April 29, 2005

Un oscuro Día del Niño en Tijuana

Por Pablo Jaime Sainz

Manuelito no es un niño de la calle, pero si pasa la mayor parte del día fuera de su casa. Y no es que esté en la escuela estudiando el abecedario o en el parque jugando con los demás niños.

Manuelito es un niño que todos los días muy temprano, sale de su casa a vender periódicos entre los carros que transitan por las calles de Tijuana. Lo más irónico es que Manuelito, de 7 años de edad, no sabe leer ninguna de las páginas que se encuentran dentro de los periódicos que él vende.

“No, no voy a la escuela”, afirma el niño. “Trabajo aquí en esta esquina y también voy cerca de la Plaza Río. Desde el año pasado me sacaron de la primaría porque tenía que ayudarle a mi mamá”.

Manuelito es bajo de estatura, con cabello que le cubren las orejas, y su piel es muy morena, en parte debido al tiempo que pasa bajo el sol, pero en mayor parte debido a su descendencia indígena. Él afirma que sus padres también venden periódicos, sólo que en otro punto de la ciudad, a varias cuadras de donde él trabaja. Aunque dice que le gusta su labor, reconoce que preferiría estar en la escuela con otros niños.

“A mí me gustan mucho los cuadernos”, dice Manuelito. “Veo a los otros niños que van a la primaria y me dan ganas de ir con ellos. Cuando yo iba a la escuela tenía muchos amigos y era más o menos aplicado. Si, si me gusta la escuela”.

El caso de Manuelito se repite en muchos niños de Tijuana. Cada vez que uno recorre la ciudad, uno recuerda la letra de la canción “Un gran circo”, de la banda de rock Maldita Vecindad y los Hijos del 5to. Patio: “En las calles es muy fácil que puedas ver a un niño que trabaja sin reír, lanzando pelotas pa’ vivir. También sin quererlo puedes ver a un flaco extraño, un gran fakir, que vive y vive sin comer, lanzando fuego. Gran circo es esta ciudad”.

Y en verdad, a veces Tijuana se asemeja a un circo donde las estrellas son puros niños.

En un recorrido por la ciudad, de la línea internacional al centro, uno se encuentra con una serie de niños que luchan por sobrevivir: en el camión se sube un niño de unos 10 años con un sombrerito de palma y una guitarrita, y comienza a entonar una canción; al final, pide una cooperación: pocos le dan dinero.

Sobre el puente peatonal que pasa por el Río Tijuana están los niños, muy morenos, vendiendo chicles, o los más pequeños, pidiendo dinero con una vaso en la mano. En las esquinas, los voceritos, vendiendo los periódicos. Entre los carros, oliendo smog todo el día, los payasitos con tres pelotas de colores, haciendo malabares. Y, de vez en cuando, un niño de 11 o 12 años, de tragafuegos, con gasolina y todo.

Mientras que a niños como Manuelito se les niegue la oportunidad de ir a la escuela y tener un mejor futuro, el Día del Niño no pasará de ser un simple festejo donde sólo los que más tienen pueden tener una mejor niñez.

Sin embargo, el Día del Niño debe de servir como un recordatorio o una llamada a la acción: hay niños en Tijuana que se están quedando sin un futuro. Es hora de hacer algo y exigirle a las autoridades que instalen programas de apoyo a estos niños. Es hora de darles una mejor oportunidad y denunciar a todos aquellos que explotan a los niños. Es hora de luchar por los derechos de los niños, no solamente de Tijuana, pero del mundo, que estén sufriendo.

Manuelito es tan sólo un ejemplo de lo mucho que está sucediendo. Y de nada sirve que en estas líneas se felicite a los niños este 30 de abril. Es muy seguro que los niños que trabajan en las calles, nunca sabrán lo que es festejar el Día del Niño.

Lo peor de todo, ellos nunca leerán esto.

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