January 30, 2009

La Toma de Posesión de Barack Hussein Obama

Una Experiencia Inolvidable

Por Gracia Molina de Pick

 

Nunca pensé que algún día me encontraría rodeada de un oceano humano de un millon ochocientas mil personas. Soy una mujer de baja estatura y por mi edad —casi ochenta años— he perdido tambien altura. Así sabía que el día de la Inauguración del nuevo presidente Barack Hussein Obama, tendría que encontrar un lugar estratégico de cierta elevación y usaría mis binoculares y dependería de las pantallas gigantescas colocadas a lo largo del espacio que encerraba a la multitud de invitados  exclusivos de sus Senadores y Congresistas.

Todos recibimos boletos de color morado que se nos entregaron en las oficinas de nuestros representantes después de estar en fila, casi congelándonos por el frígido viento y la bajísima temperatura, con cientos de personas durante una hora y cuarenta y cinco minutos para poder entrar a sus oficinas y firmar por el boleto recibido que nadie más que el mismo invitado podía recibir. En mi caso fue Bob Filner a quien debo esta cortesía. Esto sucedió el día antes de la Inauguración.


Miembros del Partido Democrático Progresivo de San Diego comparten su mensaje de Hope.

Aunque el nuevo Presidente es democrata, nos sorprendió que todos los Congresistas republicanos de San Diego, estaban en sus oficinas y muy amablemente salieron a invitarnos a disfrutar bebidas calientes bocadillos y pasteles que tenían preparados que nos revivieron después de la larga  espera  y cola que habíamos hecho y en la que casi nos helamos.

Viajé con otras tres mujeres y nos quedamos en una casa a solo 15 minutos del Capitolio por taxi.

El día de la Inauguración, nos levantamos a las 4:30 de la mañana y después de vestirnos y abrigarnos con todo lo imaginable, incluyendo unos parches calientes para los dedos de los pies, que afortunadamente, una de las compañeras había traído, salimos de la casa a las 6:00 a.m. compartiendo una limousine contratada con meses de anticipación y autorizada para circular hasta la Union Station en este día.

Nos tomó una hora y cinco minutos maniobrar todas las vías abiertas a la circulación de vehículos autorizados y el chofer finalmente nos dejó a dos calles de la entrada designada para los que tenían boletos de color morado advirtiéndonos que en cuanto terminara el evento nos salieramos rápidamente y nos fueramos al edificio del Museo Postal donde él nos esperaría en el costado para sacarnos del centro antes de que desembocaran los ríos de gente y nos fuera imposible salir. 

No sabíamos entonces que habíamos sido casi dos millones los que habíamos asistido ni tampoco que no habría ninguna silla para los que teníamos boletos morados. Este fue un gran cambio ya que en inauguraciones anteriores habíamos tenido sillas pero por la cantidad de espectadores, todas las sillas fueron eliminadas de todos los eventos.

Empezamos a caminar para unirnos a la cola que de varias cuadras  ya existía y un grupito de jóvenes que iban de prisa me rodeó y ¡pum! perdí de vista a mis compañeras y fui delicadamente conducida a la cola por ellos. En medio de este río humano no veía más allá de mis narices, como decimos en México y me encomendé a la bondad de los jóvenes quienes me protegieron muy efectivamente después de que les obsequié los parches para calentar sus dedos de los pies.

Con ellos entré y presencié a la distancia la toma de posesión desde su principio hasta el fin y sí pude disfrutarlo recurriendo frecuentemente a las gigantescas pantallas laterales.Cuando el nuevo Presidente empezó su discurso, comencé a moverme hacia la salida con gran dificultad por lo compacto del grupo, pero esto impidió que sintiésemos el intenso frío y el impacto de las cuatro horas y media que permanecimos en pie.

Estuve entre las primeras centenas de gente que salieron y enseguida me fui al Hotel Hyatt, que se encuentra muy cerca, ya que tenía que usar el baño urgentemente. Al entrar, lo primero que recibí fue una flauta de champagne para brindar por el nuevo presidente. Inmediatamente después de usar sus servicios, me dirigí al lugar donde nos esperaba la limousine y allí me reuní de nuevo con mis compañeras.

De volada, el chofer nos llevó fuera del centro y usando calles en la periferia nos llevó arriba de Georgetown, donde vive la prima de mis amigas quien había contratado la limousine y en este día nos tenía preparado un brunch exquisito acompañado de fuerte cafe.

Cuando nos repusimos algo, el  chofer de la limousine nos llevó a casa por caminos que evadieron la congestión de todos tipos. Nuestra anfitriona nos dijo que tenía boletos para el Baile del Pueblo y que la limousine nos recogería para llevarnos pero yo desde luego estaba agotada e incapaz de permanecer tres o cuatro horas más de pie en la noche para ver a la pareja presidencial bailar.  En ningun baile o evento había mesas ni sillas, porque así se puede acomodar más gente. Solo cuatro bares en las esquinas y los concurrentes como sardinas en lata.

Mis amigas también optaron por no ir al baile y nos quedamos a ver la toma una vez más y el baile por television gozando del comfort de la casa y el calor de la chimenea. Esta fue para mi la última vez y la culminación de mi vida política ya que no creo poder jamás repetir esta odisea.

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