July 2 2004

Cuando la dignidad es más fuerte que la ambición

Yolanda García es la “Poster girl” de la redención capitalista

Por Jose Daniel Bort

La historia de Yolanda fue detallada por primera vez por el LA Times, en el año 2001. En ella, se relataba como una sencilla mujer inmigrante fue capaz de enviar a su hijo mayor al MIT (Instituto de Tecnología de Massachussets) a estudiar Ingeniería Aeronáutica, recolectando latas y botellas de la calle —lo que sus practicantes llaman reciclaje— por más de veinte años.

La tarea no es nada fácil. Comenzando a la una de la mañana y terminando alrededor de las tres de la tarde, Yolanda y su esposo Rogelio (quien gustosamente le deja a su esposa el centro de la atención en esta entrevista) recorren basureros en busca de los tarritos que al final de la jornada les significaría entre 65 y 70 dólares diarios ($2.5 la hora).


Yolanda y Rogelio

Esta historia ilustraba el ingenio de muchos inmigrantes, que sumidos ante la desesperación de no poder conseguir trabajo debido a su situación legal en el país, son capaces de hacer lo impensable para proveer a su prole.

Ahora, el vecino de Yolanda, el cineasta Matt Scurlock, decidió hacer su primer trabajo de envergadura con el documental “Parents of the year”, estrenado durante el marco del festival de Los Angeles. En él se pueden apreciar las imágenes de júbilo ante la graduación del primero de sus hijos, cumpliendo los sueños que Yolanda no ha sido capaz de realizar para si misma.

También se detalla, con una candidez desarmante, la agonía de la faena para Yolanda, quien se ha enfrentado a peligros y decepciones casi imposibles de describir. Al final del día, sus manos desgastadas, rotas y magulladas cuentan la historia de más de veinte años luchando por un pedazo de dignidad.

Al filo de la nada

“Trabajaba en la Gillette. Un día llegó el INS y tuvimos que desaparecer, más de trescientos empleados. Rogelio y yo empezamos a buscar trabajo, pero no conseguíamos nada. Cuando la situación se volvió desesperada, observé a una señora que recorría todos los botes de basura. Cuando me di cuenta de lo que hacía, decidí hacer lo mismo”, explicó Yolanda.

“Rogelio si tenía un trabajo, pero nos dimos cuenta que hacíamos más dinero si lo hacíamos juntos que si yo lo hacía y pagábamos un babysitter, etc. Fue entonces cuando nos hicimos un equipo y podíamos llenar la camioneta en menos de un día de trabajo”, dijo Yolanda.

“Al principio me daba una vergüenza horrible. Me tapaba la cara cuidando de que la gente no me reconociera. Intenté volver a la Gillette, donde tenía varias amigas que sí les habían retornado sus trabajos, pero no tuve suerte. Me dije: ‘Pues si esto es lo que te toca no te queda más remedio”, explicó Yolanda.

El peligro acecha

“Me rompo las manos todos los días, con vidrios o in-yectadoras. Tuve que ir al médico a asegurarme de que estaba bien. Al principio se me inflaba la cara, por los vapores que soltaba la basura. El olor era horrible. Pero después me fui acostumbrando, eso no era lo peor”, dijo Yolanda.

“Lo más dificil era mantenerse íntegra, sobre todo en las horas de la noche, donde la policía y los drogadictos están por todos lados. Era casi cómico: los traficantes pen-saban que yo era policía, y los policías pensaban que estaba vendiendo drogas. Me seguían y revisaban mis bolsas, tratando de conseguir contrabando”, dijo Yolanda.

Una vez que empezó a ser “reconocida”, el equipo de Yolanda y Rogelio fue respetado por policías y drogadictos. “Yo ya los conocía, y ellos nos conocían también. Pero una vez me usaron como cebo. Yo tenía permiso de entrar a un hotel donde limpiaban cuatro veces al día. Hacía mucho del trabajo allá. Pero los policías me siguieron y, escudriñando en la basura, fueron capaces de atrapar a una banda de traficantes que operaba en el Hotel. Desde ahí lo cerraron, y perdí un muy buen punto”, explicó Yolanda.

“Pero quizá lo más difícil fue la carga emocional. Me cerré en mi misma. Tenía una misión, darle a mis hijos lo que mis padres no me pudieron dar, y eso me hizo solo trabajar. Mi niña resiente el hecho de que solo trabajara, dieciseis, dieciocho horas diarias dependiendo de las necesidades del tiempo. Rogelio la tenía más fácil porque cambiaba su rutina, iba a buscar a los niños, etc. Yo me quedaba recogiendo sin parar. Eso me obligó a no disfrutar de nada, de fiestas, cine. Nada me atraía”, dijo Yolanda.

Las recompensas

Aunque Yolanda y Rogelio perdieron su primera casa en 1995, ellos han sido lo suficientemente diligentes como para recuperarse económica-mente y encima pagar los exorbitantes gastos del MIT y de la universidad de su hija, calculados en 30 mil dólares anuales.

“Yo estudié hasta el High School e hice dos años de secretariado. Quería mucho ir a la universidad, era mi ilusión, pero cuando empecé a tener a mis hijos cambié el foco de atención. El Junior (Rogelio García, el mayor) estaba consciente de la situación en que estábamos, pero la niña no. Ella ahora reconoce que fue durante su ida a la universidad y después de la atención que tuvimos con la historia que por fin entendió el difícil camino por el que nos hemos visto envueltos”.

Yolanda no se puede quejar. Rogelio, el mayor, vive con ellos y les alivia la carga de los pagos de la casa de gran manera. La niña se acaba de graduar y está pronta a comenzar a trabajar, y el menor término el High School este año y fue aceptado en la Universidad de San José, California, para ser otro ingeniero. Con respecto al “reciclaje”, aunque todavía lo hacen, no es su fuente completa de ingresos.

Cuando varios medios le hicieron seguimiento a la historia en el LA Times (entre ellos la revista People) descubrió un mundo que muy pocos conocían de verdad. “(La fama repentina) me ha traído un montón de problemas. Ahora todo el mundo quiere reciclar, y tenemos mucha competencia”, dijo Yolanda.

Gente de todos los puntos cardinales buscan el dinero extra. “Más que todo se ven parejas en la calle, recolectando como nosotros. Los trabajadores de las cocinas de los restaurantes se quedan con las botellas y las reciclan ellos mismos. Otra cosa importante: el reciclaje subió al doble. Ahora se puede hacer 140 dólares diarios cuando antes hacías solo 70. Ahora si vale la pena hacerlo”.

La resurrección del alma

Además de la propia satisfacción de proveer por sus hijos, Yolanda descubrió una mina de oro que le alegró el alma. “Cuando salió la historia, recibí una inundación de cartas dándome apoyo y diciéndome cosas hermosas. Me invitaron a sus casas en otros estados, me ofrecieron ayudarme con parte de los gastos. Fue algo muy bonito que me impulsó mucho a seguir adelante. Me motivó mucho y me quitó mucha de la vergüenza que todavía sentía.

Yolanda es resoluta en el lenguaje y vivaz en sus maneras. A pesar de los problemas que ha atravesado, su mirada hacia el futuro es vibrante y llena de inquietudes.

“Ahora me siento mucho mejor. Como no tengo que trabajar tanto, decidí tomar un trabajo limpiando la playa de Venice, y eso me ha caído bien. También voy a continuar mi educación. Este verano pienso inscribirme en unos cursos de inglés y computación. Tenemos computadora en la casa, y la quiero aprender a usar bien. Estoy contenta”, dijo Yolanda, y su historia reververa como pocas en nuestra sociedad.

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