April 22, 2005

¡Sexo, Sexo, Sexo!

Por Alejandro Alvarado Bremer

El tema más controversial que ocupa en estos tiempos de cambio a la Iglesia Católica es el sexo, no solo por los escándalos que han lastimado penosamente su reputación en todo el mundo sino también por su posición frente a problemas que directamente o indirectamente están vinculados con la sexualidad, como el aborto, el uso de preservativos, la homosexualidad o el matrimonio en el sacerdocio.

Un cambio de postura frente a estos temas afectaría todo el sistema de valores del catolicismo, que está lejos de promover una reforma de esta naturaleza, aunque muchos la demanden.

Al Vaticano se le acusa de testarudez y de inclusive atentar contra la propia vida humana cuando no reconoce que en ciertas condiciones extremas es necesario el uso de preservativos para prevenir el drama de la enfermedad del SIDA, epidemia sin control en muchos países de Africa, Asia, y en regiones empobrecidas de América Latina y el Caribe. Muchos se preguntan por qué la propia Iglesia no utiliza su gran influencia para que en esas circunstancias se aprueben los preservativos como método para la prevención de enfermedades que, en muchos casos, repercuten en las vidas inocentes que vienen en camino, contagiados también de ese mal devastador. ¿Por qué?

Porque la Iglesia no hace excepciones y sus normas tienen carácter universal. Considera que promover el uso de condones conlleva estimular y aprobar las relaciones sexuales entre los adolescentes, las parejas no casadas y los homosexuales. La Iglesia promueve la abstinencia como la medida de prevención más segura contra las enfermedades venéreas, los embarazos no deseados, las relaciones sexuales entre parejas del mismo sexo y los propios escándalos que la han estremecido.

Consentir el uso de preservativos implica romper el equilibrio y la riqueza espiritual que busca en cada uno de sus feligreses, aun cuando ese cometido pueda contribuir a desquiciar su vida, como en los casos de jovencitas que se embarazan a los 12 o 13 años de edad, situaciones especialmente dramáticas en adolescentes sin recursos, ni el amparo y cariño de una familia comprensiva; o de mujeres que no desean el fruto de sus vientres y que arriesgarán su propia vida recurriendo a un aborto clandestino.

Pero la Iglesia cree en la existencia de la vida humana desde la concepción y reconoce que debe trabajarse más en las causas del aborto o del contagio de enfermedades terminales, como remediar la pobreza extrema, la ignorancia y el mercantilismo sexual, que acabar con la vida del que está por nacer o promover el uso de condones.

Muchos dirán que esas son soluciones utópicas y reclaman una pronta solución, mientras millones de hombres, mujeres y niños mueren de SIDA –casi 40 millones en el 2004— y unos 15 millones de menores quedan huérfanos anualmente a consecuencia de esa enfermedad, según la Organización Mundial de la Salud.

Lo mismo demandan algunos grupos de homosexuales católicos. Sí, hay homosexuales y lesbianas que creen en Jesucristo y quisieran tener plena vida dentro de su comunidad religiosa, incluyendo, por supuesto, el sacramento de la comunión, que les es negada cuando publican su preferencia sexual, y el del matrimonio. Muchos comulgan o forman parte de grupos filantrópicos en sus parroquias, en secreto. Aquí hay que hacer una precisión. El Vaticano no considera que los gays sean pecadores sino que lo son cuando actúan sexualmente.

No se vislumbra en el futuro inmediato un cambio en los preceptos que orientan la vida sexual de los católicos de todo el mundo, tampoco en la pureza de las campañas pro vida, porque además de peligrar la integridad del sistema de valores estaría en juego también el acercamiento que logró Juan Pablo II con las principales religiones de la humanidad, también conservadoras en estos temas. El tema es tan sensible que un cambio puede derrumbarlo todo.

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