January 9, 2009

Ocupación: Reina de Belleza

Por María Dolores Bolívar

La detención de Laura Zúñiga Huízar, recientemente ganadora del concurso Nuestra Belleza Sinaloa, en un operativo policíaco digno de James Bond o Get Smart, es uno más de los muchos acontecimientos que, en relación con el narcotráfico, hacen quedar a México como el país de matones y policías en el que se ha ido convirtiendo —acaso deberíamos decir simplemente matones—. Armas de alto calibre, droga a mares, altas sumas de dinero. ¡Si hasta parece que no hay quien no viva de este negocio ilícito! Que sólo es ilícito de palabra, pues a través de fronteras y de estratos opera a entera libertad, cual si no lo fuese.

Y se queda uno sin palabras con esto de la ya motejada “narco reina”, no sólo porque la ignominia parece apoderarse del tejido social, en su conjunto, sino porque la respuesta del público —traducida en altos ratings— parece patética, cómplice, increíblemente autocomplaciente.

Enseguida de la detención, lo explotable, lo comercializable es la exhibición, el gran pitazo periodístico o sea, el negocio redondo de la información sensacionalista. El morbo social hace que la noticia sea la número uno, que se repita al infinito, que trascienda en todos los canales de habla hispana y así, por el efecto repetitivo de las cadenas de televisión en varios idiomas y países, por todo el mundo. Y lo que concluyen los medios, las personas, los adeptos del drama es ¡ay, pobre!¡la deslumbró el poder! ¡la perdió el dinero!

¿Pero cuántos se meten a pensar que el asunto tiene raíces profundas en el pensamiento de la sociedad mexicana —en otras sociadades a la que la mexicana mimetiza—, tan profundas que arrancarlas de tajo sería como pretender que el árbol torcido —ya bastante crecidito— no se viniese abajo?

 

SEÑORITAS BELLEZA 

¿Quiénes son, de dónde salen, cuál es su destino? Las preguntas se agolpan entre los más, sobre todo porque en promedio la mujer hispana de cualquier punto del globo no es como esas muchachas que llenan las pantallas televisivas. Un metro setenta y tantos, delgadas al extremo, casi todas rubias —aunque sea teñidas—. ¿A quiénes representan? Y la disputa sigue, que si son más bonitas las de Puerto Rico que las de Venezuela; que si las de Jalisco y Sinaloa se llevan de calle a las de Yucatán o Quintana Roo. En todos sitios el sueño acariciado es parecer a ese engendro de belleza implantada en culturas donde el opuesto predomina. ¡Mira qué blanca y qué delgada, si parece reina de belleza! Una clase en sí misma, un estilo de mujer que se vuelve preciada por escasa y distinta —o que se anhela al punto del bisturí o de la inyección masiva de silicón—.

En una ocasión me senté, en el rol de la crítica, a padecer uno de esos concursos. Los comentarios racistas e infamantes para cualquier mujer corrían de boca a oído al igual que las cervezas que iban de mano en mano —patrocinado el acto, a barrica abierta, por la cervecera local, ni más ni menos. “Pero qué prieta”, “mira nomás, qué sotaca”, “esa naca, por Dios”. Las señoritas presentes no se daban por aludidas, pese a que la mayoría éramos, ¡válgame! un poco más prietas o feas; más sotacas, menos garbosas, sin duda, menos aptas para aquella sociedad de aspirantes a reinas “internacionales”. Pero nadie se quejaba, ¡qué va! Por el contrario, aducían, afirmaban, brindaban. La propia autoridad municipal que concedía el triunfo a la ganadora tuvo que pararse en las puntas de los pies para colocarle la corona a aquella altísima joven, que parecía venir de otro país. Y eso luego de que un pleito insólito obligara a la mandataria de aquel sitio a conceder la corona a la menos popular, puesto que la más popular había incurrido en el desplante violento de ningunearlas a todas, argumentando que no estaban, literalmente, a su altura y que el triunfo de la más baja se debía al capricho de aquella presidenta autoritaria. Diría que se trataba del municipio de Guadalupe, Zacatecas, si el decirlo no excluyera a todos los municipios, muchos de ellos llamados igual, solo que de distintos estados de la república. Y cualquiera de Chile, de Bolivia, de Perú dejaría de sentirse aludido si digo México, pues la realidad de las reinas trasciende toda frontera, a países de todos los idiomas.

En otra ocasión me tocó, desde uno de los muchos trabajos que he desempeñado para ganarme la vida, el apoyo tangencial al concurso de La Flor Más Bella del Ejido. Debo decir que jamás me reí de las bromas que corrían, aunque sí, lo confieso, me parecieron al extremo ingeniosas. Entre los de la delegación política, aquella vez se trataba de Milpa Alta, se motejaba al concurso La Flor Más Bella del Mugido, sugiriendo que se trataba de vacas y no de mujeres el cuadro de las concursantes y el capital humorístico era tal que al final no asistí a la última eliminatoria que prometía ser un desparpajo sugestivo de burlas a la mujer, en general y en particular a aquellas jóvenes cuyo futuro, a sus ojos, se cifraba en lograr la corona de aquel certamen, para tantos, tan insignificante.

Pero lo más indignante, más allá del repertorio de bromas, era el modo como se negociaba el triunfo, tan al margen de las concursantes. Quienes potenciaban aquella competencia, tras bambalinas, eran los poderosos, porque no cualquiera colocaba a su reina en aquella tirada de pókar. Había que ser la nieta de Don Tal o de Don Cuál, o, en su defecto, ser rapidita con las miradas y las licencias para que, así, se argumentara que “la chica prometía” o “tenía futuro”. La ganadora, siempre resultaba, acababa siendo parienta, cuando no hija del comisario ejidal o del presidente de la feria. Ninguna que llevara la corona podría preciarse de ganarla limpiamente. La corrupción hacía presa de aquellos eventos, como de cualquier otro aspecto de la vida social. Es decir, también las reinitas, por menor que fuese el concurso, gozaban de alguna influencia.

Y AL OTRO LADO DE LA CORONA, EL ÉXITO 

Y no es para menos la tal aspiración. Las reinas de belleza siempre han estado acomodadas, aquí y allá. Ellas son las esposas de los poderosos, las amantes de los encumbrados. Surgen como el emblema de la mujer que se acomoda a cambio de ganar para lucir y darse a ver en los medios. “La Entalladita” es el corrido que las narra, aquella mujer cuya guapura le ganó impunidad y respeto social pues a pesar de haber matado a Teodoro —su celoso prometido— salió libre luego de conmover a los jueces, nada más que por “su vestido entallado”.

Y uno no puede sino preguntar, ¿qué espera la sociedad que ahíja ese mito tan espectacularmente grotesco? ¿Cómo combatir las aspiraciones “malentendidas” de triunfo de tanta chica, de tanto ejido, de tanto municipio, de tanto estado, de tanto país, de tanto colegio, de tanto gremio? Conocí a varias que por ganar un concurso de belleza luego fueron nombradas directoras de esto y coordinadoras de aquello. “¡Qué mujerón, solía decir con desparpajo un gobernador que contrató en puestos clave a señoritas procedentes de los tales concursos!”

“No soy inteligente, así que me esmero en mi arreglo” me dijo a manera de consuelo quien ocupaba un cargo directivo en una empresa periodística para la que trabajé. ¡Qué horror! —pensé— pero el horror se me atoró en la garganta el día en que me quitaron la portada de mi sección para publicar su foto en el lugar donde debió lucir la mejor entrevista de mi vida a Rafael Coronel (que no era fácil para las entrevistas). La entrevista con aquella mujer cuyas piernas se llevaban el primer plano contra fondo en blanco, virtud del PhotoShop, comenzaba por laurearla por haber sido la reina de la Asociación Ganadera.

Las perversiones sociales no surgen de una persona o de un momento en particular. La lacra de un pueblo no se localiza en tan solo un evento aislado. Esa realidad es la misma que coloca a las mujeres semidesnudas en la pantalla; la que se basa en el imperio de la silicona, en los centros de estética donde el futuro de toda mujer “medianamente digna” —como comentó recientemente en plan jocoso una querida amiga—, “tenga para una liposucción, una estiradita, un agrandamiento de nachas”.

Y el propio padre de Laura Elena Zúñiga se mirará sorprendido al espejo preguntándose qué hizo mal, en qué falló, cómo dejar de andar el mismo camino… si el país todo le sonríe a la belleza con denuedo tan insólito que toda fea desearía no haber tenido que enfrentar jamás.

UN ESPEJO QUE NO HABLA

Y para nunca la sociedad relega de nuevo a la reflexión profunda. Lupita Jones, empresaria de la belleza, sólo sale a destronar a la infame que echa tierra sobre su concurso exitoso, sobre su empresa seria. Los otros, los que siempre se deslindan de todo, a la facilidad del rayo, ya apuntan, ya condenan, ya vituperan contra este caso en particular. Parecería que el olvidar, el echar tierra, el asumir que somos superiores los demás y que esta joven tan solo “se equivocó”, “se deslumbró”, “se dejó llevar”, nos pusiera a todos a salvo, como por arte de magia.

Pues siento ser la portadora de sentencia tan atrevida pero leí algo muy distinto en el rostro oculto y avergonzado de esa joven que la televisión presentaba, incisiva, una y otra vez. Ahí, tras el estilo de belleza que promueven hasta la anorexia y los desórdenes alimenticios las empresas de la moda; tras el modelo que colocan frente a las jóvenes los empresarios del cuerpo y de la carne; al otro lado de esta alegoría maldita que hoy explotan quitados de la pena los medios de comunicación, están los paradigmas de una sociedad que no crece, que no se esmera en mirarse a sí misma, que no acaba de verse cegada por tanto espejo falso, por tanta imagen impuesta, por tanta triste paradoja de “belleza” que la aleja de sí, de sus valores, de sus verdaderas riquezas.

Tan solo por no dejar, deberían de abrirse ya los concursos de la más inteligente, la mejor científica, la número uno en matemáticas, la reina de la química, etceterilla. Esos sí podrían considerase empresas serias, súper serias, necesarias, urgentes.

Pero no, Miss Chiquitita, La Reina de la Feria, La Reina Estudiantil, La Reina Adolescente, La Reina de la Generación, La Reina de la Compañía proliferan, sin recato. Son tantos los concursos que nombrarlos ameritaría un artículo en sí. También amerita nota aparte el que las mujeres de hoy no solo aspiren a concursar sino que se esmeren por parecerse a las concursantes. Una hojeada a las páginas de cualquier revista documenta esta aseveración. Hablamos de un mundo de réditos, intereses, ganancias, corporaciones, estereotipos, artificios, partes de repuesto, consumismo, soledad, soledad, soledad.

LA MÁS PLANA 

Durante un largo embotellamiento me tocó, de chiripa, escuchar las eliminatorias de “La más plana”. Chicas de todo el condado de San Diego y de la vecina Tijuana se habían inscrito a este certámen promovido por una radiodifusora. Ignoro cómo se llevaron a cabo las eliminatorias porque sintonicé el dicho concurso cuando ya sólo quedaban diez, en pos de la corona. El premio no estaba nada mal. Junto a un auto y varios estímulos de orden económico, ofrecían a la ganadora la operación de los senos para dejar de ser plana. Le habría cambiado a la estación de no ser por el peculiar requisito que me pareció original. Para ganar los premios y la corona, las concursantes debían escribir un convincente ensayo justificando por qué querían dejar de ser planas. Me interesé al punto de sintonizar varias semanas después aquel ominoso programa, a ver si me enteraba de cuál concursante había ganado.

El relato de la ganadora era en sí mismo digno de atención. “La chica más plana del planeta”, como se refería a sí misma aquella finalista con suerte, narraba el por qué anhelaba “un par de niñas” nuevas. Incapacitada por el puritanismo social para decir palabras como “tetas”, “senos”, “mamas” aquella radiodifusora recurría a los eufe-mismos para uniformar la retahila de deseos que desfiló por su banda transmisora —“Las niñas”, “las lolitas” “las armas”—. Y la señorita ganadora lo expresó contundente: “Quiero a mis nuevas niñas porque estoy cansada de que se rían de mí, de que me apunten, de que cada vez que paso, los comentarios corran acerca de la tabla, la plancha…”.

¿Belleza? ¿Medidas? ¿Artificios? Hoy no hay actriz que no se agregue o quite algo. Más senos, menos panza, más pompi, labios gruesos, pelo artificial, eliminación de vello, cero celulitis. Y la belleza artificial opera de parámetro para las jóvenes que cada vez más basan su concepto de felicidad en alcanzar ese artificio, televisado o transmitido hasta sus ojos vía Internet. ¿Qué realidad hay en la talla doble cero? ¿Qué estética en un cuerpo cuya silicona asciende a varias libras?

¿Y en qué momento dejamos atrás, para nunca más, la belleza natural, la belleza del espíritu? ¿Y hasta cuándo nos motivará otro derrotero que ése de convertirnos en el adefesio de nuestra cultura; de ningunearnos de modo tal que para ser bonitas, en verdad, no sabríamos ni por donde empezar?

María Dolores Bolívar es doctorada en Estudios Culturales y Literarios por University of California, San Diego (UCSD), y licenciada en Ciencia Política por San Diego State University (SDSU). María Dolores ha sido periodista independiente, consultora de traducción y es actualmente profesora en San Diego Mesa College.

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