September 12, 2008

En el reino de las burocracias globalizadas

Por María Dolores Bolívar

Tres días de trámite, seis meses de espera y el pago de 179 dólares para volver expedita la obtención de un pasaporte suena, además de excesivo, algo que bien podría inspirar “el cambio”, en específico, a cualquiera que aspirase a ocupar un cargo público. Se pensará que me dispongo a narrar una anécdota ocurrida en las oficinas de Puruándaro, tal y como la que ocurrió a mi amiga Rebeca Lannon que recorrió Michoacán de cabo a rabo en busca de su acta de nacimiento inexplicablemente traspapelada, hace un par de años. Pero no. Describo lo que me pasó en San Diego, California, hace un par de días.

Solicitar un pasaporte o una tarjeta-pasaporte se ha vuelto imprescindible y, según se ha anunciado (no obstante que la imposición tuviese que retrasarse un año), será esencial, obligatorio, inevitable y ya no sólo lujo de viajeros. Los que no tengan pasaporte quedarán condenados a permanecer al interior de las fronteras (pronto muros).

El retraso debido a la presión del aumento en número de solicitudes de pasaporte llevó al gobierno a crear la tarjeta-pasaporte. Hoy, la demanda de ambos obliga al pago adicional de quienes deciden viajar, sin la anticipación debida. El trámite regular excede, en ocasiones, los seis meses.

Llamé a las oficinas administrativas del condado para enterarme cuáles eran los requisitos para solicitar el pasaporte. La primera vez se me informó que debía contar con licencia de manejo de California, acta de nacimiento, dos fotografías (el solicitante, claro). Como se trataba de una menor de diecisiete años, que no contaba con licencia de manejo, en esa primera llamada se aseguró que debía obtenerla. Una vez en la oficina condal, los requisitos volvieron a cambiar, sólo se requería el pasaporte anterior y la identificación del padre o guardián (o sea el guardián, en foto y en persona). A la sorpresa de constatar lo voluble de las informaciones proporcionadas por los trabajadores que fungen como eso, “servicio de información”, siguió la indignación por los horarios.

En el trajín de los papeles, que si estos, que si aquellos, y las indicaciones, a la hora del tráfico, llegamos tarde a la ventanilla que creíamos abierta hasta las 5:00, unos minutos pasaditos de las 4:30 (temprano a la puerta de acceso, a la revisión de las bolsas y de los cuerpos, tarde a la ventanilla). “Las operaciones cierran en punto de las cuatro y media”, se nos dijo. “Vuelva mañana, o vaya al correo”. Recomenzó el calvario cuando decidimos optar por la oficina de correo, más cerca de nuestra casa, la de Mira Mesa, esa sí en exceso ocupada, al punto de que su horario acaba de ampliarse hasta las seis de la tarde. Por celular, de camino, pregunté qué requisitos cubrir para obtener un pasaporte. Como ya venía mal dispuesta contra los burócratas comencé diciendo que tenía todos los documentos en la mano, salvo mi acta de defunción. La respuesta fue tajante y sardónica, como de quien se alegra de disuadir mi llegada, “los pasaportes solo se expiden por citas y a medio horario, de las 9:00 a las 12:00”. ¿Pero me puede decir los requisitos, para ir ya preparada? “No. Yo soy la supervisora del correo, no puedo dar información de pasaportes. Si desea saber algo de pasaportes tiene que presentarse en persona en la ventanilla apropiada.”

Al fin el veinte me cayó, inspirando mi indignación. ¿Por qué el horario de las oficinas que expiden pasaportes es tan poco práctico para la población (y para la economía). Si se requiere ir en persona… ¿por qué no se abre a horas más compatibles con los trabajos de la población? De siete a nueve, por ejemplo, de seis a ocho, en sábado o, incluso, en domingo. Imaginarán que mi peregrinaje por obtener un pasaporte acabó en que estuve a punto de desistir, por lo menos por este año, después de todo, en la vida real, para la gente común, hace más de cuatro décadas que los turnos se dispersan por las veinticuatro horas.

Corolario del procedimiento lento y azaroso de hacerse documentar, como los tiempos lo exigen, queda de broche de oro el costo por volver expedito el trámite. ¿No resulta excesivo todo esto? Me pareció increíble que tenga uno que pagar por obtener un servicio, de por sí financiado por nuestros impuestos. Pago adicional por hacer expedito el trámite. Pago adicional por obtener una voz humana en la línea de información y que esta conteste tu pregunta mal, por cierto.

Me gustaría que al pregonar el cambio los políticos pensasen en qué tan indignante resulta no ya la imposición de retrasos y complicaciones debidas nada más que al bienestar y la comodidad de los llamados “servidores” públicos, sino que cambiemos también la demanda inexplicable de cargos extras “para agilizar” lo que debería ser ágil.

Y la pregunta queda, en donde acaba esta locura. En el principio fue el trámite, financiado por nuestros impuestos. Hoy es el trámite, financiado por nuestros impuestos y vuelto expedito mediante un pago adicional (o sea la merma de nuestro magro salario/ahorro), a razón de tres semanas, contra seis meses en el caso de los pasaportes (más el tiempo del trámite, siempre al alza).

A este punto, qué nos dice que no nos levantaremos al día en que tengamos que pagar por volver expedito el funcionamiento de la escuela, de los semáforos, de la policía, de la recolección de basura, del transporte público… como ya lo hacemos con las vías express, los pasaportes, los trámites migratorios. Y todo es cuestión de seguir echando al saco roto de nuestra administración pública… debo decir la administración pública, sin el pronombre posesivo… o incluso con distancia “esa” administración pública en la que ya nadie se ve ni reconoce, salvo quienes a conveniencia fijan sus horarios y privilegios, sin ningún sentido de “servicio” otro que el personal.

For more information on María Dolores Bolívar you can visit her website at: http://mariadoloresbolivar.com/

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