April 14, 2000


Antiguo Entrenador de UC-Davis Expone Escuadrón de la Muerte

Por Mary Jo McConahay
Pacific News Service

CIUDAD DE GUATEMALA — Un entrenador retirado de U.C. Davis, el Dr. Will Lotter, se encuentra en el centro silencioso de un histórico caso en el que dos antiguos miembros de una unidad de elite del ejército se han convertido en testigos del estado, dando nombres de otros oficiales que participaron en la masacre de trescientos pobladores desarmados en 1982. El fiscal especial Mario Leal declaró el 29 de marzo que demandará el arresto de 23 personas, y que está considerando cargos formales contra el antiguo general Efraín Ríos Montt, jefe de estado en tiempos de la masacre y hoy presidente del Congreso. Ríos Montt, incapaz de postularse como presidente por razones constitucionales, es el mentor político y personal del presidente Alfonso Portillo, quien asumió la presidencia en enero.

Desde l996, "Coach" Lotter, como se lo conociera durante 42 años en Davis, ha estado lentamente - y a veces clan-destinamente - juntando dinero para abogados y viajes, y estableciendo confianza con los testigos estrella del caso Dos Erres, el cual lleva ese nombre tras el pueblo que desapareciera con el asesinato de sus residentes entre el 6 y el 8 de diciembre de l982. A los 75 años, Lotter representa la incondicionalidad de estadounidenses corrientes que continúan contribuyendo dinero y apoyo para llevar ante la justicia casos atroces de derechos humanos en América Central, del mismo modo en que alguna vez albergaran refugiados y protestaran por la política exterior estadounidense en la región.

Tras declaraciones del 17 de marzo, Lotter acompañó a los testigos -tal como les había prometido- en un tenso viaje hacia el exilio. Ambos testigos dijeron que fue la confianza en el robusto y canoso Lotter lo que los animó a proseguir con el proceso que condujera al testimonio y solicitud oficial de acusaciones. Las noticias locales en primera página sobre las órdenes de detención llegaban inmediatamente después de una decisión de la corte española de aceptar el caso presentado por la premio Nobel Rigoberta Menchú, acusando a Ríos Montt y a otros siete generales de genocidio, tortura y terrorismo, en la guerra de 36 años que costara alrededor de 200.000 vidas, en su mayoría civiles desarmados.

Mientras la atención se centra en el número creciente de juicios de este tipo en canales internacionales - la misma corte española fue tras el antiguo dictador chileno Augusto Pinochet y funcionarios argentinos, y otras cortes europeas persiguen criminales de guerra serbios - es en el frente local donde casos como el de Dos Erres constituyen la base de la batalla legal. Se trata de trabajo más riesgoso, llevado a cabo fuera del candelero por familiares de muertos y desaparecidos, algunas veces en alianza con voluntarios del extranjero como el entrenador Lotter, quienes proveen una modesta conexión con el mundo exterior.

La conexión puede representar fondos que los locales no podrían juntar de ningún otro modo. Puede significar que alguien esté del otro lado del teléfono o del correo electrónico fuera de Guatemala, en caso de que haga falta ayuda. Más aun, es un gran aliento para los que sienten que son ellos los que están resistiendo la marea: "Nos sentimos más seguros, y sentimos profundamente el acompañamiento", dice Aura Elena Farfan, una de las fundadoras de Familias de los Detenidos y Desaparecidos de Guatemala (FAMDEGUA), refiriendo a Will Lotter. Atleta estrella de Berkeley - hombre de línea en el primer equipo de Rose Bowl, primera base en el equipo colegiado nacional de béisbol - Lotter no ha sido activista político desde siempre: voló cazas de la Marina en la Segunda Guerra Mundial, y crió cuatro hijos con su mujer, Jane.

En el tiempo en que la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos (CIA) orquestaba un golpe en Guatemala contra un presidente democráticamente electo (l954) -el cual condujera a un gobierno militar que duró dos generaciones- Lotter estaba comenzando su carrera en U.C. Davis como entrenador de football americano, fútbol, y tenis, y enseñando ciencias de la salud a un par de generaciones de estudiantes.

La familia dejó Davis por escasos dos años y medio durante los años sesenta, cuando Will pidió licencia para dirigir el Cuerpo de Paz en Malawi. Para los 80, sin embargo, Will Lotter y Jane - graduada de U.C. Davis - se adhirieron a los miles de miembros de la iglesia y de otros grupos comunitarios de base que ayudaban a los refugiados que huían de la violencia de América Central, mientras la pequeña ciudad de Davis se convertía en una de las avanzadas más fuertes de un movimiento nacional de asilo.

Cuando FAMDEGUA contactó a Lotter -mientras éste se encontraba en un viaje de estudios de español en Guatemala- y pidió al pequeño (unos 20 miembros) pero activo grupo de Davis que en vez de asistir a las víctimas de la violencia ayudara a dos hombres que habían estado entre los perpetradores, la pareja tuvo que pensar mucho. "Al principio era receloso", dijo Lotter. La declaración de los testigos a FAMDEGUA confirmó evidencia de la investigación forense de un equipo argentino que exhumó los cuerpos en Dos Erres. Había sido su unidad -especialistas llamados kaibiles, según los testigos - la que llevó a cabo los asesinatos de hombres, mujeres y niños, violando a jóvenes adolescentes, torturando a otros, metiendo cuerpos -algunos aún con vida- en un pozo, y dejando a otros cubiertos de balas y cuchilladas.

Lotter admite su dilema moral. Cada kaibil insiste en no haber cometido asesinato alguno en Dos Erres; más allá de que este reclamo sea o no verdadero (Lotter no especula al respecto) el hecho es que entre ellos han servido un total de 30 años en fuerzas especiales notorias por su brutalidad en las campañas de contrainsurgencia. Los testigos representaban a aquellos que habían causado desolación en las mismas familias con las que Lotter y otros del movimiento del "santuario" de Davis habían estado tratando por años, encontrando vivienda, escuelas e incluso ayuda psicológica para los sobrevivientes que habían llegado hasta el norte de California.

Sin embargo, impresionado por el pedido de Farfan -cuyo propio hermano Rubén fuera torturado y asesinado en l984 por fuerzas de seguridad en la ciudad de Guatemala- Lotter consintió reunirse con los antiguos kaibiles de uno en uno."No me sentía bien con él", dijo de un primer encuentro, ante la imposibilidad de sacudirse de encima la idea del pasado de ese hombre. "Pero más tarde pasé cinco días con él, y encontré que era sincero. Llegué a creer en su arrepentimiento". Con el tiempo, una dubitativa Jane Lotter dijo que su marido [le] "hizo cambiar de opinión -este testimonio es muy importante". Juntos pasaron días y semanas enteros en el proyecto, solicitando fondos que pudieran ser utilizados para abogados y viajes.

Para l998, el grupo de Davis y el East Bay Sanctuary Covenant de Berkeley -una coalición de 35 iglesias y sinagogas locales-presentaron el caso a las senadoras Dianne Feinstein y Barbara Boxer, y a los asambleístas Nancy Pelosi y Dick Fazio. Todos escri-bieron cartas a la embajada de Estados Unidos en Ciudad de Guatemala recomendando la concesión de visas a los testigos en virtud del "importante beneficio público" para la política de Estados Unidos, pero el Departamento de Estado las denegó.

Por meses, la búsqueda continuó para que algún país acogiera a los antiguos kaibiles, cuyas vidas en Guatemala no tendrían valor alguno tras los testimonios. Mientras tanto, en Davis el dinero llegaba muy de a poco, y algunos aún se debatían con el significado de trabajar mano a mano con los antiguos kaibiles. Un viraje decisivo se produjo con la llamada telefónica proveniente de un convento de monjas católicas del sur de California.

Lotter se había acercado a dos de las religiosas a pedido suyo durante una breve excursión para recaudar fondos, y cuando aquellas contestaron su llamada esperaba que estuvieran dispuestas a donar mil dólares o así, aun cuando él les había dicho que, honestamente, no había garantía alguna de que los testigos no tuvieran sus manos manchadas de sangre. Las hermanas dijeron que estaban enviando un cheque por 25.000 dólares americanos."'Es la única manera de que pueda llevar a gente como Rios Montt ante la justicia'", recuerda Lotter que dijo resueltamente la religiosa. "Es la única clase de testimonio que aguantará el agua".

En la mañana del 17 de marzo, Will Lotter llevaba camisa blanca y corbata oscura en el aeropuerto de Ciudad de Guatemala, vestido formalmente para los trópicos, primero en línea para abordar el vuelo de la mañana temprano hacia la provincia selvática del norte. Una cabeza más alto y el mayor de la comitiva que aquel día se dirigía hacia la corte, Lotter saludaba discretamente a los otros a medida que llegaban: el enérgico y animado fiscal del gobierno; un observador con chaqueta azul de la embajada de Estados Unidos; Lilian Rivas, miembro y compañera de Farfan y FAMDEGUA, ambas de mediana edad e imposibles de diferenciar entre las otras señoras viajando con vestidos floreados y llevando bolsos negros de mano, pero quienes habían conseguido que los huesos fueran exhumados y entrevistaran repetidamente a los testigos estrella sin protección alguna en emplazamientos remotos; y dos abogados de FAMDEGUA, un hombre y una mujer en sus treintas cuya apariencia informal y tejanos hacía que parecieran estudiantes universitarios.

A principios de marzo, los dos abogados habían presentado el caso de Dos Erres ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos de la Organización de Estados Americanos, donde el gobierno guatemalteco aceptara su responsabilidad; ahora estaban presentes para asegurar que los nombres de personas reales, incluyendo oficiales del ejército -una prioridad - fueran relacionados con el crimen. Un profesor de la Escuela de Leyes de la Universidad Fordham que observaba los procesos de ese día se encontró con Lotter esa mañana y le preguntó que hacía, a lo cual Lotter simplemente replicó: "ciudadano".

En el caluroso día que siguió, en el edificio del juzgado ubicado sobre la amarillenta calle de tierra en Santa Elena (unas 300 millas al norte de la ciudad de Guatemala, y a unas 60 millas del sitio en el que alguna vez se levantara Dos Erres), Will Lotter representó un papel de apoyo. Durante la noche, los guardias y un funcionario del Ministerio Público que llevaba el caso habían conducido rápidamente a las esposas e hijos de los testigos a una casa segura en la capital, escoltándolos luego fuera del país. A estas alturas, todos esperaban, las familias eran intocables para cualquiera que quisiera chantajear el testimonio de los antiguos kaibiles.

Finalmente los dos hombres entraron en el juzgado: uno larguirucho y pálido, el otro de baja estatura y rasgos indígenas, escoltados por fornidos guardias del Ministerio Público en camisas tejidas y sin armas a la vista. Entraron en medio de la conmoción de un juzgado rural, entre sospechosos de drogas, borrachos esposados de a tres y guardias locales armados; sólo cuando los testigos vieron a Lotter sus caras se relajaron. Lo abrazaron como los hombres que se arrojan al agua se abrazan a una boya en un mar desconocido. El juez tomó testimonio a puertas cerradas a cada uno por separado, durante un lapso de siete horas.

Mientras el testigo más bajito testificaba, el otro, un tipo pensativo, se sentó al lado de Lotter y en un momento comenzó a lagrimear. No quería dejar a su hija de 17 años, dijo, cuyo novio estaba abusando de ella y no había permitido la emisión de un pasaporte para su bebé. La hija quería acompañar a su familia al exilio, se lamentaba el testigo, pero no lo haría dejando al bebé. Esta crisis doméstica de ultimo minuto podría hacer fracasar todo el proceso, si el delgado testigo no pudiera continuar, ya que el testimonio de sólo un kaibil sin corroboración serviría para muy poco.

Lotter escuchaba comprensivamente; presencia tranquilizadora, si bien no podía prometer resolución alguna. El delgado testigo parecía percibir que no había vuelta atrás; la crisis pasó. El calor era aplastante y no había ventiladores. Los saludos se limitaron a "calor, calorcito" o "sólo espera a que empiece el calor".

Hacia el mediodía, Lotter aflojó su corbata y descendió las escalinatas del edificio del juzgado para caminar por afuera junto a altos matorrales de hibisco rojo, cruzando la calle de tierra hacia un café de cuatro mesas. Había tiempo para considerar cómo había llegado hasta aquí. ¿Era religioso? No, agnóstico. "Soy unitario, y cuando la gente me pregunta qué es eso les digo que rezamos a quien le concierna. Si hay alguna cosa que describe mi espiritualidad, es esa". Pero la tarde se extiende y Lotter rumia. "Mi madre fue la gran influencia, una de las pocas cristianas verdaderas que he conocido jamás". Profesora de piano en su casa de Alameda, Gladys Vernon Lotter actuó durante la Segunda Guerra Mundial, por ejemplo, cuando descubrió que sus estudiantes japonés-americanos y sus familias estaban internados en caballerizas en Bay Meadows Racecourse; ella viajaba regularmente para llevarles mantas y comida, y haciendo uso de su papel de organista de la iglesia bautista, empujó a las congregaciones a que les guardaran sus pianos y otros bienes.

Siguen otras historias de familia, incluyendo memorias de los días en que cruzaba la Bahía en ferry para encontrarse con su padre, un estampador en el viejo Call-Bulletin. Pero a Will Lotter no le importan las iglesias. "La gente que se denomina no religiosa puede ser tan compasiva como aquella de la religión ortodoxa organizada", dice resueltamente. "No tienes que tener un Dios para ver injusticias". Mientras la luz del tardío sol caía suavemente sobre el blanco edificio del juzgado, la puerta que daba a la cámara del juez permanecía cerrada, y los nervios comenzaban a desgastarse.

El único vuelo de regreso se marchaba pronto, pero todo el mundo estaba resuelto a no perder contacto con los testigos después de haberlos traído tan lejos. Los ex kaibiles también parecían conectados a Lotter y los otros por algún hilo invisible, manteniéndolos a la vista. Pero ahora que el proceso legal había comenzado, el Ministerio Público se había hecho cargo de los testigos, y la tensión crecería en los próximos días: entre FAMDEGUA -que había convencido a los testigos a declarar, construyera el caso y se comprometiera a su protección-y funcionarios del Ministerio que ponían nerviosamente en vigor el primer programa de protección de testigos, y para los cuales la presencia de cualquiera era una molestia y un riesgo de seguridad. Agréguese la falta de confianza natural entre una institución del gobierno y una asociación de familiares de desaparecidos cuya razón para existir es arrancar la verdad de la fuerzas y filas gubernamentales. Y agréguese la conciencia constante de que incluso guardias bien intencionados no fueran capaces de proteger los testigos de matones a sueldo enviados para acallarlos. Finalmente, agréguense emociones
encontradas.

Sentada en la terraza para recibir algo de brisa, protegiendo una carpeta con el testimonio original de los kaibiles que descansaba sobre su falda, Lilian Rivas echaba mirabas furtivas al testigo más delgado, que comía de una bolsa de patatas de maíz. Una tarde de l982, el hijo de Rivas salió de casa para comprar leche para su pequeña hija, y jamás volvió. Desde entonces ha marchado y protestado por su regreso y el de miles de otros desaparecidos por la violencia, y se entregó a criar a sus nietos sin padre. Normalmente imperturbable, la abuela de todos, Rivas rompió en lágrimas silenciosas durante la larga espera en el porche. "Nos ha costado trabajar para los asesinos", dice Rivas en voz baja para que no la escuchen los testigos. "Espero que su arrepentimiento sea verdadero".

Los días siguientes son una confusión de aeropuertos y rutas desconocidas en una tierra extraña, en la que los testigos son conducidos velozmente de un lado al otro por el fiscal Leal, guardias y, al final, por funcionarios en el país de exilio. Los miembros de FAMDEGUA y Lotter fueron separados de los antiguos kaibiles, o guiados erróneamente a propósito por sus cuidadores en varias oportunidades - tal vez por razones de seguridad - lo cual, en todo caso, causa consternación a los testigos, y una profunda exasperación y sospecha de parte de Farfan. "Muchas veces los sacan de los aeropuertos", dice en una sala de espera cerca de donde permanecían los testigos, hablando de desapariciones. Farfan y Rivas no paraban de moverse, tensas, tratando de mantener la vista sobre un balcón por encima de sus cabezas; les era difícil estarse quietas en su asiento. Guardias de chaleco negro se ubicaban en ciertos momentos en puntos estratégicos entre el público, sin aproximarse al grupo de viajeros, aunque cambiando posiciones cuando se movía el fiscal; ello era obvio para los guatemaltecos, que sabían lo que estaban buscando.

Will Lotter, entretanto, hablaba tranquilamente con los testigos sobre sus hijos, sobre cualquier cosa, y parecían relajados. Más tarde, Lotter dijo honestamente: "¿qué guardias?" En la casa que ahora compartirían los testigos, alquilada por el Ministerio Público en el país de exilio, los antiguos kaibiles fueron reunidos con sus familias una mañana a las 2:00 a.m. En apenas un día se encontraban absorbidos en las preocupaciones cotidianas de encontrar escuelas y determinar cuando llegarían los fondos de manutención del Ministerio.

La mujer del testigo delgado se encontraba muy turbada acerca de su hija de l7 años, la que no podía reunirse con ellos. Mujeres y niños lidiaban con la idea de no volver a casa jamás; las esposas no verían a sus propias madres y hermanos, al menos por un tiempo muy largo. Sobre el césped, "Willy" - como todos llaman a Lotter - entrenaba a los niños en rondas interminables de patadas a la pelota de fútbol, algunas veces tirándose para agarrar la pelota y rodando sobre el suelo como un hombre de un tercio de su edad, deleitando a los niños arrancados de su tierra natal y sin amigos aún con quien jugar.

Llegaron las bolsas con alimentos, compradas por Lotter y Farfan "con el dinero de las monjas". Dentro, un oficial de seguridad explicaba a las parejas historias simples con las cuales cubrirse, instruyéndoles como contestar a las preguntas de los vecinos, e impresionándolos con la gravedad potencial de cualquier error. "Recuerden, una pequeña cosita podría significar que tengan que dejar todo esto e ir a algún otro sitio", dijo. Cuando se fue el personal del Ministerio, el testigo más fornido se sentó al borde de la cama y cerró la puerta para que las familias no pudieran escuchar, con una expresión de preocupación en sus ojos oscuros. "Siento que algo va a suceder: por favor no dejen que este caso quede colgado", dijo a Farfan y Lotter.

Después de todo lo que había pasado, el peor miedo era que el juicio se abandonara, alcanzara un punto muerto, y llegara a nada. "No dejé mi país porque fuese un traidor, sino por algo más". "Quédese tranquilo, quédese tranquilo", dijo Farfan. "No daremos ni un paso atrás. No vamos a ceder". "Nosotros confiamos en ustedes, confiamos en Willy", dijo el testigo. ¿Por qué los testigos aceptaron dar su testimonio? Cada uno de ellos expresó exasperación e incluso odio por el ejército, el cual, como dijera uno de ellos, "se llevó mi juventud y no me dio nada a cambio". Ambos dieron detalles de otros casos conocidos de abusos a los derechos humanos, los cuales no han sido resueltos; uno dijo que temía por su vida en Guatemala -incluso antes de que surgiera el tema de testificar sobre Dos Erres-por su conocimiento de los otros casos y de sus perpetradores, oficiales muy bien conectados.

Will Lotter siempre había sospechado que los dos kaibiles se convirtieron en testigos por sus familias, porque no podrían vivir con ellos mismos sin decir la verdad; y puede ser que haya estado cerca de la verdad. Dijo uno de los testigos: "Miraba como crecían mis propios hijos y me decía: `esos niños de Dos Erres no merecían morir'".

Antes de dejar la casa por última vez, Will Lotter prometió a los hombres que regresaría algún día, de visita.

Mary Jo McConahay, editora de PNS para América Central, ha realizado reportajes desde Latinoamérica para National Catholic Reporter, Choices, Mother Jones y otras publicaciones por más de una década.

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