January 30, 2009

Comentario:

La nueva política en EU

Por Jorge A. Bustamante Fernández

Me encontré el pasado 14 de enero en el diario Washington Times un artículo editorial de Randall Kuhn, director de Salud Global de la Escuela de Estudios Internacionales de la Universidad de Denver, citando una analogía hecha por el ministro de Defensa de Israel, Ehud Barak, diciendo: “Piense en qué pasaría si durante siete años San Diego se viera como blanco de misiles lanzados desde Tijuana”. El profesor Kuhn extendió esta analogía para especular sobre las consecuencias de que lo que está pasando en el territorio palestino de Gaza estuviera pasando en Tijuana. Obviamente se trata de una especulación que sólo invita a imaginar qué pasaría si... con el objetivo de dar lugar a una revisión del público estadounidense sobre lo que el gobierno de Israel está haciendo con su estrategia militar sobre el territorio de Gaza y sus habitantes.

Yo creo que mientras los palestinos sigan lanzando misiles a territorio israelí su gobierno tendrá derecho a tratar de evitarlo. El problema surge de la desproporcionalidad de las acciones de Israel contra los palestinos. En casi todas las legislaciones penales del mundo existe la noción de “exceso en la legítima defensa”. Tal noción surge del supuesto de que toda acción de legítima defensa tiene un límite, más allá del cual se convierte en un delito que merece una sanción. Creo que ésa es la lógica de la resolución del Consejo de Seguridad de la ONU al ordenar el cese el fuego de las dos partes del conflicto y de los comentarios de condena de su secretario general Ban Kimoon a la continuación del bombardeo en Gaza de parte de Israel. No iré más allá de lo antes dicho sobre tan espinoso tema. Sólo lo saco a colación a propósito del dilema con el que se encontrará Barack Obama, quien tomó posesión como presidente constitucional de Estados Unidos, al decidir sobre lo que le propondrá a su Congreso como la política de su país hacia México, ya sea sobre la cuestión migratoria o sobre una renegociación del NAFTA.

Ese dilema yo lo conceptualizo como el de tratar a México como país enemigo o como país socio y cambiar así la ambigüedad derivada de las acciones de quien lo antecedió en la Casa Blanca. Fueron acciones de trato hacia un país enemigo: a) enviar tropas a la frontera con México; b) construir un muro en gran parte de la frontera con México; c) sostener una política de inmigración exclusivamente unilateral y, d) no reconocer la jurisdicción de la Corte Internacional de Justicia de la ONU en el sostenimiento de las penas de muerte de ciudadanos mexicanos.

Fueron acciones en dirección opuesta la firma y sostenimiento de lo convenido en el NAFTA y la aportación de Estados Unidos para los objetivos convenidos en el plan Mérida.

Algo que le falta entender al gobierno de México, como lo evidenció el presidente Calderón en su última visita a Washington, es que en la relación con México el presidente Obama tomará más en cuenta lo que le haga quedar bien con el “voto latino”, que con el gobierno de México. No sólo porque el nuevo Presidente seguirá la práctica de tratar el tema migratorio como una “cuestión doméstica” o de carácter interno, en que el gobierno de México no es parte, sino porque su triunfo electoral no le dejó deuda alguna con México o con su gobierno; en cambio sí le dejó deuda con el “voto latino”. Mientras el gobierno de México no entienda que México no es lo mismo que “voto latino”, seguirá dando palos de ciego como lo mostró en su reciente visita a Washington.

El presidente Calderón sigue cometiendo varios de los errores que cometió su antecesor en la política bilateral. El actual sigue tratando las cuestiones bilaterales, particularmente la cuestión migratoria, como si ésta fuera decidida por el Poder Ejecutivo de Estados Unidos, ignorando que el actor principal, el que decide en última instancia la política migratoria de Estados Unidos es el Poder Legislativo. Calderón y sus asesores se dejaron llevar por el glamour de la figura de Barack Obama y pusieron todos los huevos de la canasta bilateral en el nuevo presidente de Estados Unidos, como antes lo hizo el presidente Fox.

Si Calderón entendiera la cultura política del país vecino, debería enfocar a la colectividad de su Congreso como los actores más importantes de la política bilateral. Al hacerlo, debería entender el nuevo papel que está jugando lo que allá se entiende por el “voto latino”, a partir del peso que tuvo en los triunfos electorales en estados donde no se esperaba que ganara Obama tales como Indiana, Nevada, Florida y Nuevo México. Calderón debe cambiar de asesores o ponerse a estudiar él mismo cómo y por qué se hace la nueva política en Estados Unidos.

El autor es relator especial de la Organización de las Naciones Unidas para los derechos humanos de los migrantes e investigador distinguido de El Colegio de la Frontera Norte.

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