January 28, 2005

LA COLUMNA VERTEBRAL
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Por John Suval

En tierra firme: Para la sismóloga Inés Cifuentes, los terremotos y maremotos son un asunto personal

Inés Cifuentes era una niña pequeña cuando un gran terremoto en el año 1960 sacudió una buena parte del territorio chileno, incluyendo la capital Santiago, adonde ella y su familia se habían mudado un mes antes de esa catástrofe. Durante cinco interminables minutos la tierra se estuvo moviendo, hasta el punto de que parecía que se avecinaba el fin del mundo. Luego vino la calma, pero lo peor estaba por venir para la larga y estrecha franja de territorio que cubre Chile.

Los maremotos que afectaron Chile luego de ese gran terremoto dejaron 2,000 personas muertas. Las gigantescas olas también comenzaron a moverse hacia el oeste en el Océano Pacífico, matando a 61 personas en Hawaii, y 22 horas después del temblor original, otros 200 murieron en Japón. Santiago, que está ubicada a unas 60 millas (97 kilómetros) de la costa chilena, se libró de este golpe mortal de la naturaleza, pero de cualquier manera la catástrofe tuvo un gran impacto en Cifuentes. Actualmente, ella es más que una simple sobreviviente del mayor terremoto de la historia, es una sismóloga y experta en el cataclismo que sacudió el mundo de cuando ella era una niña.

“Los sismólogos han aprendido tanto sobre los terremotos que se pudieron haber evitado muchas de las muertes”, dice Cifuentes, refiriéndose al reciente desastre provocado por olas originadas en el Océano Indico, y que mataron a más de 280,000 muertos en Asia y Africa. “Muchas de esas personas no debieron morir”.

Si fuéramos a tener en cuenta fríamente lo que es el tiempo geológico, el terremoto que provocó las gigantescas y mortales olas fue apenas una poderosa sacudida en la historia de eventos naturales que le han dado forma a la Tierra y a la vida que en ella ha habitado durante miles de millones de años. Pero lo cierto es también que los terremotos ocurren en el  “tiempo de los humanos”, dice Cifuentes, y los científicos deben usar las herramientas que tienen a la mano para prepararse para otras grandes sacudidas de la corteza terrestre y prevenir la pérdida de vidas y los daños a la propiedad.

La historia de la humanidad es una cadena de calamidades. Los libros de historia y los textos religiosos se refieren a grandes inundaciones, erupciones y otros cataclismos que siguen atormentando nuestros días en este planeta. La Tierra está formada por diferentes capas que están sometidas a tremendas presiones. En el centro, a unas 2,890 millas (4,650 kilómetros) de la superficie, se encuentra un núcleo central de metales sólidos comprimidos en una bola compacta. Esta capa tiene unas 800 millas (1,288 kilómetros) de espesor y la temperatura en ella puede llegar a 9,000 grados Fahrenheit (4,982 grados Celsius).

Cubriendo a este núcleo central, se encuentra otro, formado de metales derretidos. Luego viene el manto, que es una masa de roca caliente y densa que tiene 1,800 millas (2,898 kilómetros) de espesor y ocupa la mayor parte del planeta. Finalmente, envolviendo el planeta como una armadura de muchas piezas, se encuentra la corteza terrestre, que es donde habita el mundo animal.

La corteza terrestre está compuesta de unas 20 placas tectónicas que flotan sobre el manto y se mueven quizá unos milímetros por año. Este movimiento no parece ser muy significativo, pero los científicos creen que en algún momento los diferentes continentes formaban una sola masa de tierra que se fue desprendiendo en pedazos a lo largo de cientos de millones de años. Este movimiento de las placas tectónicas, que tienen un espesor de entre tres millas (5 kilómetros) en los océanos y 55 millas (88 kilómetros) debajo de las montañas más altas, se produce de una manera lenta. Pero en aquellos puntos donde las placas tropiezan, el movimiento comúnmente es brusco y ocurren los terremotos. Cuando las placas continentales chocan, una de ellas se baja y la otra queda a un nivel más alto, formando montañas tales como los Himalayas. Las zanjas oceánicas se forman cuando una placa oceánica desciende con respecto a una placa continental.

“Esto es algo que ocurre en todo el Pacífico, incluyendo toda la costa oeste de Centro y Sudamérica”, dice Wayne Thatcher, un geofísico que trabaja para la oficina de Estudios Geológicos de Estados Unidos (U.S. Geological Survey).

Las majestuosas montañas de los Andes son un monumento al constante tropiezo entre las placas de Nazca y Sudamericana, a lo largo de una falla que tiene una extensión de cientos de millas. Igual lo fue el terrible terremoto del año 1960 y los maremotos que éste ocasionó. El desastre del pasado 26 de diciembre que afectó el sur de Asia ocurrió a partir de un violento choque entre dos placas situadas en el Océano Indico.

Para su tesis de doctorado en la Universidad de Columbia en Nueva York, Cifuentes estudió a profundidad el terremoto que afectó el territorio chileno en el año 1960, con la esperanza de aplicar esos conocimientos en tratar de reducir los posibles daños ocasionados por futuras catástrofes. Además de ayudar a confirmar la magnitud récord de 9.5 grados del terremoto en Chile, ella también confirmó la teoría de otros expertos: un inusual movi-miento sísmico que ocurrió 15 minutos antes del fatal temblor. Ella estaba segura de que descubrir el misterio de este evento precursor podría ayudar a predecir futuros terremotos.

Durante décadas, muchas naciones del Pacífico, desde el continente americano, hasta Japón y Rusia, se han unido para crear un sistema de aviso que utiliza satélites y sensores situados en la profundidad del océano con la finalidad de monitorear la actividad sísmica y advertir sobre el inminente peligro de un maremoto. Lamentablemente, ese sistema no existe en el Océano Indico.

Cifuentes dice que los sismólogos sabían que existía la posibilidad de un maremoto en las proximidades de Sumatra. Lo que faltaba era la in-fraestructura de un sistema de aviso. Como directora de la Academia Carnegie para la Educación de las Ciencias, en Washington, DC, esta especialista es una firme creyente en el poder de la educación enfilada a mitigar el impacto de los desastres naturales. Ella menciona el reciente ejemplo de una niña británica de 10 años que advirtió a su familia y a otros turistas para que abandonaran el área de una playa de Tailandia al ver que la marea bajó repentinamente.

“La gente debe aprender a reconocer los signos de un maremoto inminente, para que de esa manera puedan buscar refugio tierra adentro”, dice Cifuentes.

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