April 9, 2004

Comentario:

La Realidad Según Richard Clarke

Por Humberto Caspa, Ph.D.

La “carta” antiterrorista del Presidente George W. Bush funcionaba bien hasta antes de la publicación del libro de Richard Clarke, Contra Todos los Enemigos. Las memorias del ex jefe de la contrainsurgencia terrorista durante la administración de Bill Clinton y en el actual gobierno, se han convertido en el “best seller” del mes y han adquirido importancia porque el tenor de su tesis ha puesto en jaque la racionalidad del Presidente en torno a la guerra en Irak y al embate contraterrorista de su equipo de trabajo.

Según cuenta Dick Clarke, la Consejera de Seguridad Nacional Condoleezza Rice no estaba actualizada con relación al grupo Al Queda y los actores envueltos en la campaña terrorista que culminó con el ataque funesto de Septiembre 11. “En el breve recuento de los hechos que le presenté”, asevera Clarke, “Rice parecía no tener idea del término Al Qaeda”. Con la llegada de Rice al grupo del Presidente Bush, Dick Clarke se desempeñó como su subordinado.

Asimismo, el ex jefe de la contra-insurgencia terrorista sostiene que la estrategia del equipo de Bush, previo a los ataques a la Torres Gemelas, estaba configurado sobre la base de un paradigma anacrónico, obsoleto, que tomaba en cuenta las premisas de la Guerra Fría, cuando el enemigo mayor no era Rusia o el eje comunista, que ya se había muerto, sino el terrorismo internacional.

Las críticas también fueron lanzadas contra el Procurador General de la República John Ashcroft, quien, según Clarke, mostró total indiferencia al presunto involucramiento de Osama Bin Laden con el terrorismo mundial. Lo mismo sucedió con Paul Wolfowitz, subjefe en el Departamento de Defensa; no simplemente mostró falta de interés en desentrañar al grupo Al Qaeda, sino aparentemente invalidó la tesis de que Bin Laden estuviera conectado con los ataques de las embajadas norteamericanas en África. En una oportunidad le dijo, “no entiendo por qué tenemos que hablar de este personaje Bin Laden”. Finalmente, en una breve reunión que sostuvo en la Casa Blanca, Clarke cuenta que el Presidente Bush le expuso prepo-tentemente que era necesario tener información conectando al terrorismo con Sadam Hussein.

Es evidente, entonces, que el libro de Clarke adquirió el sello de importancia con la Comisión de Investigación de Septiembre 11. Su testimonio contradice conspicuamente las premisas de la administración Bush en torno al terrorismo. Por una parte, ha puesto en cuestión la capacidad resolutiva de su equipo y, por la otra, está criticando la falta de coherencia de sus integrantes en el momento de digerir información que pudiera haber evitado la tragedia de Nueva York.

Es probable que Clarke tenga objetivos políticos o busque desquitarse con un equipo de trabajo que pocas veces le tomó en cuenta en el momento de asumir responsabilidades. Lo cierto es que, tanto sus testimonios como los hechos acaecidos a lo largo de la contienda con Irak, convalidan la hipótesis de que la invasión a este país estaba planeada, incluso antes del ataque terrorista de Septiembre 11.

Bush, dice Clarke, no es como la gente lo pinta, “un niño riquillo y estúpido”, más bien es un individuo calculador, pragmático, casi inteligente, con mucha facilidad de resolver los conflictos de manera expedita. Su debilidad, sin embargo, es precisamente tratar los problemas políticos como cuestiones empresariales. A diferencia de Bill Clinton, con quien Clarke también trabajó, no considera todas las variables relativas a un conflicto. Por el contrario, esas alternativas las desecha una vez alcanzada la aparente solución.

La falta de congruencia del Presidente George W. Bush, en términos concretos, se expresa de la siguiente manera. Al no existir el bloque comunista, el régimen autoritario de Sadam Hussein se convierte en el principal enemigo de los Estados Unidos, especialmente después de la invasión de Kuwait, y sobretodo por el enorme peso de ese país sobre los yacimientos petrolíferos en el Medio Oriente. De acuerdo a esta tesis, los medios para desestabilizar al régimen de Sadam Hussein son irrelevantes, lo importante es llegar al objetivo, es decir derrocarlo. En el ambiente académico, esta estrategia está circunscrita dentro de la ideología realista como parte del “Balance de Poder”, pregonado por Henry Kissinger, y probablemente por la asesora del Presidente Condoleezza Rice, cuyo mayor logro en materia intelectual fue el estudio precisamente de la Guerra Fría y el comunismo.

Además, para lograr el objetivo trazado, el Presidente decide rodearse de colaboradores que fueran partidarios de sus ideas. Condoleezza Rice, el Secretario de Defensa Donald Rumsfeld, su colaborador Wolfowitz, el Procurador de Justicia John Ashcroft, el vicepresidente Dick Cheney, todos hablan el mismo “idioma”, son parte conjunta de lo que posteriormente se llamó el “grupo halcón”. El sociólogo Irving L. Gianis había establecido en su obra seminal “Groupthink” que las decisiones de los grupos pequeños, sumamente cohesivos, cuyos miembros tienen las mismas convicciones ideológicas y políticas, normalmente están predestinados al fracaso, a pesar de la experiencia y la capacidad cognoscitiva de sus integrantes.

Probablemente Condoleezza Rice tendrá la oportunidad de desquitarse de las acusaciones de Clarke el día de su entrevista con la Comisión de Septiembre 11. Empero, los recientes acontecimientos en el Medio Oriente, la falta de congruencia con relación a las supuestas armas de destrucción masiva, la ausencia de vínculos de Sadam Hussein con el terrorismo, las bajas diarias de los conscriptos norteamericanos, son hechos irreversibles que Rice tendrá que responder sin ofuscaciones. Al final, su reivindicación no es con Clarke, sino con el pueblo norteamericano, particularmente con la gente que ha perdido a sus seres queridos en los atentados terroristas.

Humberto Caspa, Ph.D., especialista en temas políticos y económicos.

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