April 30, 2004

La salsa de Mozart y las rancheras de Beethoven

Por: Alexis Núñez Oliva
Productor Ejecutivo de Televisión

La música latina ha dejado de pertenecer al bando de los latinos, vistos como pobres e ignorantes por una buena parte del mundo desarrollado, para volverse el sonido en las capitales donde la moda y los perfumes son joyas de la exquisita sociedad.

Desde París hasta Nueva York, la salsa y el pop latino constituyen ahora la imagen de una sensualidad sonora que sólo era apreciada antes por los especialistas musicales y un sector intelectual que no revelaba sus verdaderos gustos en público para no desacreditar sus títulos académicos.

El boom latino no es más que la coincidencia de gustos y ritmos universales, tocados magistralmente por los hijos de América Latina, con el sabor de los rones y el olor de las mejores frutas de esta tierra, que a pesar de enloquecer con el descubrimiento del rock hace varias décadas, puso al mundo a moverse en el siglo XXI con una sencilla mezcla de sonidos cadenciosos.

Una de las escenas más divertidas que podemos gozar los latinos ahora es ver lo mismo a un sueco que a un alemán intentando bailar una salsa sin quedar torcido en la ejecución del baile, sin el más mínimo sentido rítmico, pero con el corazón puesto en todas las intenciones de conseguir la sabrosura de los latinos cuando baila.

Se nos da de forma tan natural la música, es tan cotidiana para nosotros escuchar la complejidad de un mariachi, el escándalo de un merengue, la explosión del pop latino, la diversidad de nuestras cumbias y la fuerza del vallenato, que no apreciamos lo que en otros lugares provoca admiración y deseos de conocer más nuestra cultura.

Ninguna zona geográfica del mundo ha creado tantos ritmos, ni ha aportado tanto a la historia de la música como los latinos. Hicimos el merengue, la cumbia, el son, el guaguancó, la salsa, el vallenato, la quebradita, las rancheras, el jazz latino, la guaracha, la trova, el bolero… y una interminable lista de formas de escuchar, bailar y cantar.

Es tan corta nuestra propia visión, que ni los gobiernos ni las instituciones saben aprovechar todavía la fuerza de promoción turística que tiene la música con la que hacemos las tres comidas al día y hasta soñamos y despertamos.

En lugar de promover sólo playas y ruinas arquitectónicas —que siempre guardarán un gran valor y hay que seguirlas promoviendo— sería más original agregarle a las promociones el sentido musical de nuestras vidas.

Frases más divertidas como Baile hasta el amanecer en Puerto Rico, Venga a mover la cintura en República Dominicana, y Cante una ranchera en México mientras el mariachi suena, mostrarían la realidad musical con la que nacimos y hasta con la que nos entierran.

Sólo los latinos somos capaces de bailar una salsa alegre y festiva donde la letra dice que tú me dejaste, y estoy tan triste, que esta noche me voy a bailar para olvidarte.

Sólo en este continente podemos gozar el sufrimiento en una canción, ser sensuales en medio de la des-gracia del corazón, y expresar con el cuerpo optimismo aunque el corazón se nos pudra de tristeza.

La música latina es ahora el boom en Europa y otras partes del mundo. En el futuro cercano será parte de la cultura mundial, como lo es hoy el rock o el pop. Viven entre nosotros los clásicos del siglo XX.

Si estuvieran vivos, Mozart sería un excelente salsero como Marc Anthony, y Beethoven seguramente un buen intérprete de rancheras, con la fuerza de Vicente Fernández, mientras que Vivaldi sería famoso por sus baladas al estilo de Alejandro Sanz.

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