December 1, 2000


Encienda Una Vela
Mons. Thomas J. McSweeney,
Director de The Christophers

Mentiras Piadosas

¿Quién no ha buscado alguna vez una excusa para decir una pequeña mentira? Sea que la verdad avergonzaría a la otra persona, o quizás era demasiado incómodo para uno mismo, pues uno miente. Pequeñas mentiras inofensivas como "Dile que no estoy" o "en serio, se le ve más delgada en ese vestido". No tiene nada de malo.

Bueno, no tiene nada de malo, a menos que uno lea los escritos de San Agustín (354-430 AC), uno de los escritores cristianos más enigmáticos y de mayor influencia de todos los tiempos.

San Agustín, el autor de Confesiones, quien afirma que aún la más mínima intención de engañar a alguien es pecado. Su posición es inequívoca —cada vez que decimos una mentira, violamos la obligación sagrada de la verdad. No podemos mentir y aún pretender que servimos a Dios, quien es en sí mismo la verdad. ¿Pero qué pasa en esas ocasiones en que nos quedamos callados, guardando la verdad para nosotros mismos? El silencio es indefinido. Nuestro silencio puede interpretarse en cualquier forma. Pero eso no es mentir, ¿verdad? Bueno, para San Agustín sí lo es.

Quizás muchos de nosotros eludimos el tema diciendo que no podemos ser responsables por la forma en que la gente entienda nuestro silencio. Podemos decir que sería como si la persona que nos escucha nos interpreta distinto de lo que en realidad quisimos decir, simplemente porque una palabra tenía más de un significado.

La cuestión aquí es nuestra intención: ni el silencio ni la falta de claridad nos excusa de la mentira si nuestra intención fue engañar a quien nos escuchaba. Además, aún si nuestro intento fallara, seríamos responsables por nuestra mentira porque esa había sido nuestra intención. Según San Agustín, aún si decimos la verdad, pero por alguna razón no nos creen —y esa fue nuestra intención— pues hemos mentido.

¡Mi Dios! Tendríamos que ser santos para mantener ese nivel de conducta.

Sin embargo, si vemos la intención de mentir como una traición a nuestra búsqueda de la verdad, la teoría de San Agustín es fácil de comprender. La mentira es un obstáculo a esa búsqueda.

Estudios que se han realizado en el campo de la comunicación indican que la gente que miente con frecuencia al final empiezan a creer que sus mentiras son, en realidad, la verdad. Se establece una discrepancia mental en la cual nuestra mente llega a confundirse en tal forma que la verdad ya no se puede reconocer. El mentir también afecta las relaciones. Una vez que se ha sufrido una decepción, cuando todo debería haber sido justo y claro, no se puede recuperar la confianza totalmente. Por cierto, la peor de todas las decepciones es pensar una cosa y decir otra. Se engaña a la otra persona, y se engaña quien miente. Y después de eso, todos los demás pecados son más fáciles.

Sospecho que muchas personas no están preparadas para renunciar a la ocasional "mentira piadosa". Pero mientras transitamos nuestra propia búsqueda, deberíamos reflexionar un poco más, no sólo sobre lo que es la verdad sino Quién es la Verdad. Como rezaba San Agustín: Oh, Dios omnipotente, que cuidas de cada uno de nosotros como si no existiera nadie más, y de todos nosotros como si todos fuéramos uno. Tu ley es la verdad, y la verdad es tú mismo. Me hiciste para ti, y mi corazón no tendrá descanso hasta que descanse en ti.

Para obtener una copia gratis de ECOS Cristóforos S-213 "Viviendo la regla de oro", escriba a The Christophers, 12 East 48th Street, New York, NY 10017.

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