August 27, 2004

Alianza de minorías en Estados Unidos

La nueva lucha por los derechos civiles

Por David Bacon

OAKLAND, CA - Para el presidente George W. Bush, la única alternativa que tienen los mexicanos para evitar el mortal cruce de la frontera es convertirse en trabajadores “huéspedes”: jornaleros con contratos temporales. Los migrantes que ya viven en Estados Unidos, aunque sin visa, entre 8 y 14 millones, deben hacer lo mismo si quieren obtener la residencia.

Si bien esta propuesta es una más de las lanzadas al Congreso (no ha sido presentada formalmente), todas las demás que buscan reformar la legislación migratoria de Estados Unidos incluyen alguna propuesta de contratos temporales. Todas menos una.

En marzo pasado, la legisladora por Houston, Sheila Jackson, presentó la iniciativa más amplia propuesta hasta ahora. Esta iniciativa no sólo prescinde de la propuesta de trabajo temporal, sino que se burla de la idea misma, particularmente del enfoque de Bush, diciendo que es un “programa en el que el planeta tierra es plano”.

En vez de ello, Jackson propone legalizar a los indocumentados que hayan vivido cinco años continuos en Estados Unidos, tengan una comprensión básica del inglés y de la cultura estadunidense, y no presenten antecedentes penales. “Estos son individuos trabajadores, que pagan impuestos”, dice. “Mi sistema les daría la residencia legal permanente.”

Bush propone que los inmigrantes entren a Estados Unidos por tres o seis años y que después se vayan. “Pero la gente es humana”, explica la legisladora. “Pueden haberse casado, invertido o tratado de comprar una casa. Pueden tener hijos y raíces aquí. Es difícil imaginar que una persona con un pase de tres años se vaya voluntariamente, sobre todo si vivía una situación opresiva en su lugar de origen.”

La iniciativa de Jackson es única por otra razón. La apoyan nueve miembros del Grupo Afroamericano en el Congreso, incluidos la californiana Barbara Lee y el legislador por Michigan, John Conyers.

Empatía afroamericana

Por muchos años, este grupo se ha centrado en otras áreas de la política social -diseña un presupuesto federal alternativo para dar prioridad a metas sociales, por ejemplo, la eliminación de la pobreza, la reducción del gasto militar y la protección de los servicios y beneficios sociales- y esta es la primera vez que ha tomado una posición proactiva ante la inmigración.

Jackson pone énfasis en destacar que la iniciativa no sólo es una propuesta afroamericana. Pero su voz carga, con todo, una nota de orgullo al referirse a sus compañeros como “la conciencia de Estados Unidos, la conciencia del Congreso.”

Bill Fletcher, presidente del Foro TransAfrica y ex director de Educación de la AFL-CIO (Federación Estadunidense del Trabajo-Congreso de Organizaciones Industriales, por sus siglas en inglés), rechaza que la cambiante composición demográfica de la población no sea asunto de los afroamericanos.

Recuerda el tiempo en que los políticos liberales reaccionaron a las críticas vertidas por líderes afro-americanos, que condenaron la guerra de Vietnam o la pobreza generalizada en Estados Unidos arguyendo que deberían limitar sus preocupaciones a los derechos civiles en el Sur. “No queremos solamente reaccionar a los cambios demográficos”, afirma. “Como afroamericanos, decimos que también podemos contribuir en este debate.”

Hoy, un creciente número de activistas sindicales y por los derechos de los inmigrantes y de políticos afroamericanos ven un parecido entre la negación de los derechos civiles que sufren los afroamericanos y el estatus de segunda clase que se da a los inmigrantes latinoamericanos. Jackson también observa esa situación.

“Yo tuve los beneficios de las enmiendas 13, 14 y 15 de la Ley de Derechos Civiles de 1964, y de la Ley de Derechos de Votación de 1965, además de la orden ejecutiva firmada por Richard Nixon sobre discriminación positiva. Sin ellas, nunca hubiera visto el interior del Congreso”, declara.

“El trabajo por los derechos de las minorías es incompleto. Sin embargo, alguien reconoció que las leyes de Estados Unidos se rompían en lo relativo a los afroamericanos y que teníamos que arreglarlas. Ahora tenemos que arreglar otras leyes para poner fin a la discriminación contra los inmigrantes.”

Leyes laborales “injustas”

La iniciativa Jackson, conocida también como HR-3918, prohíbe la discriminación basada en el estatus migratorio y tipifica como práctica laboral “injusta” que un patrón amenace a sus trabajadores con la deportación si éstos exigen sus derechos laborales. También urge al Secretario del Trabajo a que conduzca una investigación para determinar el grado de explotación de los indocumentados.

La legisladora también se opone a los programas de trabajo temporal porque hace inevitable el estatus de segunda clase para los trabajadores, que no pueden exigir derechos laborales o usar beneficios sociales.

Fletcher está de acuerdo, y responde a quienes aseguran que la legislación que norma los programas de empleo temporal protege los derechos laborales de los migrantes: “Vengo de Missouri: ¡demuéstrenme que en la vida real es posible proteger sus derechos, yo todavía no lo veo!”

Según Jackson, el estatus temporal fomenta el abuso, además de que tiene un alto costo social. “¿Quién paga su vivienda y sus servicios de salud? ¿Pagan Seguro Social o se les niegan esos beneficios? ¿Qué derechos tienen en realidad?”

El costo social de los programas de trabajadores huéspedes puede influir en el empleo y salarios de otros trabajadores. Aquí Jackson y Fletcher entran en un campo político minado, porque la percepción de que los afroamericanos y los inmigrantes, especialmente los latinos, compiten por los mismos empleos está muy extendida.

“Existe la creencia de que el número de inmigrantes tiene un impacto en otros. Nos han hecho creer que un grupo sabotea al otro, eso es absolutamente falso”, afirma la legisladora, quien aboga por una unidad interracial y acusa a Bush de jugar con estos grupos, enfrentándolos entre sí.

A mediados de junio, Bush se convirtió en el primer candidato presidencial en negarse a com-parecer ante una convención de la Asociación Nacional para el Progreso de la Gente de Color (NAACP, por sus siglas en inglés). Esa misma semana promovió su propuesta de trabajo temporal mediante una videoconferencia para la Liga de Ciudadanos Latino Estadunidenses Unidos (LULAC, por sus siglas en inglés).

En español, dijo: “El sueño americano es para todos.”

Mercado laboral racial

“Si los afroamericanos se estuvieran moviendo de los puestos laborales bajos a los altos no habría razones para temer”, explica Fletcher, “pero no es el caso”. Las investigaciones muestran un patrón de discriminación contra trabajadores afroamericanos en algunas industrias que emplean un gran número de inmigrantes, como el montaje electrónico o la producción de semiconductores.

Los conserjes afroamericanos y trabajadores de hoteles de Los Angeles vieron caer en los ochenta su participación en el mercado laboral, mientras los patrones los remplazaban con inmigrantes y esperaban que éstos aceptaran salarios menores. Los contratos colectivos fueron soslayados.

Pero los empleadores hicieron un cálculo equivocado. Los migrantes de México y Centroamérica se convirtieron en la espina dorsal de nuevos esfuerzos de sindicalización que impulsaban incrementos de salarios.

El cambio en la composición demográfica se notó en los espacios de trabajo, aunque éste se dio durante un periodo de cierre masivo de plantas, que eliminaron los empleos de cientos de miles de afro-americanos y chicanos en industrias con sindicato. En las décadas de la posguerra, esos trabajadores rompieron la línea de color; habían pasado su vida en molinos de hierro y plantas de montaje, y habían conseguido un nivel de vida suficientemente alto como para mantener estables familias y comunidades.

En el crecimiento de los servicios y de la industria de alta tecnología, en los ochenta, los trabajadores desplazados fueron un anatema. Los patrones decían que eran demasiado viejos e identificaban su raza con la militancia sindical, según la socióloga Patricia Fernández Kelly.

Hoy, estas corporaciones reconocen que necesitan mano de obra y promueven a los trabajadores temporales como solución. Fletcher argumenta: “Sí hay gente en comunidades destruidas porque las industrias que los empleaban se fueron y a unas cuantas millas hay escasez de trabajo. La gente desplazada debería llenar el vacío. En vez, escuchamos propuestas sobre trabajadores huéspedes”.

Dar a los patrones la capacidad para contratar miles de trabajadores temporales les permite agudizar la competencia por empleos en industrias en donde los trabajadores buscan organizar sindicatos, pugnan por aumentar los salarios o desafían viejos patrones de discriminación.

La iniciativa de Jackson trata de equilibrar estos intereses. Para los ciudadanos estaduni-denses y residentes propone capacitación y programas de empleo financiados con cuotas pagadas por inmigrantes in-documentados que soliciten su legalización. Para los inmigrantes, además de la legalización, propone prohibir la discriminación basada en el estatus migratorio.

Pobreza, guerra y migración

Los empleadores, dice, deberían presionar por la legalización en lugar de los trabajadores huéspedes. “Eso le daría a la industria una fuente de trabajadores entre los residentes permanentes legales o aquellos que buscan ese estatus. La mayor parte del trabajo no es cíclico: los restaurantes no cierran en otoño. Necesitan gente con trabajos permanentes”.

Con o sin programas temporales, la migración hacia Estados Unidos y otros países industrializados es una realidad. Más de 130 millones de personas viven fuera de sus países. ¿Qué estatus y derechos tienen? Jackson reconoce que la política exterior y de comercio de su país, al expandir la pobreza o la guerra, muchas veces genera las condiciones para que la gente migre.

Deberíamos dar la bienvenida a los inmigrantes que llegan, y atacar la pobreza y la presión que desarraigan a la gente, dice. “Nos iría mejor si colaboramos con las economías de países como México de forma que la gente pueda vivir su propio sueño en su propia nación. Si no ayudamos a construir la economía de las naciones que nos rodean, la gente seguirá huyendo por razones económicas y políticas.”

Añade que los sindicatos estadunidenses no habían tomado este problema con seriedad. Ahora cambiaron su manera de entender la migración y forman parte de una gran coalición nacional prolegalización.

El cambio -afirma- se debe a que el sindicalismo estadunidense ha privilegiado la defensa de los derechos de los migrantes, especialmente de empleados del sector servicios. Los sindicatos adoptaron incluso el lenguaje del movimiento por los derechos civiles de los sesenta al promover la Caravana de Libertad de Trabajadores Migrantes a Washington, y apoyan la reforma migratoria del senador Ted Kennedy y el representante Luis Gutiérrez.

Esta iniciativa contiene una propuesta de legalización y un programa de trabajo temporal, que, dicen ambos, incrementa las posibilidades de aprobación en un Congreso controlado por republicanos.

Beneficios para cubanos

La iniciativa Jackson no aborda directamente la política exterior o comercial, pero busca corregir algunas desigualdades creadas por la política migratoria, que muchas veces se utiliza como un instrumento para castigar políticamente.

La legisladora recuerda las largas listas de espera de solicitantes de visas en países del Tercer Mundo, mientras que muchos países de Europa no pueden cubrir sus cuotas. Para los europeos, cuyos estándares de vida son mayo-res a los estadunidenses, hay poca presión para la asignación de visas.

El enfoque de Jackson es una propuesta que tomaría en cuenta esas diferencias.

La legisladora también busca apoyar a los refugiados de Liberia y Haití, cuya estancia legal se encuentra en peligro. A los liberianos se les permitió llegar como refugiados hace 10 años, cuando su país enfrentaba una guerra civil, y la iniciativa busca darles refugio permanente.

En cuanto a los cubanos, comenta que un doble criterio puede otorgarles la residencia legal tan pronto como pisan suelo estadunidense, mientras que a los refugiados haitianos, que huyen de la represión, se les detiene antes de llegar a Florida o se les trata como ilegales si alcanzan la costa. “Hay una desigualdad entre los que huyen de una isla y los que huyen de otra”.

Jackson es nieta de inmigrantes jamaiquinos y ve en su esfuerzo por construir un hogar en Estados Unidos la misma lucha diaria de muchos inmigrantes en su propio distrito de Houston. Pero a diferencia de sus abuelos, los inmigrantes de hoy enfrentan un sistema que cobra caro la aventura.

“Las familias son destrozadas -lamenta-, y no estamos mejorando nuestra seguridad, sino aumentando la miseria de quienes quieren dar lo mejor que tienen a este país. Este sistema no está ayudando a construir la economía: está ayudando a destrozarla. Para los inmigrantes de aquí necesitamos un sistema ordenado, que les permita trabajar y construir la economía, y para los trabajadores estadunidenses necesitamos empleos y hacer lo mismo.”

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