June 5, 2009

Sierra & Tierra

Algo Apesta en La Gloria

Por Javier Sierra

En el reparto de las prometidas bendiciones del Tratado de Libre Comercio (TLC) en México, al poblado de La Gloria le tocó el infierno.

A esa población del estado de Veracruz le cayó encima el hediondo regalo de la multi-nacional estadounidense Smithfield Farms, la cual se aprovechó de las terribles taras del TLC para establecer allá un criadero industrial de puercos llamado Granjas Carroll.

La instalación —más bien deberíamos llamarla cámara de los horrores— cada año procesa la carne de unos 800,000 puercos, los cuales producen cientos de miles de toneladas de masa fecal, el equivalente a la generada por una ciudad de tamaño medio.

Estos residuos, sin ningún tipo de tratamiento, van a parar a varias fétidas lagunas a cielo abierto, cubiertas de nubes de moscas, que someten a un continuo asedio la salud y el bienestar de los residentes. El mes pasado, este asedio se hizo insostenible.

El 5 de abril, el diario mexicano La Jornada, citando a funcionarios municipales, informó que la contaminación de las lagunas fecales de Granjas Carroll “generó una epidemia de infecciones respiratorias en el poblado de La Gloria”.

“Ya son 400 las personas atendidas”, agregó el diario. “Sin embargo, gripas, neumonías y bronconeumonías afectan a 60% de los 3,000 habitantes de La Gloria”.

CNN ha identificado a Edgar Hernández, un niño de cinco años residente de La Gloria que sobrevivió a la enfermedad, como el “paciente cero” de la pandemia de gripe porcina que ya afecta a 46 países.

Aun así, todavía no hay evidencias claras de que la gripe porcina provenga exactamente de las Granjas Carroll. Pero lo que sí está claro es que estas tenebrosas instalaciones han sido una amenaza cierta a la salud pública desde que empezaron a funcionar hace más de dos décadas.

Las lagunas fecales que caracterizan a estas instalaciones están cargadas de sustancias de gran toxicidad, como nitritos, amoniaco y compuestos sulfurosos, que contaminan el aire, el agua y la tierra.

En un estudio realizado en varias comunidades de Carolina del Norte, los residentes que vivían cerca de un criadero de 6,000 puercos sufrieron dolores de cabeza, irritación nasal, dolor de garganta, tos, diarrea y escozor de ojos.

En otro, del Departamento de Siquiatría de la Duke University, personas que vivían en un radio de dos millas de otro criadero industrial experimentaron altos niveles de tensión, depresión, enojo y fatiga.

En otra comunidad de Carolina del Norte, el hedor procedente de un criadero cercano era tan intenso, que la pintura se desprendió de las fachadas de las casas.

La lista es interminable, y a nadie le debe extrañar porque esta industria, una de las más sucias del país, genera 130 millones de toneladas de estiércol y orín al año, que en demasiados casos acaban en los ríos y costas del país causando terribles daños ecológicos.

Uno de los casos más escandalosos ocurrió en 1997, cuando la Agencia de Protección Medioambiental impuso a Smithfield Farms una multa de $12.5 millones por haber vertido desechos de matadero sin tratar al río Pagan, parte de la cuenca de la Bahía de Chesapeake.

Pero hay una tercera víctima de estos criaderos industriales: sus trabajadores. El 65% de esta fuerza laboral es hispano, y en la mayoría de los casos, indocumentados dispuestos a trabajar en lo que sea, incluso en estos lugares despreciados por los trabajadores norte-americanos.

Esta industria, la cual genera más accidentes laborales que cualquier otra en Estados Unidos, con frecuencia trata a sus empleados incluso peor que a los animales.

“Es fácil encontrar reemplazos, y si te lastimas, te despiden”, dice Francisco Risso, director del Centro de Trabajadores, un grupo que asiste a los inmigrantes de la industria cárnica en Morgan-town, Carolina del Norte. “Y ya que la mayoría son indocumentados, son incluso más vulnerables a los abusos laborales”.

Rossi insiste en que para mejorar las condiciones laborales de esta industria, es esencial que el Congreso apruebe la Ley de Libre Elección Laboral, para que los trabajadores puedan unirse a un sindicato libremente y así tener fuerza a la hora de negociar con los patronos.

Mientras tanto, la gloria de estos trabajadores está tan lejos como el poblado de Veracruz.

Javier Sierra es columnista del Sierra Club. Visite www.sierra club.org/ecocentro.

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