January 18, 2002

Crónica de un país en bancarrota

No llores por ti Argentina

Por Emiliano Fernán Rodríguez.

Como si fuera un cuento para niños... Lástima que no lo es. Un país próspero había una vez. Un país noble y digno de ser vivido. Un país disfrutado casi como un edén por sus moradores y deseado como la tierra prometida por quienes buscaban escaparse del hambre, la miseria y las guerras. Un país soñado por la alta sociedad criolla, pero dadivoso con las siempre esperanzadas clases sociales humildes. Un país que le permitía a un maestro de escuela ahorrar dinero y tomarse unas vacaciones en el lugar del mundo que deseara. Un país respetuoso y responsable. Había una vez una república. Había una vez una Nación... Había una vez un país llamado Argentina.

Había una vez un país que tuvo en sus manos la oportunidad de ocupar una posición preponderante en el tejido nervioso del planeta y la dejó escapar. Un país vasto, fértil y dueño de unas riquezas naturales inigualables que no supo aferrarse con todas sus fuerzas al estribo del último tren rumbo al progreso y al desarrollo. Rumbo a la modernidad. Rumbo al éxito. Había una vez una Argentina en la que abundaban el trabajo, la salud y la educación. Un país distinto. Simplemente un país.

Por culpa de quienes administraron su destino con desatino, Argentina fue quedando relegada en el andamiaje ecuménico. Perdió terreno y dinero. Y los dientes de su engranaje se han erosionado demasiado -a estas alturas de la historia- como para encastrar con vigorosidad en el mecanismo del libre comercio mundial y permitir que se reactive pronto su demacrada economía interna. Argentina es hoy un país desconcertante que desafía a diario la racionalidad humana. Es un país de cotillón amenazado por tormentas eléctricas tras la devaluación de su moneda (el peso).

A hurtadillas, el Estado se fue endeudando hasta la coronilla —con la anuencia del Fondo Monetario Internacional (FMI)— y en la actualidad soporta una peligrosa carga que desborda sus espaldas. Entonces, los gobernantes no han tenido mejor idea que transferir parte de ese fastidioso peso a los hombros de la población, que se desangra y teme que aquella próspera comarca de antaño —enfurecida por su infausto presente— le niegue ahora cualquier posibilidad de vivir con dignidad.

Lejos de las caricias del modelo agro exportador del cual mamó Argentina hasta corretear prácticamente a la par de naciones que luego se consolidarían como potencias mundiales, el gaucho hasta ha dejado de tomar mate —la tradicional infusión criolla— de tan deprimido que está. ¿Y los asados? ¿Y las fiestas en familia? ¿Y las vacaciones en el exterior? ¿Y los paseos semanales por el cine, el teatro o los estadios de fútbol? Han quedado para otro día.

¿Será porque sienten que el país los desprecia que muchos jóvenes talentosos huyen despavoridos hacia otras latitudes a demostrar sus virtudes? ¿Será porque el pueblo se rehusa a ser cómplice silencioso de la devastación financiera de Argentina que sale a la calle a golpear cacerolas para demostrar su hastío? ¿Será porque entienden que la Nación permaneció dominada durante años por la impunidad, la mentira y la ineficiencia que las nuevas generaciones lucen desesperanzadas?

¿Es posible que al país del tango, del buen vino y la carne tierna, del fútbol vistoso y las bellas mujeres le estén cavando una fosa en el cementerio del fracaso? Es decir, para una nación —que anhelaba hasta hace no mucho tiempo formar parte del Primer Mundo— el progresivo aumento del desempleo, de la delincuencia, de la pobreza, de la inseguridad y de la corrupción; la falta de expectativas de crecimiento a corto plazo y el desconsuelo de su gente; ¿no son sinónimos de fracaso?

El índice de percepción de actos corruptos en el país se ubica entre los más altos de América Latina. Y su poca transparencia le hace perder un flujo de inversiones externas estimado en casi 20 mil millones de dólares por año, de acuerdo con un sondeo hecho por la renombrada consultora Price Waterhouse Coopers. El trabajo coloca a la Nación entre las menos seductoras de la región para atraer capitales extranjeros y la ubica en la mitad de la tabla mundial, entre 34 participantes.

Mientras, unas 14 millones de personas —casi la mitad de la población— viven en la pobreza en Argentina. Y con la sangrienta rebelión popular que forzó la renuncia de Fernando de la Rúa a la Presidencia el país ha trastabillado ante los ojos de los prestamistas internacionales. Ha perdido el crédito y —de paso— se ha declarado en cesación de pagos, o sea, imposibilitado de atender los compromisos emanados de su deuda externa, la cual rondaba los 150 mil millones de dólares, según datos oficiales.

En el país de los ciegos el tuerto es rey. A medida que desfilan los presidentes los problemas se acrecientan y la angustia social se agiganta. Muchos dicen que Argentina es un como pordiosero que duerme sobre un banco de oro, que tiene todo para ser grande de verdad. Sin embargo, la Nación está en bancarrota y da la sensación de que nadie tiene la culpa. ¡Cómo puede ser que un país entero haya quedado en ruinas y que absolutamente nadie sea culpable de tamaño sacrilegio!

Mejor dicho, parece que los principales responsables de la sugestiva fragilidad que ha puesto en jaque al sistema financiero criollo son los pequeños ahorristas, a quienes se les impide por ley disponer con libertad de sus depósitos bancarios. Y como si esto fuese poco, después de tantos discursos y promesas electorales, el desempleo afecta hoy a un 20% de la ciudadanía, de acuerdo con el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos. De todas maneras, al cabo de tantos años de impiadosa recesión, de engaños y desencantos, ¿vale la pena prolongar la agonía? No llores por ti Argentina...

Con un Estado maniatado por los pactos secretos con sus acreedores; con una Justicia tendenciosa y medios de prensa que prostituyen su objetividad a cambio de publicidad o de propaganda oficial; con sórdidos políticos enquistados en el Poder y sindicalistas indoctos; con fuerzas de seguridad desprestigiadas y una sociedad desprotegida, ¿cómo resistirse a entonar una última súplica? Criaturas, no salgan del útero; niños, no crezcan; adultos, no envejezcan; ancianos, no enfermen; enfermos, no mueran... Por favor, ¡no mueran! Porque si mueren tal vez no haya dinero ni para comprar un cajón.

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