October 17, 2008

La vida de los sin papeles en Tijuana

Por María Dolores Bolívar

¿Quién decide los límites de la patria…? “Un patote”, contestó despertando las risas de quienes lo rodeaban, uno de El Salvador cuando le preguntaron qué animal había en el escudo de la bandera mexicana. “¿Cómo se dice plátanos en Puerto Rico? – Suelen usar en EEUU con quienes tienen o fingen el acento caribeño-” “¡Cánteme el himno nacional!” Yo por si acaso me puse a canturrear para mí las tres primaras líneas: “Mexicanos al grito de guerra, el acero aprestad y el cañón, y retiemble en sus centros la tierra, al sonoro rugir…” ¡Uy! Cuántos de mis antiguos estudiantes de civismo se habrían quedado en las primeras estrofas, considerando el nerviosismo con el que la memoria se cierra como almeja en esos mínimos instantes en que nos queda la última batalla por ganar.

“¿Por qué lo regresó?” escuché que preguntó Víctor Clark-Alfaro -director del Centro Binacional de Derechos Humanos y nuestro Diógenes/ profesor- a la mujer que recibía a punta de preguntas a quienes aguardaban en la cola final de la deportación. “Dijo que el centro de la bandera era rojo…” Pero la traicionó su sentido de ubicación en ese mundo de rejas giradoras y de puertas que se abren y se cierran. A menudo los centroamericanos mienten la nacionalidad para ser deportados a México. El camino de regreso es más corto así. Los deportados no tienen intenciones de regresar a su lugar de origen, no en su mayoría.

“Ustedes no pueden estar aquí” me dijo autoritaria “la migra” mexicana, ya a manera de orden. “¿Por qué?”, apuré yo que casi me encontré avasallada por el número de personas que circulaban desde la puerta de salida voluntaria, al tiempo que preparaba mi toma. “Porque el licenciado Zárate no me llamó para autorizarlos.”

El licenciado Zárate es real, existe, pero en aquel momento aparecía entre nosotras –aquella guardia de rostro duro y autoritario y yo- como la metáfora del poder. “O tú o yo”, “puedo o no puedo”. Pero ni Zárate, ni yo, ni mi cámara que me volvía alguien frente a ella, dictaron el desenlace de aquel momento en mi narrativa de los hechos. Mi peligrosidad, la corriente que nos arrasaría a ambas en un momento dado, consistía en mi testimonio debido “a la casualidad”. Yo la estaba observando. Su comportamiento estaba siendo registrado por mí. Los demás no importaban para ella. “Mi escrutinio le ponía límites a su autoridad”, pensé. Pero accedí a irme luego de insistir que Zárate sí me había dado permiso.

¿A quién favorece el endurecimiento de la línea?

Los puntos de cruce –El bordo, el nido del águila, el cañón Zapata, Otay, Campo, Tierra del Sol- son hoy conocidos por su peligrosidad. A lo largo de la línea que divide a San Diego y a Tijuana/Tecate hay un parte aguas: Antes y después de Guardián. Guardián fue el primer embate contra los inmigrantes encabezado por cohortes de “ciudadanos” con sus coches, que se aprestaban a iluminar el bordo y el cañón zapata, a la caída del sol, para impedir los cruces nocturnos. El endurecimiento de la línea inició así, a finales de los ochentas. Desde entonces, todo ha cambiado para mal. No los cruces, no, esos han aumentado. Lo que se ve que va en aumento es el peligro, las muertes. Yo no había estado en el bordo desde mis tiempos de estudiante de ciencia política, mucho antes de Guardián. Por aquellos tiempos “el brinco” podía darse por unos cien dólares. Hoy, con tanta dificultad y riesgo, el negocio aumenta para ventaja de los comerciantes de personas. “Es más difícil pasar drogas que gente”, me dijo un artesano que comentaba conmigo las tribulaciones de la pasada. Y, eso es cierto, en la medida en que las ganancias son mayores, la dificultad de transitar, con los pollos a cuestas, aumenta.

“Don’t be a man just for a minute” me contaron que decía jocoso un espectacular que hacía mofa de los hombres minuto… “be a man all your life. Los “guardianes” de la ciudadanía, se han erigido en la autoridad de la frontera. Con sus escasas huestes arremeten contra quienes han dado en percibir como sus enemigos. Pero los verdaderos enemigos de los hombres frontera son las redadas. El terror de las redadas nocturnas ha hecho presa de todos los hispanos. Las redadas ya forman parte, son una extensión de la realidad fronteriza cotidiana.

Las redadas y las deportaciones masivas han convertido a la línea fronteriza en el límite desdibujado de dos extremos. Ahí, donde los tonos pierden sus contrastes, todo se difumina, se confunde. En una frontera la línea subyacente es el miedo. Miedo a la autoridad sobre todo. Miedo a decir que no y estar errado. El mayor miedo: no tener papeles. Se es extranjero sin papeles, se es indeseable sin papeles, a uno y otro lado del bordo los sin papeles –así se llama en Europa a los trabajadores migrantes- sufren el infortunio de la persecución policial, son criminalizados.

Grupo Beta

El grupo Beta fue fundado como grupo de auxilio al migrante. A un lado de la oficina de migración todavía está su estación, aunque ya casi no reciben apoyo de nadie. Se trata de esos proyectos-llamarada-de-petate-sexenal. Hoy, caído en desgracia o venido a menos, sólo recibe fondos de la caridad de algunas empresas, como las camioneras, que donan a los migrantes la mitad de un pasaje. Nuestro anfitrión Beta, al interior de una sala refrigerada a menos de 60 grados Fahrenheit, casi se puede decir que no habló. Su mirada permaneció fija en nosotros. ¿De qué podía hablarnos el encargado de un programa que ya casi no funciona? “No tenemos recursos” trató de justificarse cuando cuestioné que le dieran solo la mitad de un pasaje a quienes se supone que están siendo alentados a volver a sus lugares de origen (debiera tal vez decirse a no quedarse en Tijuana). “Los gestionamos con las camioneras y eso nos dan, solamente.” Las camioneras, de buena voluntad, medio pasaje a los migrantes, ponen su parte. La otra mitad tienen que ganársela ellos trabajando de lo que sea, en Tijuana, en tanto se hospedan en los albergues cristianos o duermen en la calle.

Los migrantes no tienen documentos, nos dicen dos al mostrarnos el brazalete, donde se enuncia su nombre y generales. Lo reconocen como si fuese un talismán, por si los detiene la policía. “Pero la policía los espera afuera de los albergues. En cuanto son echados a la calle porque se les vencieron los doce días en que el albergue”, consigna finalmente el hombre Beta. Dispuestos a ganarse unos pesos les extorsionan lo poco que les queda para después echarlos a la calle, de nuevo a su suerte.

“Necesitan probar que se ganan la vida honradamente.” Y “honradamente” es definido a criterio. Si son migrantes, sin papeles ni dinero para sobrevivir cualquier trabajo da de comer. ¿Cómo van a sobrevivir sino atraídos de manera irremediable hacia ese bordo que funciona como la balsa sobre las aguas y rápidos del río Tijuana…


“Cuando no se tiene dinero da más hambre”

“Estados Unidos es el mejor país. Allá si uno hace todo bien nadie lo molesta. El gobierno no se mete con uno, puede trabajar y ganar en un día lo que yo acá me gano en una semana” dijo un joven que aguardaba sin esperanza otra que la de volver a cruzar para ir a ver lo que quedó de sus cosas en Fresno, el día en que lo deportaron. “Me dieron vida… para que no vuelva”. Sus palabras cayeron en un ambiente silencioso, sin matices. “Soy de Guerrero”, dijo a años luz de ese tiempo otro que recordó como “yo era feliz trabajando en mi tierra, pero me vine al otro lado y ahora ya no quiero regresar.”

Yo vivía bien y trabajaba en Guerrero pero ahora ya no puedo porque yo gano allá en un día lo que en Guerrero ganaba en una semana. Y allá los días son de ocho horas, acá no. Este indocumentado fue atrapado cuando cruzaba una segunda vez. Iba rumbo a Fresno. Le habían dado probation por usar drogas y luego le dieron vida. “Proveichon…”, “vida”. Aún así espera regresar; está en Tijuana el tiempo que requiera ganarse un poco de dinero para tomar rumbo hacia Fresno. Su comentario no critica, no valora, apenas denota cierto sentido de indefensión momentáneo.

El gobierno mexicano no hace nada

Cuando le pregunté qué pensaba del gobierno mexicano, tal vez el guardián del grupo Beta inhibió su respuesta: “Estados Unidos es lo mejor que hay, allá mientras uno no se porta mal todo funciona, uno puede disfrutar y hasta divertirse, trabajando.” No habla con entusiasmo del gobierno que acaba de deportarlo, no, intenta situarnos, sin mucha complejidad. Allá… “todo funciona”, “puedes trabajar”, “mientras te portas bien”. Las implicaciones van en todas direcciones, al tiempo en que uno percibe la sutileza. Cualquier cosa es mejor que la patria, cualquier situación más llevadera.

“El gobierno mexicano no hace nada”, le arranqué a fuerza de preguntarle tres veces por sus sentimientos para con un país que pareciera serle lejano, por no decir que hostil. Mi interlocutor se encuentra en la estación del grupo Beta, también rodeado de rejas a las que se echa cadena cada vez que se abren o se cierran. “No hace nada, absolutamente nada”, resonaron sus palabras, sin más explicación en aquella sala tan helada.

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