January 17, 2003

LA COLUMNA VERTEBRAL
El Soporte Informativo Para Millones de Hispanos
Por Yhamel Catacora

En el país de los sueños

Llega la semana en la que suele resonar la voz de Martín Luther King Jr. Premio Nobel y una de las figuras que más fervientemente defendió los derechos civiles en este país y quien fuera asesinado en 1963; pues esa voz tendrá una resonancia particular este año, tras la renuncia del líder del senado Trent Lott, al haber exclamado lo impronunciable; sus comentarios generaron un silencio mudo entre los comensales que se reunían para celebrar los 100 años de Strom Thurmond. Aunque sabemos demasiado bien que quien calla otorga, ese silencio generó una polémica que fue todo menos silenciosa.

Lott no tuvo otra alternativa que renunciar después de sus fallidos intentos por disculparse ante la comunidad afro-americana, por haber reiterado su apoyo, más de 50 años después, a Thurmond antiguo gobernador del estado de Carolina del Sur, cuya ideología fuertemente establecía “la segregación de las razas y la integridad racial de cada raza”.

Y es que los comentarios de Lott vertieron a la luz una realidad que el país entero hacía lo posible por evitar, negar o quizás, esquivar, que 50 años no son nada y que el peor malestar crónico del cual padece Estados Unidos, es el racismo.

Es algo lúdica la sorpresa que puede causar esa “auto-evaluación”, esa realización, principalmente cuando sabemos que es la primera impresión de muchos tienen al llegar a este país: la pronunciada división que existe entre los diferentes colores, entre las diferentes razas, e inclusive entre los diferentes estilos de vida.

Esas características marcadas van más allá de los estereotipos, no es difícil identificar por ejemplo, qué tipo de música escuchan las personas de color, o qué ropa visten los blancos. Tampoco es difícil distinguir qué vecindarios habitan los negros y qué vecindarios habitan otros grupos. Todavía causa admiración a muchos ver una pareja blanco y negra, como causa admiración la sorpresa colectiva ante un nuevo escándalo donde el racismo sea  el villano.

Lo peor de todo es que el problema no involucra únicamente a la accidentada relación entre blancos y negros; paradójicamente a medida que crece la población y se diversifica, también se propaga el pavor a lo desconocido, cuyo afecto adverso se traduce en intolerancia.

Con esa intolerancia o esa inadaptación a lo ajeno se abre un ciclo vicioso que comienza nutriéndose del odio. Cuando ese odio se convierte en crimen las autoridades intentan remediarlo ilegalizándolo y la sociedad intenta combatirlo con la peor y la más vil cualidad humana, la hipocresía.

De esa forma, con un día, con el tercer lunes de enero, cada año, los niños en la mayoría de las escuelas recuerdan  quien fue Martín Luther King Jr, e intentan plasmar su legado. Pasa enero, pasa febrero, y el mes de la herencia afro-americana, y los idos de marzo parecen llevarse consigo por el resto del año todos los buenos recuerdos del anti-racismo o de la anti-xenofobia.

Claro está, el problema no es exclusivo de este país. Y aunque hoy en día Latinoamérica presenta problemas divisionistas que son de naturaleza más socioeconómica, el racismo no es ajeno a nuestros pueblos. Si ese fuera el caso, las comunidades indígenas ocuparían un lugar más digno en la historia; algunas no correrían el riesgo de desaparecer para siempre, ni sufrirían de analfabetismo, extrema pobreza, entre solo algunos de los elementos que hoy en día afectan a quienes con alevosía, llamamos indios.

Aunque por siglos intentemos remendar la historia en un día festivo, la realidad será la misma mientras nuestra tolerancia dure sólo ese día, mientras finjamos que amamos a nuestro prójimo cuando salimos al mundo y mientras ese amor dure hasta que cruzamos el umbral de nuestro hogar; mientras susurremos a nuestros hijos que busquen amistades de un determinado color.

El sueño de Martín Luther King Jr. constituye el sueño de, virtualmente la mayoría de la población de este país, pero también significa la pesadilla de muchos. El objetivo no es únicamente que nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos tengan derechos humanos, pero que su raza y su color determinen las fases de su desarrollo.

Esa sociedad “daltónica”, dejará de ser la utopía de nuestros tiempos, comencemos en la intimidad de nuestro hogar,  a catalogar nuestras características como las de la raza humana y no como las de una de las subespecies multicolores, y cuando nutramos en los más jóvenes el orgullo por sus buenas acciones y  no por el color de su sangre.

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