December 8, 2000


Encienda Una Vela
Mons. Thomas J. McSweeney,
Director de The Christophers

Yo, en su lugar...

Un anochecer en la ciudad de Nueva York, es una esquina de mucho tránsito, un auto se detuvo frente a la luz roja. Detrás de él frenó un taxi amarillo. Y en el cordón de la vereda una frágil anciana con bastón se dispuso a cruzar la calle.

Cuando llegó a la mitad, justo frente a las luces brillantes del auto, el semáforo cambió de rojo a verde. Inmediatamente el chofer del taxi empezó a tocar la bocina. Y entonces el hombre en el auto de adelante apagó el motor, sacó la llave, se bajó y caminó hasta el taxi.

"Aquí tiene las las llaves", dijo. "Atropéllela usted. Yo no tengo estómago para eso".

Es fácil identificarse con esa señora cruzando en la esquina. Todos conocemos esa sensación de impotencia al cruzar la calle y de pronto la luz cambia a verde. Nos sentimos atrapados, indefensos, a merced de los automovilistas. Y si no gritamos, "¡tengan piedad de mí!" por lo menos se puede leer la súplica en nuestras casas.

Ahora cambiemos la situación. Póngase en lugar del automovilista frente al volante. ¿Con quién se identifica más? ¿Con el hombre del primer auto o el chofer del taxi?

Estoy seguro que la mayoría de nosotros recordamos momentos cuando, sí, tocamos la bocina. No por el deseo criminal de atropellar a alguien, pero por pura costumbre.

Podemos adquirir el mal hábito de oir sin escuchar, de mirar sin ver. Oímos el grito, vemos la expresión de angustia, pero no lo registramos. No registramos que un ser humano, real y viviente, está en desgracia. Nuestro tiempo es valioso, tenemos el derecho de sentirnos impacientes y frustrados. Y así aprendemos a empujar, a competir y a tocar la bocina. Y al poco tiempo todo eso se convierte en hábito y reacciones automáticas.

Algunas personas tocan la bocina sin detenerse a pensar, y otras dicen "No" cuando se les acerca alguien pidiendo ayuda. Hay gente que normalmente mira a otro lado cuando ve a alguien en desgracia, simplemente para no involucrarse en la situación. Algunas personas son rápidas para cambiar el tema de conversación, cuando alguien quiere compartir un problema.

Charles Mayo, el fundador de la mundialmente conocida Clínica Mayo, estableció una regla para si mismo. "Cuando estoy con un paciente, trato de imaginarme la clase de médico que querría si yo estuviese en su lugar. Y trato de ser ese médico".

Por cierto, una muy buena idea. Ponernos en el lugar de la otra persona. Pues no todos pensamos de la misma forma, ni reaccionamos de la misma manera ante una misma situación.

Mantenernos sensibles a las necesidades de los demás puede exigir mucho de nosotros. Pero el esfuerzo vale la pena. Un día se nos preguntará, no sólo si nos hemos preocupado por los sentimientos de los demás, sino también si hemos mostrado compasión.

"Yo, en su lugar..."

Sin duda, una expresión que se presta a la reflexión.

Para obtener una copia gratis de ECOS Cristóforos S-213 "Viviendo la regla de oro", escriba a The Christophers, 12 East 48th Street, New York, NY 10017.

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