December 31, 2003

América Latina Rumbo al 2004

Por Humberto Caspa, Ph.D

2004 augura un camino nuevo para América Latina. Los sucesos más relevantes ocurridos en este año (2003) hacen suponer que muchos gobiernos latinoamericanos adoptarán un camino diferente, distinto a las dos últimas décadas, donde imperaron las políticas de corte neoliberal. La viabilidad de este modelo ha sido puesta en cuestión por el Estado y la Sociedad Civil, especialmente con la reunión de la Organización Mundial de Comercio (OMC) en Cancún y después con el movimiento popular en Bolivia, respectivamente.

En tal forma, la nueva alternativa económica regional se configura a partir de un modelo híbrido, compuesto por políticas neoliberales y premisas de la corriente estatista, que caracterizaron a los gobiernos pos Segunda Guerra Mundial. Este modelo ya está encarnado en el gobierno de “Lula” da Silva en Brasil, y ha sido parte de la estructura de Chile desde la década de 1990.

El deterioro de las políticas neoliberales ocurrió a través de un proceso de varios años y no de manera súbita, ni en forma fortuita. El embate neoliberal duró hasta que la gente empezó a sentir en su lecho el rigor de sus efectos devastadores. De acuerdo al Consejo Económico Para América Latina (CEPAL), los problemas sociales se han agudizado notablemente. La pobreza fluctuó entre 35% y 40% en la dos últimas décadas, incrementando 20 millones de pobres en 2003, en un periodo de 5 años. Los ingresos de los pobres y ricos se polarizaron, ensanchando la brecha entre unos y otros. El decil más rico, o sea el 2% de la población económicamente activa (PEA), acumula sumas extraordinarias del Producto Interno Bruto (PIB), mientras que el 2% más pobres una cantidad mísera. En Brasil, los más ricos cosechan 61.6% y los más pobres 3.4% de los ingresos nacionales; mientras que en México y Bolivia, 49 % y 6.9%; 49.5% y 4.5%, respectivamente. Toda esta retracción en la economía, indudablemente, tuvo consecuencias lamentables en la sociedad, al aumentar dramáticamente los índices de criminalidad y otros males sociales. En consecuencia, aunque difícil de asimilar, las políticas macro-económicas han contribuido enormemente en la generación de pobres en América Latina.

El Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial son los baluartes de las políticas de mercado. Sus exigencias nunca cuajaron con la realidad económica y social de la estructura latinoamericana. Una de sus tareas es controlar el pago a tiempo de la deuda externa, el cual ascendió a $1,941.000 millones de dólares en 2002. De esa cantidad, $725.000 se desembolsó en ese año para amortiguar los intereses. Es decir 38% del PIB sale de los países latinoamericanos. En términos individuales, Argentina genera $268.000 millones, de los cuales $132.000 millones fueron destinados a sus acreedores internacionales. Bolivia utilizó 50% y Brasil 47% del PIB para cumplir con sus obligaciones financieras. Tanto se gasta en la amortización de la deuda que el dinero restante no alcanza para cubrir las crecientes exigencias sociales.

Asimismo, las privatizaciones tampoco funcionaron de acuerdo a lo esperado. El proceso pocas veces tuvo candados jurídicos que limitaran la propagación del clientelismo y la corrupción. En algunos casos como en Argentina y Bolivia, y en parte México, los gobernantes terminaron enajenando las empresas para-estatales a sus amigos y familiares, o mejores postores políticos. Las empresas privadas que supuestamente tenían la tarea de reubicar a los desempleados, nunca tuvieron la capacidad de absorberlos, provocando su concentración en el sector informal.

Las políticas de adelgazamiento del Estado, también sin un proyecto de re-localización de empleos, terminaron por polarizar a la sociedad civil y el Estado. En otras palabras, los gobiernos perdieron el apoyo de sus bases (gente), apostaron más por el capital financiero transnacional y el apoyo del gobierno estadounidense. Pocas veces, en algunos casos nunca, escucharon el clamor de la población. Al final, y tal como sucedió en Bolivia, la convulsión política llegó a su clímax y la sociedad prácticamente avasalló con todo, incluyendo a su presidente.

Finalmente, la apertura del capital internacional a los mercados internos no tuvo el desenlace esperado. La entrada abrupta de productos extranjeros, cuyos precios y calidad son altamente competitivos por el nivel tecnológico empleado en su elaboración, prácticamente liquidaron algunos sectores productivos nacionales. En este sentido, por ejemplo, embotelladoras nacionales de gaseosas difícilmente pueden competir con empresas transnacionales, como Pepsi o Coca Cola, quienes no solamente utilizan mayor tecnología, sino también cuentan con un gran capital acumulado que les permite mantener a todo un equipo de mercadotecnia para lanzar eficientemente sus productos en el mercado.

A pesar de estos percances, el modelo neoliberal tuvo algunos resultados positivos destacables. Uno de estos aspectos está vinculado con la estabilidad económica de la moneda nacional con relación al dólar. El otro, muy relacionado al primero, tiene que ver con el control eficiente, a través de políticas monetarias, de las tasas de inflacionarias, 5.8 en 2003. Los precios se mantuvieron relativamente estables. Estos dos indicadores, como alguna vez sostuvo Carlos M. Vilas, investigador de la Universidad Nacional Autónoma de México y ahora asesor económico del gobierno de Kirchner en Argentina, “permitieron la durabilidad tecnocrática en los gobiernos latinoamericanos por dos décadas”.

Así, el nuevo movimiento que aflora en América Latina promete cambios mecánicos, aunque no estructurales en la política económica. No obstante que el modelo neoliberal todavía se mantiene, sus premisas más atomizantes están siendo por lo menos cuestionadas y algunas veces reemplazadas. El tono austero del FMI y especialmente del Banco Mundial, a pesar de que perdura la ideología de mercado en su seno, se relajó debido a la franca oposición reflejada en la sociedad. La Deuda Externa todavía es un tema no tratado; el problema continúa latente y puede desencadenar una crisis si no se logra negociar el pago de los intereses.

Los cambios reales se vislumbraron a niveles de la política exterior, en donde se presenta un dilema: crear un mercado Americano a través del ALCA o reabrir un proceso de negociaciones hacia el MERCOSUR. Los resultados de la reunión de la OMC y la del ALCA en Miami, indican que los gobernantes latinoamericanos se inclinan en poner candados al embate neoliberal, y se perfilan, en consecuencia, más por el MERCOSUR, liderado por “Lula” da Silva en Brasil. Esto es, sin duda, la alternativa menos trágica, en una región donde todavía prevalecen los vestigios de la corrupción, la intromisión norteamericana y el atraso estructural.

Humberto Caspa, tiene una maestría en Ciencia Política, un doctorado en Estudios Latinoamericanos, y fue catedrático de la Universidad Estatal de Fullerton.

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