February 28, 2003

JUAREZ

¡Que el pueblo y el gobierno respeten los derechos de todos!
¡Entre los individuos como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la Paz!

Palabras del gran indígena a cuya memoria la gratitud del país ha erigido un ara inconmovible.

Juárez, cuya vida es una lección, una suprema lección de moral cívica, dirigió este manifiesto a la nación cuando, gracias a su heróico amor a la patria, cristalizó de nuevo a la disuelta república.

Benito Juárez, excelente liberal, callado y sereno.

El licenciado zapoteca de tanto mérito y de tan pocas palabras.

Encargado del ministerio de justicia y de negocios eclesiásticos en sus manos tornóse en el más importante de los ministerios.

Fué el ministro político por excelencia.

Fué el de la supresión de las clases eclesiásticas y militar.

Fué, bajo una forma sencilla, el encargado de definir esta revolución: el que la convirtió en reforma.

Padre inspirador, junto con Lerdo de Tejada y José María Iglesias, de la constitución de 1857, en la cual se declara la libertad de cultos, la libertad de enseñanza y la nacionalización de los bienes eclesiásticos, obligando, así, al clero a dedicarse a lo suyo y a no adorar más al becerro de oro, que con tanto dolor se les escapaba de las manos.

Juárez, hombre de espiritu profundamente religioso, de religión católica, en ella, y bajo la forma de superstición propia de su raza sometida y callada, había nacido.

En esa forma, había podido la religión conquistadora penetrar en cada alma indígena y arrojar de ella la creencia vieja, como arrojaban los misioneros al ídolo de la cima del Teocalli, manteniento el prestigio del santuario derruído, con solo reemplazar por otro símbolo, la deidad hecha pedazos y, en apariencia muerta.

Su educación fue adquirida en iglesias vetustas, pirámides de libros de teología, entre siluetas de santos y a la sombra de los campanarios.

Los libros que pasaron por sus manos de seminarista, no contenían más que proposiciones probadas por los padres de la iglesia o comprobadas por las sutilezas de la lógica escolástica.

Las leyes del mundo real, en la enseñanza de entonces, estaban subordinadas a verdades puramente subjetivas que se resolvían, a la primera dificultad seria, por medio de inobjetables proposiciones de fé.

El temor al infierno, la aspiración del paraíso, la admiración de los santos y el temor de los males de la vida, distribuídos a su arbitrio por la providencia, llevaban de la mano al joven zapoteca a las practicas piadosas, a los ritos solemnes y pomposos que, junto con el hábito y los murmullos del canto gregoriano, se hicieron insignificantes, monótonos, somno-lientes e insípidos, quedando envuelto en dogmas que mantenían cerrada lucha con la claridad resolvente que penetra por la ventana de la escuela.

Afortunadamente la red compuesta de dogmas y misterios tenía muchas aberturas y el joven seminarista, hambriento de verdad, pudo salir de ella, refugiándose en los libros que, aunque anatematizados, le dieron el pan que su espíritu buscaba, y abrazó, con pasión ardiente las puertas de la república mexicana, que nació excomulgada y que continuaba condenada o bendecida, según el gobernante del momento.

Su primer maestro fué la naturaleza en los abundantes montes y en el inmenso cielo de su tierra vio al halcón volar en libertad.

Vió a la nube convertirse en tormenta y a la tormenta convertirse en gotas para entregar la vida a la naturaleza muerta, y su corazón, en lo más profundo, se convenció de que su misión era ésta.

Humillado, pisoteado, ignorado e ignorante, creció en él el afán de separarse del grupo e ir a Oaxaca para aprender el idioma de Castilla, y llegar a ser una persona dueña de sí misma, un ciudadano, un hombre….

A la sombra del convento creció, unido al hábito del fraile Carmelita exterior, del lego Salanueva: su maestro, su protector, su redentor…

En su crecer fué testigo de corruptelas, de un mítico celibato eclesiástico, de pláticas de política pero no de emancipación, nada de protestas por los abusos, que olían a incienso.

Con la necesidad de tener vida propia dejó el hábito y aspiró a la toga, y se convirtió en abogado.

Formó su criterio, orientó su espíritu dentro del radio de acción de la ley y no en torno del canon y la teología.

Formó parte de los grupos liberales y reformistas; grupos resueltos a bregar en pro de la supremacía del poder civil; grupos que sabían el valor de la libertad de conciencia.

Luchó por la justicia, por la integridad del país.

Conservadores y clérigos importaron a un gobernante europeo, a quien sacaron de su Castillo de Miramar, suplicándole aceptara el trono mexicano.

Las guerras contra Maximiliano, el Nuevo Quetzalcóat, apoyado por ejércitos franceses y austrobelgas y por abundantes traidores a la patria, hicieron tres años de penurias y desesperación.

Pero, al fín, el amor a la patria fué más poderoso que la traición; y los ejércitos liberales cortos en armamento pero agigantados por el ansia de defender a la república triunfaron, restaurando a la república hecha añicos.

¡Benito Pablo Juárez García, gran padre de la patria, viste el triunfo de tu perseverancia, de tu obra, de tu fé, en ese triunfo te dejamos.

¡En esa luz triunfante perdurará tu memoria!

¡Hombre de gobierno!, supiste fundar la administración y vencer para siempre los elementos de la guerra civil, por tus armas primero, luego, por las leyes de sabiduría y de justicia.

Entregaste a la nación los principios de los que en las logias masónicas te empapaste pues, en tu lucha, siempre presentes estuvieron los deseos candentes de libertad, igualdad y fraternidad.

Abriste de par en par, en tu camino, las puertas de la escuela, iniciando así la re-construcción de la nación hecha pedazos.

¡Tu destino fué ser heróe y en la lucha moriste!

Periódicamente se levanta contra tu memoria la voz airda de la detracción y del odio, en nombre de la historia. Eso es inútil. ¡Eso solo sirve para aquilatar tu mérito y sublimar tu Gloria!

La nación de mañana, la de hoy y la de siempre oirá, en cada conciencia de niño, en cada inteligencia que despierta, las divinas palabras maternales de la escuela laica, de la escuela nacional, que cantará tus glorias y bendecirá tu obra.

¡Hermano Benito Juárez: nadie amó tanto a su patria como tú!; por eso, nadie tiene mayor derecho que tú a que sus errores le sean perdonados.

¡Hermano Benito Juárez: todos estamos contigo! Será inútil rebajarte o injuriarte.

Cada generación, al partir, dirá a la generación que se levanta y llega: ¡Perseverad como él!; ¡Amad como él!; ¡Creed como él!.

Y le entregará la antorcha de inextinguible luz.

¡Hermano Benito Juárez: estamos todos contigo!

Que sea tu recuerdo un símbolo de amor y de concordia. Que sea un ara donde fraternicemos todos los mexicanos.

¡Hermano Benito Juárez! ¡Nadie podrá arrancar tu nombre del alma del pueblo ni remover tus huesos en tu sepulcro! ¡Para llegar a ellos será necesario antes, hacer pedazos la sagrada bandera de la república que con tanto amor te envuelve y contanto amor te guarda!

Escrito por: Francisco Garcia Alvarado

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