre partidos, una plataforma de golpeteo y se aleja preocupantemente de sus funciones esenciales.

Pero lo más grave está por venir. Tenemos elecciones limpias y creíbles, pero no somos una sociedad democrática ni desarrollada. Porque finalmente, la democracia es tener opciones y si algo se hizo evidente en el proceso que concluyó el 6 de julio es que precisamente de lo que se carece es de opciones y la población debió elegir entre lo muy malo y lo peor. Según la encuesta mencionada la mitad de los abstencionistas piensa que “todos los partidos son iguales”. Los partidos políticos se desgastan en pugnas internas, el gobierno no construye puentes con los partidos de oposición y si me apura tampoco con su propio partido, el presidente y su gabinete están cada vez mas aislados y con menos capacidad de gestión.

Hay ganancias por supuesto, en el 2000 por fin tuvimos una elección limpia que propició una alternancia que era urgente y necesaria, la libertad de expresión ha avanzado considerablemente, la figura presidencial ya no es intocable, la crítica se ejerce con libertad, pero debemos reconocer que aún estamos lejos de la verdadera democracia y que si no avanzamos en el rezago educativo, en el combate a la pobreza o en el ordenamiento de la migración internacional, los procesos electorales, por más limpios que sean, no nos acercarán a esa democracia y el escenario bien podría ser el de una clase política encerrada en sus juegos de poder y de recursos económicos, simulando que se cumplen las reglas, alejados de la sociedad y de sus verdaderos problemas.

El autor es presidente de El Colegio de la Frontera Norte.

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