August 24, 2001

Encienda Una Vela
Mons. Jim Lisante
Director, The Christophers

Dejarlo en las Manos de Dios

El mensaje telefónico lo decía todo: "Steven no tiene posibilidad de recuperación. El final se aproxima. Por favor venga a darle la bendición y la extrema unción a nuestro hijo". Steven tenía 30 años de edad y había sido miembro de la parroquia toda su vida. El menor de siete hijos de una familia muy unida. Desde su nacimiento Steven había sufrido de fibrosis quística. Su vida fue en muchas aspectos un milagro. Cuando era casi recién nacido, y le diagnosticaron la enfermedad, no se esperaba que pasara los cinco años de vida. Pero luego con el avance de la medicina, hubo esperanzas de que llegara a los 15 años de edad. Luego quizás a los 20. Y llegar a cumplir 30 años fue un motivo de gran regocijo. Pero llegar a esa edad no fue fácil, y hasta se necesitó un transplante de pulmón.

Pero ahora los pulmones de Steven ya casi no funcionaban, ni tampoco sus riñones. Lo más vigoroso que quedaba era el sonido del respirador automático, puesto que Steven ya no podía respirar por si mismo. Y no había posibilidad que saliera de coma. Las máquinas mantenían su cuerpo con vida, y cuando llegué a las diez de la noche encontré a su familia en animada discusión. La madre convencida de que la vida con máquinas no era vida. El padre negándose a apagar la máquina, pues así acabaría con la vida de Steven en este mundo. Ambos con un gran amor por su hijo, ambos con fe.

Y nuestra conversación se concentró en cuál era la mejor decisión para Steven. La Iglesia Católica dice que no estamos moralmente obligados a usar medios extraordinarios —como el respirador— para prolongar la vida humana. Es preferible dejar que la naturaleza tome su curso. Apagar el respirador no era "causarle" la muerte a Steven, Al contrario, mantenerlo vivo con una máquina era extender la vida física de quien ya había llegado a su etapa final.

Finalmente el padre de Steven se dió cuenta de que era mejor dejar que su hijo se fuera en forma natural. Y junto con su esposa tomó la decisión, y la máquina fue desconectada. Y Steven falleció en paz.

La situación que tuvieron que enfrentar los padres de Steven ya no es tan excepcional. Hoy día la gente se enfrenta con este tipo de situación a menudo. Y la mejor forma de prepararse para este tipo de situación es conversndo antes de que se llegue a tal extremo. Dejar instrucciones por escrito puede ayudar, pero informar a los miembros de nuestra familia sobre nuestras preferencias —para cuando llegue el final de nuestra vida— es lo más efectivo. Y lo que es importante, debemos ver la vida como algo de valor, pero no de valor absoluto. Venimos de Dios y nuestra esperanza de eternidad debe estar en Dios. El final de la vida no debe verse como un final temible, sino como una transición a una vida más elevada, y a un nivel más elevado de amor. Steven había partido de su cuerpo. Apagar una máquina que no le podía dar una verdadera vida en este mundo lo liberó para que pudiera alcanzar la plenitud de la vida en Dios.

Para mi fue un privilegio compartir el dolor de una familia, participar en esas conversaciones importantes sobre el amor que requiere el poner todo en manos de Dios. Y fue un privilegio también ser testigo del paso de Steven, de esta vida a la otra.

La situación que acabo de contarles es algo que, tarde o temprano, todos debemos enfrentar. No lean este artículo pensando que esto sólo le pasa a los demás. La familia que habla sobre este tema, a su debido tiempo, evitando complicaciones innecesarias, es una familia inteligente y plena de verdadero amor.

La vida es un regalo muy especial. Y sabiendo cómo partir de ella, realza aún más el valor de ese regalo.

Para obtener una copia gratis de ECOS S-208 "Cuando muere un ser querido", escriba a The Christophers, 12 East 48th Street, New York, NY 10017.

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