December 19, 2003

La Paradoja de la Captura de Saddam

Por Humberto Caspa, Ph.D

No cabe duda, la aprehensión de Saddam Hussein ha despertado un gran clima de triunfalismo dentro y fuera de los Estados Unidos. Para los iraquíes, ver al viejo “zorro” de Bagdad humillado, al punto de ser afeitado por el propio “demonio”, no estaba prescrito ni en las tiras cómicas de aquel país, ni tampoco estaba contemplado en la imaginación del incrédulo. Y qué decir en los Estados Unidos. A excepción de algunos apologistas de la dictadura y formas de gobierno de “mano dura” –que siempre existen—, todos mostraban un júbilo inusitado. Esto fue claramente patentizado por el Presidente George W. Bush cuando señalaba que “el mundo es mejor sin ti (Saddam)”.

Sin embargo, la captura de Saddam puede ser un arma de doble filo para el Presidente norteamericano. A pesar del gran momento político que ocasiona la captura del tirano, George W. Bush entiende que su presencia inminente en los tribunales de justicia abriría una verdadera “cloaca” política: Los bochornosos tratados secretos de su padre, el Bush mayor, y especialmente de la administración de Ronald Reagan con Saddam Hussein.

Durante la presidencia de Reagan y luego con Bush, el padre, la política en el Medio Oriente se configuró sobre la base de una ideología de las relaciones internacionales, llamada en el medio académico “Realista”. Uno de los objetivos principales de los partidarios de esta ideología, representado fielmente por el ex-secretario de Estado Henry Kissinger, ha sido mantener control de las reservas petrolíferas del Medio Oriente, y no dejar que ningún “enemigo” tenga influencia sobre ellas. Con la caída del Shah de Irán en 1979, y el consecuente advenimiento del Ayatollah Khomeini, el balance del poder en el Medio Oriente se inclinó hacia una probable hegemonía de los Shiítas iraníes. Es entonces cuando el gobierno norteamericano dispone, como tarea principal, detener la expansión de los fundamentalista Shiítas hacia otras tierras Árabes. Y como medida precautoria el Estado norteamericano decide cortejar a Saddam Hussein para que éste se convierta en el eje “balanceador de los iraníes”.

Los resultados, por cierto, fueron óptimos. Saddam Hussein los detuvo y luego hizo a su país uno de los actores más importantes de la región. Empero, estos logros fueron a costa de su rudeza, sus asesinatos, la exterminación de grupos étnicos minoritarios y otros delitos graves, rígidamente penados por las leyes y acuerdos internacionales.

Lo más trágico del caso, sin embargo, es saber que los mismos gobiernos norteamericanos sirvieron como palanca para la ascensión de Saddam Hussein en el poder. Tanto el Presidente Reagan como George Bush, el padre, apoyaron al dictador no sólo dipl-máticamente, sino también estratégica y logísticamente a lo largo de, por lo menos, diez años, periodo en cual se cometieron los más atroces crímenes. Para empezar, el ahora Secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, entonces asesor político de Reagan, firmó un acuerdo bilateral de cooperación con Hussein, el cual incluía ayuda militar y logística. Por otra parte, el ex-presidente George Bush accedió a un préstamo de 1,200 millones de dólares en créditos, después de presenciar la gasificación de miles Kurdos en el norte de Irak .

Todos estos lamentables hechos y más surgirían a través de un procesamiento objetivo y transparente en una corte dependiente de las Naciones Unidas. Sin embargo, el Presidente George W. Bush, en vista de las consecuencias que implicaría para su gobierno, especialmente para su padre, enjuiciar a alguien que ha tomado parte en acuerdos subrepticios, se inclina más por la utilización de un proceso rápido y no tan transparente. “Saddam Hussein será incriminado en su país, por su gente”, dice el Presidente para minimizar las implicaciones del asunto.

Al parecer, la euforia política que causa la captura de Saddam Hussein, tal como sucedió ayer con los indicadores económicos de Wall Street, que subieron como una burbuja y luego se desplomaron abruptamente, no es tan placentero como se vislumbra. El Presidente George W. Bush sabe muy bien del verdadero significado de su apresamiento, y tratará, en lo más que pueda, que este episodio no empañe lo que hasta ahora ha sido una aparente exitosa carrera política.

Humberto Caspa tiene una maestría en Ciencia Política, un doctorado en Estudios Latinoamericanos, y fue catedrático de la Universidad Estatal de Fullerton.

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