February 15, 2002

Encienda Una Vela
Mons. Jim Lisante
Director, The Christophers

Dejemos el pasado atrás

Usar la ropa clerical puede crear un magnetismo muy especial. La gente responde en distintas formas a alguien vestido de sacerdote. En las mejores circunstancias, la gente saluda amablemente con la cabeza y una sonrisa, como diciendo, "gusto de verlo, padre". También están las miradas persistentes, más difíciles de descifrar. Algunos lo miran a uno más como si fuera un objeto que una persona. Y también la reacción más interesante de todas: esas personas que nunca van a llamar o escribir para quejarse, pero que al ver un sacerdote tienen la impresión de que pueden darle un mensaje para todo el clero.

Una vez una mujer en un aeropuerto me preguntó si conocía al sacerdote de su pueblo, el Padre Pablo. Le pregunté el apellido pero no se acordaba. Le pregunté dónde estaba su pueblo, y me dijo al norte de Minnesota. Le expliqué que yo era de Nueva York y no conocía a sacerdotes de Minnesota. Y eso la sorpren-dió. "Yo creía que todos los sacerdotes se conocían unos a otros", dijo confundida.

Hace poco en una boda un hombre me dijo que, aunque había sido bautizado en la Iglesia Católica, hacía 40 años que no entraba a una iglesia. Y le pregunté por qué. Tal parece que cuando tenía 20 años escuchó un sermón que no le gustó. El predicador era su propio pastor, quien dijo que la gente debía donar a la iglesia un porcentaje de sus ganancias. En realidad no era nada nuevo; la idea del "diezmo" ha sido considerada como una forma responsable de aportar donaciones. Pero no para este hombre que me contaba la anécdota. El insistía que un sacerdote no tenía por qué decirle cuánto poner en el platillo de las donaciones. Que eso era algo personal y privado.

Bueno, en realidad tiene razón. Cada persona debe decidir cuál es la suma apropiada, dentro de su presupuesto, para compartir con su comunidad de fe. Pero todavía veía una cuestión aún más profunda en esta situación. Y le pregunté.

"¿Quiere decir que usted se alejó de la oración y de la meditación de las Sagradas Escrituras con su comunidad de fe, y dejó de recibir el Sacramento durante cuarenta años por un sermón y un pastor que no le cayó bien?" Y el hombre dijo que sí. "Pues me parece que pagó un precio muy alto", le contesté.

Pero ese hombre no es el único. He conocido a mucha gente que dejó su comunidad por desiluciones o malas interpretaciones. Sí, es difícil cuando nos sentimos lastimados. ¿Pero no es acaso esencial reparar nuestras diferencias? No olvidemos que la religión va más allá de la simple relación con un solo individuo.

En mi carrera he conocido algunos sacerdotes que, en mi opinión, no alcanzaban el nivel deseado. Pero eso no afectó mis convicciones. Quizás porque los vi como miembros de una parroquia, y no de la comunidad entera. ¿Se imaginan qué pocas familias habría, si cada vez que la gente discute se rompiera la relación? La familia, la amistad, el matrimonio perduran porque aceptan las diferencias, expresan su desilución, tratan de sanar las heridas y siguen adelante. Las relaciones humanas no son perfectas. Pero la gloria de la fe es el poder del perdón y la reconciliación.

Sinceramente espero que, cuando un ser humano se encuentre en una situación similar, no permita que el pasado le impida celebrar el presente. Además de los errores y desiluciones, también muchas cosas buenas ocurren. No perdamos 40 años, ni 40 horas.

Para recibir una copia gratis de ECOS Cristóforos S-224 "Viviendo la paz, dando la paz", escriba a The Christophers, 12 East 48th Street, New York, NY 10017.

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