December 17, 2004

LA COLUMNA VERTEBRAL
El Soporte Informativo Para Millones de Hispanos
Por Ricardo J. Galarza

La época más maravillosa del año

“The most wonderful time of the year”, como la tradición anglosajona de los Estados Unidos ha caracterizado siempre a la Navidad, en infinidad de villancicos, obras teatrales y avisos comerciales, es en efecto una época maravillosa. Las impresionantes y laboriosas decoraciones en las casas, todas los preparativos relacionados con la Navidad y las infinitas campañas de mercadeo la convierten, sin duda, en la más especial del año. Por estos días, sin embargo, con la sociedad polarizada tras las reñidas elecciones del 2 de noviembre, la actitud frente a la Navidad ha variado un tanto.

George W. Bush fue reelegido, en opinión de muchos, gracias al llamado voto religioso, un amplio sector del electorado que se volcó a las urnas para expresar su rechazo al aborto, al matrimonio entre homosexuales y a otros temas impulsados desde los sectores liberales, que tienden a ser más laicos, o por lo menos a dejar a la religión fuera de sus decisiones políticas, inspirado en el concepto del Iluminismo de separación entre Iglesia y Estado.

Lo cierto es que ésta situación ha derivado en una verdadera guerra de ideas entre religiosos y laicos en Estados Unidos, que ya se venía gestando en menor intensidad con las controversias sobre el enunciado “Una nación bajo Dios...” del Himno a la Bandera, el rezo en las escuelas públicas y por último sobre el propio matrimonio entre homosexuales, la gota que derramó el vaso según los religiosos.

Después de las elecciones, los ánimos se han crispado, y la polémica se ha potenciado de tal forma que hoy nos encontramos debatiendo hasta si es adecuado o no enseñar en las escuelas la teoría de la evolución. Algunos profesores religiosos sostienen que las teorías de Darwin que en el siglo XIX revolucionaron el pensamiento occidental presentan serias falencias y que, en consecuencia, es necesario, por lo menos, enseñar también la teoría de la creación. Y algunos hasta proponen de plano sustituir la enseñanza de la teoría de la evolución por la de la creación.

Pero el fanatismo proviene de ambos bandos en esta disputa, y los liberales no se iban a quedar atrás. Ahora resulta que por si las propuestas de suprimir el evolucionismo de un plumazo no fueran suficientes le ha tocado el turno a la pobre Navidad. Algunos proponen no celebrarla y pretenden eliminar la tradición de los motivos navideños en la decoración de los edificios del gobierno, así como cualquier mención que se haga a estas fiestas por parte de los funcionarios públicos, desde el presidente para abajo, esgrimiendo que se trata de una manifestación religiosa que no corresponde al Estado. Aquí el que no corre vuela.

En medio de este debatelocura que se ha instalado en el seno de la política norteamericana (que en el desenfadado estilo de García Márquez podría titularse “Historia de argumentos estúpidos”), los latinos de este país nos disponemos a celebrar la Navidad como siempre.

De hecho ningún hispano parece prestarle mucha atención a la polémica y la ven como lo que es: “Pura paja, chico”, decía una inmigrante venezolana en una tienda, mientras compraba las guirnaldas para su arbolito de Navidad y algunos regalos para sus hijos.

En efecto, los latinos, seamos más o menos religiosos, más o menos laicos, ateos, deístas, agnósticos o devotos de la virgen del Carmen, festejamos laNavidad. Poco importa si se trata de una fiesta religiosa a los que no lo son; lo vemos como un momento de recogimiento, para compartir con nuestros familiares y celebrar. De hecho se sabe que Jesucristo no nació un 25 de diciembre, sino que esa fue la fecha que el Imperio Romano adjudicó a su nacimiento para hacerla coincidir con una fiesta pagana. Se sabe, también, que ni siquiera nació en el año que da inicio a nuestra era cristiana. En realidad, Jesucristo nació en el año 749 de Roma, pero el cálculo hecho en el siglo VI por el monje Dionisio coloca su nacimiento equivocadamente en el año 754, el primer año de nuestra era.

Pero nada de esto ha cambiado un ápice la percepción de los latinoamericanos sobre la Navidad, que la seguimos celebrando (por falta de otro término, lo mismo que sucede con la propia Navidad) reli-giosamente cada año.

Navidad se llamó el fuerte construido por Colón en la isla La Española con los restos de la “Santa María”, durante su primer viaje a América. Desde entonces, la Navidad ha formado parte intrínseca de nuestro acervo cultural y de nuestro complejo mosaico identitario como hispanoamericanos, hijos de una España, entonces, profundamente católica y una rama indígena que resultó en un verdadero crisol de creencias, rituales y divinidades religiosas, que a su modo fueron permeando la llamada cristianización de nuestro continente.

Así, al igual que los diferentes pueblos somos devotos de diferentes Vírgenes (Guadalupe, patrona de México; la Virgen de La Paz, patrona de El Salvador; Nuestra Señora de la Merced, patrona del Perú; la Virgen de Chiquinquirá, patrona de Colombia, o la Virgen del Luján, patrona de Argentina, entre otras), también llamamos con diferentes nombres al patrón de los niños, ese que en Estados Unidos llaman Santa Claus.

En México, en Puerto Rico y otras partes también lo llaman Santa Claus, pero en Venezuela le dicen San Nicolás. En Argentina, Colombia, Perú y Uruguay, en cambio, lo llaman Papá Noel. Aunque en Colombia y Costa Rica el que trae los regalos no es Papá Noel, sino el Niño Jesús. Y el nombre, acaso, más novedoso sea el chileno, donde lo llaman “El Viejo Pascuero” (¡no es broma!). De manera que aquí en Estados Unidos todos los latinos lo llamamos diferente, pero para todos cumple la misma función: traerle regalos a nuestros niños.

La Nochebuena está asociada al buen comer, y en ese sentido, algunos conservamos las costumbres de nuestros países, otros adoptamos nuevas. El pavo es tradicional en México, Perú, Chile, Ecuador y República Dominicana, lo mismo que aquí en Estados Unidos. En España, Argentina y Uruguay, el cordero.

Dependiendo del país, la cena es anterior a la Misa de Gallo, como en El Salvador o Argentina, o posterior, como sucede en Panamá. En Perú y Uruguay una tradición muy arraigada es que esta cena tenga lugar en la casa de los abuelos.

Quizás las fiestas de Navidad más extendidas y variadas las tengan los mexicanos, con “las posadas” (procesiones que empiezan el 16 de diciembre) y “las pastorelas” (representaciones teatrales de pastores); pero todos los países latino-americanos adjudican a la Navidad una celebración muy especial.

Celebración que es compartida por todos por igual, religiosos y laicos, tradición que traemos a estas tierras como una de las más arraigadas de nuestra cultura y nunca politizamos ni haremos rehén de las luchas de poder.

Para esas cosas hay otros tiempos. Mientras tanto, ¡Feliz Navidad!

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