August 5, 2005

La realidad venezolana en cubitos “Maggie”

“Secuestro Express” intenta matar cien pájaros con un tiro

Por Jose Daniel Bort

Jonathan Jacubowicz lo quiere todo. El cineasta venezolano acaba de terminar su primer largo de ficción, Secuestro Express, y en él pretende atrapar un pedazo de la complicada realidad de su país, hacer comentario social con las debilidades de sus clases en conflicto, empaquetarlo estilo MTV, adornarlo con humor escatológico y aun permitirse la posibilidad de romance entre personajes en conflicto directo entre ellos.

Secuestro Express es una película extrema en todos los sentidos, y es por eso que sus debilidades son tan evidentes como sus fortalezas. Esta película captura una gran cantidad de sutilezas de la sociedad venezolana, y las entrega con la misma mezcla de ferocidad y candor que caracteriza a los venezolanos, y en especial a los caraqueños.

Sin embargo, estas mismas sutilezas son pintadas a brocha gorda en muchas de las acciones de sus personajes, evidentemente sexistas, homo fóbicas e incongruentes con cualquier sistema de honor. Secuestro Express es la práctica usada con frecuencia en muchos países latinoamericanos donde personas son secuestradas por tiempo breve y los agresores piden cantidad moderada, pero aun significativa, por las vidas de sus victimas.

Supuestamente no es difícil para la familia de Carla (Mia Maestro) reunir veinticinco mil dólares en un par de horas. Mientras tanto, ella y su novio Martín (Jean Paul Leroux) son acosados a través de las calles de Caracas por tres “vagos y maleantes” (así es el nombre del grupo de Rap que el terceto de actores comanda en Venezuela), quienes no tienen problemas en pasearlos sin máscara por la Avenida Libertador y la Cota Mil, dos de las arterias viales mas visibles de la ciudad.

La impunidad se demuestra una vez que los vagos se llevan a sus secuestrados a la casa del flameante homosexual Marcelo, quien no tiene reparos en dejarse ver tampoco y negociar un pesado cargamento de droga. Las razones específicas por las que los secuestradores necesitaban cocaína y mariguana en ese momento no son ex-presamente justificadas.

Pero son expuestas en la siguiente secuencia cuando el secuestrado se olvida de su condición y por excentricidades del libreto, termina exponiéndose de una forma burda y ridícula. Tampoco se justifica exactamente por qué Carla decide tomarse no una, sino dos pastillas de éxtasis cuando ha sido secuestrada con apenas muy poca coacción por parte de los secuestradores y porque Martín abandona a la mujer de su vida y va de “becerro” a contarle al primer extraño que consigue, un taxista miembro de la misma banda que lo acosaba.

Jacubowicz tuvo la certeza de escoger excelentes actores que salvan lo forzado y anárquico del libreto. La argentina Mia Maestro amaestró su acento y permite arraigar la historia dentro de una realidad con su vaivén entre sarcasmo y terror, ironía y patetismo. Rubén Blades tiene apenas tres escenas, pero su presencia se siente durante toda la película.

Lo mismo se podría decir de Carlos Julio Molina como Trece, Pedro Pérez como Budu y Carlos Madera como el Niga. A pesar de los excesos de Pérez como el bruto que somete a través de la agresión física y psicológica, los tres actores logran mantener una intensidad arraigada en la experiencia personal, no importa cuanto chop-chop la cámara y la edición hagan con la imagen. Secuestro Express es como los cubitos que se ponen a la sopa, mucha sustancia y sabor pero sin la fibra y la carne para mantener su tesis social.

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