April 08, 2005

LA COLUMNA VERTEBRAL
El Soporte Informativo Para Millones de Hispanos
Por Ricardo J. Galarza

La OEA Post Iraq

Esta semana, la OEA pospuso por segunda vez la fecha de la asamblea para elegir a su secretario general, cargo que se disputan el ex presidente de El Salvador Francisco Flores, el canciller mexicano, Luis Ernesto Derbez, y el ministro del Interior de Chile, José Miguel Insulza.

La nueva fecha de la elección será el lunes 11 de abril. Inicialmente estaba prevista para el 30 de marzo. Luego fue corrida para el 7 de abril, a instancias de Chile, situación que generó momentos de gran tensión en el Consejo Permanente, con la delegación de México que se oponía al cambio de fecha.

Hasta que finalmente, ésta semana, se estableció por unanimidad el 11 de abril, tras constatar que la fecha previamente fijada coincidía con las exequias del Papa Juan Pablo II, a las que acudirían varios cancilleres de la región.

El nuevo cambio de fecha da espacio para algunas reflexiones sobre las relaciones continentales y el nuevo rumbo que han tomado desde que el presidente Bush se instalara en la Casa Blanca.

Hasta hace sólo dos años, en la elección del secretario general de la OEA, nunca se había observado un disenso como el que prevalece en los procesos sucesorios de otros organismos internacionales de mayor relevancia política, como la ONU, el Banco Mundial o el FMI.

Tradicionalmente, y sobre todo a partir de 1972, el secretario general de la OEA ha sido una figura de consenso entre los 34 países miembros del organismo. Y ese consenso se alcanzaba en torno a un candidato propuesto por Washington.

Tan sólo en el 2003, la experta de la Universidad Autónoma de México María Cristina Rosas escribía en uno de sus ensayos: “En la OEA, el requisito fundamental para presidir la institución es ser el candidato de Estados Unidos. De poco serviría que los restantes países miembros postularan a un candidato alternativo. “Esas son las reglas del juego”.

Esto parece haber cambiado sustancialmente a partir de la presidencia de Bush; y sobre todo, después de la guerra en Iraq, a la que la abrumadora mayoría de la opinión pública latinoamericana vio como una intervención innecesaria y un acto de arrogancia de Washington.

La invasión de Iraq —a la que el gobierno norteamericano se aventuró haciendo oídos sordos a los reclamos del mundo— constituyó así el gran parteaguas en las relaciones de América latina con Estados Unidos, momentos en que ya habían entrado en una pendiente bastante pronunciada tras el desencanto en Latinoamérica con las políticas neoliberales, dirigidas desde Washington durante los últimos diez años.

El hecho polariza de tal manera a la opinión pública latinoamericana, que ésta comienza a abrazar ideas que hasta tan sólo el despunte del siglo, había considerado trasnochadas. Y es así que empiezan a proliferar los gobiernos de izquierda en la región, con amplios mandatos populares.

Es en este contexto que se llega a la elección del nuevo secretario general de la OEA con las reglas del juego, al parecer, cambiadas.

El candidato de Estados Unidos en esta oportunidad es el ex presidente Flores, una suerte de premio a su incondicional apoyo a la guerra en Iraq y a su defensa y aplicación a pie juntillas de las políticas neoliberales.

Sin embargo, el apoyo de Washington no parece granjearle al ex mandatario salvadoreño los votos necesarios para ocupar el cargo. Se necesita un mínimo de 18 votos para acceder al sillón de la OEA, y de momento Flores no acapara más de siete. Todo parece indicar que, hoy por hoy, ser el candidato de Washington es un arma de doble filo.

Por un lado, el peso absolutamente desequilibrante que ejerce la superpotencia en el continente es indiscutible; y tal vez, podría, llegado el caso, inclinar el fiel de la balanza en favor de Flores. Por el otro, actúa como un elemento disolvente entre las naciones desafectas a Washington y al gobierno de Bush, que son cada vez más.

Acaso el ejemplo más claro de ello, haya sido el giro que pegó Uruguay, cuyo gobierno saliente, encabezado por el ex presidente Jorge Batlle —aliado de EEUU—, había prometido su voto a Flores; y ni bien asumió el nuevo gobierno de izquierda de Tabaré Vázquez, el 1ero. de marzo, anunció su apoyo a Insulza.

El contrapeso ejercido ahora por los gobiernos de izquierda sudamericanos, con Brasil a la cabeza, le han hechado cerrojo a las posibilidades del candidato de Washington en Sudamérica, dejando a Flores con el único voto sudamericano de Colombia, último aliado de la Casa Blanca en la región.

Por lo demás, Flores aparecía como un candidato con grandes tributos.

Su juventud y vitalidad, y el hecho de ser el único ex presidente en carrera, lo posicionaban por encima de sus contendientes. Y a eso se sumaba el hecho de que es centroamericano, cuya región nunca había tenido un secretario general hasta el fugaz pasaje del constarricense

Miguel Angel Rodríguez, quien debió abandonar el cargo en octubre del 2004, en medio de un escándalo de corrupción en su país.

En el mundo pre-Iraq, tal vez Flores ya estaría ocupando la secretaría general de la OEA desde hace rato. Pero en el mundo postIraq, recién el lunes sabremos si el apoyo de Washington le vale al ex presidente salvadoreño la investidura del máximo cargo continental, o su derrota.

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