June 5, 2009

Construyendo Una Joya de Parque Simplemente Porque “Ellos me lo Pidieron”

Escrito por Rob Davis

Una serenata al son del canto de pájaros llena el aire de la mañana, sacudida por una brisa fresca de febrero y el ruido de la cortadora de grama. Atrás de la nueva estación de guardabosques, a lo largo de un camino recién cortado, se encuentran cuatro prisioneros de mediana edad con overoles de color amarillo fluorescente podando la maleza del Parque Regional Otay Valley al sur de Chula Vista.

Un quinto hombre se encuentra al lado de ellos. Él está removiendo la maleza con su azadón. El hombre viste un polvozo sombrero de paja, una camiseta color caqui que le combina con sus pantalones y unas botas negras lustradas cubiertas de hierba cortada y de suciedad. Él es una persona que corta la maleza y que se mantiene firme como los demás a pesar que él es un veterano de la Segunda Guerra Mundial, un hijo de la Gran Depresión, y ahora, alguien que sufre de su espalda. Una insignia negra de plástico sujetada a su camiseta grita su nombre: JOHN WILLETT.

“Esta maldita grama está bien alta”, dijo Willett. “Es difícil de creer que nosotros estuvimos aquí en mayo y es por toda esta lluvia que hemos tenido”.


John Willett pasa 35 horas a la semana como voluntario dirigiendo a equipos de limpieza en el Parque Regional de Otay Valley. Foto: Sam Hodgson.

Por décadas, el Otay River Valley, 11 millas de espacio abierto desde el oeste del Lower Otay Reservoir hasta el final del sur de la Bahía de San Diego, ha sido tratado como un basurero no deseado y puesto fuera del alcance de la vista de la población. Campamentos de personas indigentes, botaderos ilegales y grandes capas de maleza invasora cubrían el valle separando Chula Vista de Otay Valley. Eso está cambiando lentamente, y Willett ha jugado un papel decisivo en esta transformación.

La historia del éxito de Willett reclamando el Otay River Valley es una historia compartida junto con la comunidad, una prueba de cooperación vecinal y la cooperación de extraños. Es también una historia de paciencia y de una tenaz determinación. El parque no está completo, a pesar de dos décadas de trabajo.

Oficiales de Chula Vista, del Condado de San Diego y de la Ciudad de San Diego discutieron inicialmente la creación del parque en 1989. Ellos previeron una zona verde rodeando Chula Vista. Un año más tarde, las tres jurisdicciones formalizaron la idea y formaron un grupo asesor que brindaría un aporte para el futuro del parque.

Willet, un ex ingeniero de la Naval de Estados Unidos, se había retirado tres años atrás y pasó su recién descubierto tiempo libre siendo un voluntario en Chula Vista. Además él había perdido a su esposa de 45 años debido a una enfermedad de cáncer. Luego en 1990, Willett se unió al grupo asesor y ha continuado sirviendo en éste desde entonces. Él es muy modesto en cuanto al por qué él comenzó otorgando su tiempo libre; su esfuerzo desde hace 19 años, lo ha mantenido ocupado por cientos de horas.

“Ellos me lo pidieron”, dijo él.

Desde que el parque fue establecido formalmente, líderes electos y agencias gubernamentales han trabajado para adquirir tierra para construir el parque. Willett, sin embargo, ha ayudado a cons-truir la idea del parque.

Sus esfuerzos se han enfocado en la limpieza de la basura, de lugares donde personas indigentes se establecen y espacios donde personas se drogan. Si el Parque Regional Otay Valley se convirtiera realmente en un destino con senderos para caminar y en un observatorio de aves, los residentes necesitan sentirse seguros, sentirse conectados con la tierra, sentirse identificados con los gastos de mantenimiento. Entonces ellos no botarían basura aquí y el incremento de la presencia de personas, disminuiría que indigentes se quedasen ahí. Pero el parque primero tiene que tener una identidad, una esencia. Tiene que deshacerse de su reputación.

Y así Willett se prepara para este objetivo. El martes, mientras ellos arrancaban la maleza, una pareja paseaba por ahí. “Nosotros hemos vivido acá por 25 años”, el hombre le dijo a Willett, “y ésta es la primera vez que nosotros hemos estado aquí”.

De ahí es de donde viene la satisfacción de Willett.

Willett no ha trabajado solo, pero él ha ayudado con soluciones en la rama de ingeniería. En el año 2006, trabajando con el staff del parque en el desarrollo de la primera fase del sistema de senderos, Willett empezó a rastrear y a localizar sitios de botaderos ilegales. Él lo plasmó en un mapa y se lo entregó al Departamento de Parques y de Recreación del Condado de San Diego, por lo que consiguió fondos estatales para la limpieza.

John Barone, un guardabosque de San Diego ubicado en Otay Valley, describe a Willett como un embajador que forma parte de un equipo que trabaja transformando espacios abiertos y tierras vacantes sin ninguna identidad, en parques. “La gente ve su pasión y motivación por limpiar”, dijo Barone, “y eso los inspira”. Éste ha sido el mecanismo que él ha utilizado para conseguir limpiar cosas que de no haber sido de esta forma hubiesen costado más dinero hacerlas”.

Willett convenció a Allied Waste, que opera cerca al Basurero de Otay, para que renunciaran a cobrar tarifas por recibir basura que fuera recolectada en el parque. Cuando llegaban algunos fondos para limpieza, la dispensa posibilitaba tener más dinero para gastar en los grupos de limpieza. Los guardabosques estiman que el ahorro permitió remover 100 toneladas extras de desperdicio en la campaña de limpieza en el año 2006. (Voluntarios y personas que reciben remuneración económica han removido un estimado de 1,210 toneladas de basura en los últimos nueve años, dijo Willett).

Cuando Willett se ha encontrado con personas indigentes, él ha tratado de ponerlos en tratamiento y en programas de trabajo; no simplemente sacarlos del lugar. Los guarda- bosques que patrullan el parque hablan con admiración de su paciencia. Asimismo lo hace Bob McElroy, director ejecutivo del Proyecto Alpha, una organización local sin fines de lucro sirviendo a personas sin hogar.

“La mayoría de personas preferirían mandarlos con otra persona”, dijo McElroy. “Él los ve a ellos como seres humanos que son redimibles y que tienen un valor”.

Willett estima que él pasa entre unas 30 a 45 horas semanales en el parque. Él conoce los cañones del parque, cómo los ríos fluyen, donde la basura se acumula, así como los lugares que son más proclives para la erosión. De lunes a miércoles, él trabaja al lado de grupos de limpieza de la prisión, dirigiéndolos y ayudándolos con el trabajo. Los jueves él explora los lugares que serán limpiados la siguiente semana. Él se toma los viernes libres, limpia su propio jardín y además se lo dedica a su hija. “Ella no está allí”, dijo él. “Ella es la alcaldesa de Chula Vista”.

El yerno de Willett, Supervisor del Condado Greg Cox, describe a Willett como una enciclopedia andante, como un hombre quien sabe como negociar cada asunto que surge en el parque. “Si hay mosquitos, él sabe a quién llamar”, dijo Cox. “Si hay personas indigentes, él sabe a quién llamar. Él es un voluntario perfecto”.

Mientras él pasa mucho tiempo trabajando en la limpieza del medio ambiente, Willett no se adhiere al movimiento ambiental, ni se describe asimismo como un ambientalista. Su conexión con la tierra comenzó cuando era un niño durante la Gran Depresión, ocupándose de un jardín de remolachas y cebollas. Su interés por el parque no se deriva de su preocupación por el medio ambiente, sino más por el sentido del deber comunitario.

Mike McCoy, quien a sus 67 años es una generación menor a la de Willett, ha dedicado casi cuatro décadas haciendo un trabajo muy similar en el Valle del Río de Tijuana, que fluye a lo largo de la frontera entre México y los Estados Unidos. McCoy, un residente de Imperial Beach, dice que la fuerza de Willett y su tenacidad son rasgos requeridos para alguien que construye un parque. Tu debes negociar burocracias, dijo McCoy, arreglárselas con la falta de fondos y a veces con falta de interés. Los retrasos son muy comunes. Tú construyes un sendero, limpias la basura y luego, seis meses más tarde, observas una tormenta arrasar con todo lo que habías hecho.

“Esto es lo que es maravilloso de John”, dijo McCoy. “Eso no lo agobia”.

Barone, el guardabosque del parque y Matt Sanford, otro guardabosque, describen que tan apasionado Willett se siente por el lugar y el sentido de propiedad que él siente sobre el parque. Como muchos que conocen a Willett, ellos se maravillan ante su dedicación. “Este lugar es su bebé”, dijo Barone.

“Éste es probablemente el lugar donde él quiere estar cuando él se vaya”, dijo Barone. “Matt y yo sabemos eso. Tú sabes que así es como él se siente”.

Willett cumplirá 88 años en junio, y su trabajo en el parque lo mantiene a él todavía activo. Además disfruta del golf y de la televisión. Él quiere seguir moviéndose. Algunos años atrás, en la sexagésima reunión de ex alumnos de su escuela, Willett recuerda haber sobresalido entre el resto de personas. “Rayos” dijo él, “Yo fui el único que se pudo levantar a bailar”.

Él quiere ver el parque terminado. Ahora, 900 acres de las 8,500 acres del parque es de propiedad pública. El Condado de Chula Vista tiene un acuerdo de adquirir más del resto de tierra a medida que el desarrollo del cercano Otay Ranch se expanda. Pero Willett trabaja a sabiendas que el parque probablemente no se terminará en su tiempo de vida.

Él no protesta ni un poquito. “Yo lo entiendo”, dijo él, ¿Por qué dar dinero a un parque cuando hay tanta gente desempleada?”.

Tres semanas atrás, él se lesionó su espalda levantando una pesada podadora de césped. Ahora está recibiendo fisioterapia dos veces por semana, rodeado de personas con las que él no se identifica. “Estómagos grandes”, dijo él.

Su doctor le ha dicho que debe suspender el levantamiento de equipo pesado. Pero entonces el día martes, ahí estaba él con el azadón en la mano, bajo el sol, con el grupo de la prisión cortando la maleza del suelo rocoso atrás de la nueva estación de guardabosques del parque.

“Mire eso ahora”, Willett dice, moviendo su brazo por el horizonte. “Usted puede imaginarse que tan bonito se verá”.

Traducido por Carmen Florencia Reyes Donohue.

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