July 15, 2005

Cafecito de San Ysidro despierta de nuevo

Por Pablo Jaime Sainz

Todas las mañanas yo llegaba al café ambulante de Pedro Zamora en la estación del trolley en San Ysidro.

Pedro vendía un café de olla riquísimo, burritos, tamales y pan dulce.

El cafecito era el punto de encuentro para docenas de mujeres que cruzan la frontera a diario para ir al trabajo. Muchas de ellas son empleadas de la limpieza, ya sea en casas o en hoteles.


Siguiendo la tradición del café vemos al nuevo propietario Ruben Duran

En el cafecito las mujeres platicaban mucho con Pedro. Él era muy popular y todo el mundo lo conocía.

Tú pasabas por el cafecito y te echaba el grito, o le gritaban a él, “Buenos dias, Pedro!” 

En fín, “el cafecito del trolley”, como era conocido, era una parte importante de ésta comunidad.

Localizado en un punto estrategico en la primera estación del trolley en San Ysidro, el puestecito de Pedro funcionaba a la vez como central de abastecimiento de café mañanero y como lugar de encuentro.

Los burritos caseros de frijol, carne desmenusada o chicharrón que él mismo preparaba eran famosos.

Pedro era un emigrante michoacano que había llegado a Estados Unidos en 1988.

Con mucho esfuerzo se hizo propietario del puestecito, del cual anteriormente había sido empleado.

“Los dueños anteriores ya no lo querían, lo promovieron entre los empleados y decidieron que yo era el más indicado para seguir con el puesto”, me contó Pedro en febrero del 2004.

Abierto desde las cinco de la mañana, al puestecito de Pedro llegaba de todo: desde las señoras que van apresuradas rumbo a sus trabajos limpiando casas en La Jolla hasta los señores medio dormidos todavía que van a trabajar a la construcción.

“Todo el mundo me echa el grito y me saluda”, me contó Pedro en febrero del 2004. “Yo aquí conozco a mucha gente y se quedan un rato para echar la platicada”.

Por 10 años Pedro fue propietario del cafecito.

Hasta que lo mataron.

Hace un año, en junio del 2004, el cuerpo de Pedro fue encontrado quemado en su hogar de City Heights.

Muchos de los clientes de Pedro lloraron su repentina muerte.

“Lo extrañamos mucho”, dice Fernánda, una cliente frecuente del cafecito.

Otros clientes lo recuerdan con mucho amor y dicen que era un hombre que siempre tenía una sonrisa en la cara.

“Pedro era alegre, era amigable”, indica Patricia, una amiga y cliente del café. “Cuando yo venía a comprar mi vaso de café, despertaba con los chistes que nos contaba el Pedro. Era muy bueno, todos lo queriamos mucho”.

Había quienes tenían años de conocerlo, comprando su cafecito todos los días.

Otros lo recuerdan como “el señor que vende en el trolley”.

Desde la muerte de Pedro, el cafecito desapareció y con él en parte se perdió el sentido de comunidad que existía en la estación de trolley.

Hasta ahora.

Ruben Duran, quien era empleado de Pedro, decidió abrir de nuevo el cafecito hace unas semanas.

Otra vez se pueden ver a las mujeres rodeando el carro ambulante para tomarse una taza o comerse una dona o un burrito en la mañana.

Aunque Pedro ya no está, el ambiente que se crea alrededor del cafecito rinde tributo a su memoria.

Cada vez que alguien llega a tomarse su café con Rubén, de cierto modo están platicando con Pedro.

Cuando alguien huele el aroma de los burritos, de cierto modo está carcajeándose de algún comentario de Pedro.

Un año después de su muerte, el recuerdo de Pedro, a través de su cafecito, se mantiene vivo en la estación del trolley en San Ysidro.

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