February 6, 2009

Sobadores tradicionales curan el dolor de emigrantes

Por Mariana Martínez Esténs

Don Juventino Luna, de 58 años, originario de Irapuato, Guanajuato llegó al norte como muchos para hacer dólares trabajando en el campo, pero encontró que las enseñanzas de su abuela materna eran más apreciadas y mejor pagadas que su trabajo de jornalero o en construcción.

“Por estas manos han pasado muchas personas, gente que vive del campo, nanas, afanadoras, luchadores, boxeadores; hasta migra” dice con orgullo don Juve, quien desde 1982 trabaja en las afueras de la catedral de Tijuana, hasta donde acuden personas de San Francisco, Carlsbad y Colorado.

Apenas hace un año se cambió a un pequeño local donde tiene estantes de alcohol con infusión de hierbas, veneno de abeja con aceite de víbora, belladona, azahares, ruda, romero, damiana y hueso de aguacate.

“La formula debería de tener marihuana porque es muy buena” dice Don Juve, “pero saldría carísimo …Si así la doy a 100 pesos, con mota serían como 500”.

Don Juve, como lo conocen todos, es uno de los hacedores de una tradición sanadora muy particular a la que acuden miles de pacientes.

Se llaman sobadores y son una especie de quiroprácticos populares, que sin estudios formales, curan los dolores mezclando conocimiento del cuerpo, con medicina tradicional mexicana y herbolaria.

Su clientela proviene principalmente de trabajadores migrantes que vienen desde Estados Unidos, a curar sus dolencias y lesiones, provocadas en su mayoría por hacer trabajos físicos como construcción, limpieza o jardinería.

Entre los clientes de siempre, está José López Salazar, 59 años de edad, jardinero y empleado de mantenimiento del campo de golf de Oceanside, quien acude a sobarse a la catedral de Tijuana.

“Cada que puedo me aviento el viaje hasta acá; con una vez que venga, quedo calientito y arreglado para el mes que viene” dice López.

Cada mañana, la calle segunda donde está la catedral, se llena de camionetas tipo panel, acondicionadas para este trabajo: en medio de un fuerte olor a medicina y ungüentos, las paneles están acondicionadas con cortinas obscuras, camas, cobijas o incluso están sin piso para que los sobadores puedan atender al paciente de pie, pero protegidos por las paredes del auto.

“Del otro lado vienen mucho, porque les recomiendan terapias para accidentes y no las pueden pagar o no le tienen confianza a los doctores, pero nos recomiendan y vienen y comprueban nuestro trabajo” explica Ana, sobadora con 18 años de experiencia trabajando en catedral.

Doña Ana dice que siempre tuvo “el don” de sanar, pero no fue hasta que uno de sus tres hijos tuvo un grave accidente, que decidió hacer de su don, una profesión que le permitiera costear sus tratamientos.

“Mis hijos juegan fútbol y yo siempre les sobe las piernas antes de cada partido y cuando se les hinchaban las rodillas” explica, “ahora le he enseñado a mi marido Gregorio y a mi hijo mayor y los tres nos dedicamos a eso de sanar con masajes… Es técnica con fe, en partes iguales”.

Ahora, Doña Ana espera que sus nietos, Tito de 10 años y Jaime de 7, sigan los pasos de la familia.

“Ya mi hijo menor está curando tobillos de sus compañeros de la secundaria”, explica orgullosa, “y cuando llego cansada, Tito mi nieto me dice, ‘yo te sobo las piernas abuelita’”.

José Ramírez, de 45 años de edad, trabaja en construcción en Bakersfield, California y desde hace 10 años acude con Don Juve a curarse cada mes por lo menos.

“Es muy fuerte el trabajo de nosotros y dependemos mucho del cuerpo, así que venir aquí me hace bien”, relata Ramírez, “llego y me da sueño cuando acaba el masaje, duermo mejor, me siento más liviano… termino más relajado, más alegre, a la semana siguiente de venir, doy un partidazo de fútbol”.

Don Juve ha logrado el sueño de todo padre, que sus hijos sigan sus pasos y lo superen, triunfando en el extranjero.

Sus hijos, Ramón y Guillermo Luna, ambos con residencia permanente en Estados Unidos acaban de abrir su “consultorio” en Anaheim, California, trabajando con licencia de masajistas.

“Estoy muy contento de mis muchachos” dice Don Juve, “si mis clientes me hablan por teléfono y no se quieren arriesgar a venir hasta acá a México yo los mando para allá, si no quieren cruzar hasta Tijuana”.

Return to the Frontpage