December 23, 2005

Comentario:

Evo Morales: ¡“Jallalla” Bolivia!

Por Humberto Caspa, Ph.D

René Zabaleta Mercado, máximo exponente de la intelectualidad moderna de Bolivia, manifestó que con la Revolución de 1952, las mayorías bolivianas recién “obtuvieron conciencia nacional”. En otras palabras, Bolivia nació como Estado Moderno en ese año, después de casi medio siglo y medio de la Revolución Francesa. Hoy, esa “conciencia nacional” se reditúa a través del voto popular con la victoria del líder indígena Aymara Evo Morales Aima.

Con el arribo de Morales en el gobierno boliviano, los cambios estarán al orden del día. Inicialmente, el modelo de desarrollo económico, el cual hasta la presente administración había tenido un amplio apego a las políticas ortodoxas de mercado o al neoliberalismo, ahora buscará que el poder estatal, específicamente el gobierno, sea el valuarte del crecimiento económico de ese país.

Recordemos que el neoliberalismo empezó con la tercera gestión de Victor Paz Estensoro, quién paradójicamente la había sepultado en su primera gestión a pocos días después de la Revolución de 1952. Luego, el gobierno del Movimiento de Izquierda Revolucionaria de Jaime Paz Zamora la recobijó, a pesar de las contradicciones ideológicas con su partido de izquierda. Finalmente, fue Gonzalo Sánchez de Lozada quién llevó al neoliberalismo a su estado salvaje. Durante su gobierno, Bolivia liquidó más del 90% de los bienes materiales —entre industrias y capital de servicio—, muchas de las cuales fueron a dar a las manos del capital transnacional.

Evo Morales subió al poder precisamente por las anormalidades de las políticas neoliberales. La retórica de su campaña presidencial incriminó al Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial por su tarea intervensionista, y crucificó a las demás entidades e individuos del capital internacional, quienes aparentemente se enriquecieron ilícitamente a costa del “lamento boliviano”.

La crítica de Morales tiene algo de cierto. Por una parte, la apertura de mercados prácticamente liquidó a la industria incipiente de Bolivia. Y por la otra, la privatización y el adelgazamiento del aparato estatal dejó a miles de trabajadores sin empleo. De esta gente sin trabajo, muy pocos llegaron a insertarse en el sector privado. La mayoría fue a parar al sector informal, manejando taxis, vendiendo cigarrillos, ropa u otro tipo de mercancías en las calles de la capital. Otros, especialmente la clase media, decidieron emigrar a otros países. Los más pudientes vinieron para los Estados Unidos y los que tuvieron menos suerte se fueron hacia Argentina, aunque últimamente muchos están empezando a movilizarse a España. Los más afectados por la pobreza toman parte hoy en la delincuencia organizada de las urbes bolivianas, como en el narcotráfico, rapto de menores, asesinatos y en otros grupos sociales dañinos de diversas patologías.

Si hay algo que destacar del neoliberalismo es la estabilidad monetaria del circulante boliviano —con relación al dólar—y los bajos índices de inflación. Nada más.

Ahora el reto que enfrentará Morales es devolver a los bolivianos la confianza hacia el gobierno. A pesar de que las políticas de mercado no funcionaron a lo largo de dos décadas, él no debe hacer a un lado a la globalización económica, el cual está os-tensivamente ligado al modelo de desarrollo neoliberal.

Así, a su gobierno le corresponde equilibrar a los dos sistemas de desarrollo económico —estatista y neoliberal—, utilizando las mejores premisas de cada uno de ellas, no dejándose llevar por el radicalismo que, al final, simplemente lleva al enfrentamiento político con el país más poderoso del mundo. Ese no es el camino que los bolivianos necesitan en este momento. Empero, en términos de tratados económicos y de comercio, lo más apropiado tal vez sea ampararse al regionalismo del MERCOSUR que a un tratado multinacional continental, similar al que el Presidente George W. Bush quiso promover recientemente en una reunión multinacional en Buenos Aires, Argenina.

No nos olvidemos que Morales no es un “amauta” (sabio) Aymara. Y si algún cambio real hay que esperar con su advenimiento, éste es a nivel social. La discriminación institucional contra el indígena boliviano empezará a desvanecerse. Las Fuerzas Armadas u otras instituciones de poder ya no tienen argumentos para discriminarlos por su color, su estatura y su propia cultura milenaria.

Hasta ayer, los oficiales militares casi siempre pertenecían a la alcurnia y las clases altas de ese país y el soldado raso a los indígenas Aymaras. Mientras los cadetes están bajo un régimen alimenticio balanceado en los institutos militares, los pobres soldados indígenas se alimentan con “lahua” (sopa insípida de maíz sin verduras) todos los días. Con Morales, todo eso se espera que cambie. ¡Jallalla Bolivia!

Dr. Humberto Caspa es Profesor adjunto en la Universidad Estatal de California Long Beach. E-mail: hcletters@yahoo.com

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