October 31, 2008

Comentario:

El poder de la esperanza

Por Yhamel Catacora

Hace exactamente cuarto siglo, al cumplir mis 11 años de edad, sin saber mucho inglés y sin saber por qué, sujetándome fuertemente a la mano de mi madre, llegué a Estados Unidos. Esa llegada es el momento que se tatúa profundamente en la mente y en el corazón de todo inmigrante. En ese renacer o transplante de raíces germina también una nueva visión de nuestros alrededores. Con esos nuevos lentes aprendí a ver a mi nuevo país. Costó muchísimo poder expresar siquiera el posesivo sin traicionar a mi país natal. Costó más no sentirse ajeno; costo menos quererle y sobretodo respetarle.

En cuarto siglo transcurre toda una generación. En ese brote el país también se transforma. Cinco presidentes después, la explosión del Challenger, el boom y el bust de la internet, el boom y el bust del mercado de bienes raíces, dos recesiones, varias e innecesarias guerras, el tremendo ataque a las torres gemelas y el pentágono, el constante desprecio a los indocumentados, son solo algunos de los miles de otros significativos eventos que pasaron por nuestros ojos, por nuestras teles, o por nuestras calles, en los últimos 25 años en los Estados Unidos de Norte América.

Mis raíces se fijaron y extendieron en el área metropolitana de Washington. Mi apego es tan profundo que puedo dibujar en la mente el mapa trazado por L’Enfant. Sin embargo, fue en febrero del 2007 cuando tuve la clara certeza de por qué la ciudad me importaba, y por qué yo le importaba a la ciudad. Cuarto siglo no había pasado en vano; la más importante transformación en la vida política de este país se desarrollaba y yo era testigo. Barack Obama anunciaba entonces su campaña para la presidencia de Estados Unidos. Con el doloroso pasado racial de este país, el color y el nombre del futuro candidato a la presidencia se habían hecho sus características más visibles. Estados Unidos se miraba al espejo después de tantos años. En efecto, el país se transformaba. Un nombre “raro” reflejaba una imagen diferente y una nueva identidad.

En ese mensaje inicial, la amplia sonrisa del joven Senador de Illinois, portadora de la grandiosa herencia de más de tres continentes, el color de varias razas, las penurias de haber crecido sin padre y con poco dinero, nos transportaba a un momento esperado por generaciones. Él había sobrepasado todos los obstáculos de una vida precaria, y ahora se dirigía a nosotros desde un podio, impregnándonos de su optimismo: él lo había logrado y nos invitaba a intentarlo. “Yes we can” llegaba a nuestros oídos blancos, negros, hispanos, hombres y mujeres, jóvenes y mayores, produciendo en millones un escalofrío despabilador; una inclusión que gritaba, “nosotros”. Fueron esas primeras palabras las que me hicieron sentir que votar no sólo significaba hacer la fila el martes de noviembre y contentarse con lo que la tradición decida. Inspiración es la palabra con la que puedo describir lo que sentí al apuntar mi nombre en la lista de voluntarios en la campaña de Barack Obama. Emoción es lo que produce el ser parte de ese arco iris de gente que a pocos días de la contienda electoral más importante de nuestros tiempos, cree en el poder de la esperanza.

Es la primera vez en mi vida de votante en la que siento propósito y convicción que Barack Obama y Joe Biden nos ayudarán a virar la página a un nuevo porvenir; generando el cambio a una administración que se ha burlado de sus habitantes y ha burlado su propia dignidad. El mundo entero aguarda el 4 de Noviembre. El mundo entero todavía tiene fe en esta gran Nación, que está a punto de marcar el más significativo precedente de su historia. Por el bien de todos nosotros, esperemos exclamar el 5 de Noviembre, ¡Si se pudo!

Yhamel Catacora es periodista independiente que reside en Washington DC.

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