January 4, 2002

Encienda Una Vela
Mons. Jim Lisante
Director, The Christophers

Samaritanos del nuevo milenio

Desde el 11 de Septiembre hemos oído innumerables historias de valor, generosidad y bondad. Y también historias de dolor, pena, muerte y, lo más incomprensible de todo, de maldad incalculable. Gente de Nueva York, Nueva Jersey, Washington, D.C. y de otras partes del país... y también ciudadanos de otros países... sufrieron y murieron. Pero si la gente de Estados Unidos, y de alrededor del mundo, fueron sacudidos en lo más profundo por este horrendo ataque a víctimas inocentes, también fueron profundamente conmovidos por la bondad que encontraron en tantos seres humanos.

Les diré un poco sobre los neoyorquinos. Primero, debo aclarar que neoyorquino es quien viven en los cinco distritos de la ciudad de Nueva York —es decir, no sólo Manhattan, y también se incluye a quien trabaja en Nueva York. En realidad es más actitud que geografía.

Siempre apurados, no muy dados a perder el tiempo en lamentaciones, a veces hasta parecerían arrogantes y cerrados en su mundo. Una imagen a veces reforzada por el cine, la televisión y hasta en programas cómicos. Algunos dicen que nunca podrían vivir en Nueva York, mientras que otros dicen que no podrían vivir en ningún otro lado.

Pero el trágico 11 de septiembre Nueva York se convirtió en blanco del ataque enemigo, y todo fue tan distinto.

Bomberos y policías los primeros en llegar, para rescatar a miles que habían comenzado un nuevo día en las Torres Gemelas y ahora sus vidas peligraban. Alrededor de 5 mil empleados y quienes fueron a socorrerlos perecieron. Pero sin pausa, llegó más ayuda, más gente que hizo lo que había que hacer. Hombres y mujeres colaboraron para salvar al prójimo, entregándose totalmente a la tarea. Comida, un lugar donde estar, sangre, lo que se necesitaba la gente daba. Y cuando se necesitó aún más, la gente volvió con más.

Los neoyorquinos cambiaron en cuestión de minutos. Enseguida empezaron a preocuparse por sus vecinos y a ayudarlos cuando era preciso. Pero la gran ciudad recibió aún otra sorpresa. Nueva York no estaba sola, de todas partes del país llegó ayuda, y también de otros países —incluyendo el equipo de expertos en terremotos que vino de México. Equipos de emergencia se unieron para las operaciones de rescate de víctimas y recuperación de cuerpos. Gente de todas las edades enviaron dinero para ayudar a las víctimas y sus familias. También enviaron cartas, tarjetas y postales ofreciendo apoyo moral. Supongo que nos tendríamos que haber imaginado que algo de tal envergadura iba a provocar la reacción de todo el mundo. Pero supongo que no se nos ocurrió.

Todavía sentimos el dolor de la tragedia, pero al encontrar a millones de seres humanos dispuestos a ayudar —en Nueva York, en el resto del país y en distantes rincones del mundo— nos da valor para sobrellevar el dolor.

Todo esto me ha hecho pensar en el Buen Samaritano y en las enseñanzas de Jesucristo contenidas en esa anécdota en Lucas 10:36-37, donde el Hijo de Dios nos dice cómo ser buenos vecinos.

Los buenos samaritanos han estado con nosotros. Aquí mismo en nuestra ciudad. ¡Gracias!

Para recibir una copia gratis de ECOS Cristóforos S-208 "Cuando muere un ser querido", escriba a The Christophers, 12 East 48th Street, New York, NY 10017.

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