October 10, 2008

Los intersticios de la globalidad

Por María Dolores Bolívar

Sin papeles, sin esperanza, sin arraigo, los deportados deambulan las calles de Tijuana esperando no ser vistos. Desde que iniciaron las redadas masivas el número de ellos va en aumento. La mayoría se encuentran a miles de kilómetros de su lugar de origen. Los oficiales estadounidenses los deportan en grupos, a las puertas de su país cuando muchos, ni siquiera reconocen ya una casa en ningún punto de la que de otro modo sería “su tierra”. “Les pedimos su boleta de deportación”, dijo la jueza. Y luego ahondó en su infortunio, tienen que demostrarnos “remuneración” honrada.

Entramos al penal municipal

La cárcel municipal de Tijuana es a menudo el último punto de la carrera por el sueño americano. A diario los indocumentados son atrapados por los policías. Los consideran infractores cuando en verdad su único crimen, ya en suelo patrio, es lucir amolados. Cuando son deportados los indocumentados no llevan nada consigo.

La jueza de la cárcel municipal nos contó que los migrantes pedían quedarse a pasar la noche de internos, “pues no conocen la ciudad”. Aunque lo de “la petición” me pareció difícil de creer, supongo que algunos, por temor, prefieren la marginación del interno que la sordidez nocturna de las calles. En doce días de albergues, donde la escasa caridad no da ni para un cambio de cama los emigrantes buscan contra el reloj su plan B. Y cómo hallarlo, si por regla se les exige que demuestren “ingresos decentes” cuando se sabe que van sin documento alguno, o con tan solo la boleta de deportación o el brazalete con que se los identifica en las cárceles del otro lado.

Aquella jueza de turno me pareció un personaje digno de una novela de Paco Ignacio Taibo II. Hacinada ella misma en una oficinita de unos cuatro por cuatro, nos recibió a regañadientes. “No me llamó el licenciado, oiga” (se refería al director del penal). Un escritorio atiborrado de boletas, un cómodo sillón –que ocupé yo, desplazando su bolsa Coach probablemente made in Tijuana- y un par de libreros constituían su juzgado calificador. Poseedora de una dignidad casi distintiva del resto de los empleados del penal, ella acababa de retomar su puesto del que había sido desplazada por los tiempos de Hank Rohn.

-“¿La envió a su casa…?” lancé para romper el hielo…

-“No, me fui a la penitenciaría.”

“¿Es usted corrupta…?” le pregunté sin más, agregando que es todo lo que se oye de la autoridad, en el otro lado. “Pues mire…” arrancó a responderme “…no le voy a negar que he cometido mis errores…” y se internó en un mar de palabras que describían su labor, cual si distancia y evasiva el código único de seguridad.

El nerviosismo de aquella mujer, que en plan social será seguramente muy cordial, era extremo. Pudimos ver como la celadora que interrumpió para gestionar la firma de una boleta le transmitió un poco de ese aplomo que la ha llevado a mantenerse ahí, desde hace años. No era para más. Nos encontrábamos ahí ocho testigos de su labor, amontonados en su oficinita, observándola. Ella buscaba anécdotas para ilustrar su charla involuntaria. Un par de veces, mientras yo calaba la comodidad de su sillón orientado hacia la pequeñísima tele que pendía sobre de su cabeza, pensé en los contrastes que dominaban sobre aquella realidad bipolar. Cama de piedra/sillón calificador.

Ya en la cárcel, me sorprendió la facilidad con que entramos, literalmente, “hasta la cocina”. Los últimos acontecimientos nos hacían esperar lo contrario. “El ejército lo tiene concentrado todo”, resaltaron con reticencia los guardias que nos respondían, sin ninguna elocuencia. Al otro lado de la puerta metálica, nuestro guía y profesor, Víctor Clark-Alfaro, transmutó de docente en Diógenes. Su autoridad llevó a los celadores, primero cuchicheando si me dejarían o no entrar con mi visible cámara, a consultarle -¡a él!- si podía yo tomar una fotografía. Al final, mi cámara se convirtió de arma en tabla sanadora. Los guardias exudaron cierto temor por la situación de violencia que reina en lo que antes fueran sus dominios absolutos. Comentaron, casi se puede decir que “en confianza” acerca de la violencia que reina en la entidad. “Tómele aquí”, ya mejor concedió indefenso un celador, al tiempo en que hacía ver que las celdas vacías mostraban un encuadre en apariencia inofensivo.

Conté a mi paso por aquellos pasillos seis personas, cuatro hombres y dos mujeres, todos menesterosos. A diferencia de las prisiones que todos creemos conocer a través de las películas y las telenovelas, esta tiene algo que me marcó como si me rasgara la piel. En ninguno de los rostros que vi, sometidos a la indignidad del espacio que taladraba de manera indescriptible el terreno profundo de las vejaciones cotidianas en contra del individuo, parecía haber esperanza. “Demuéstreme que se gana la vida dignamente” había nombrado como aliciente la jueza del penal, al tiempo que aliviaba su conciencia en voz alta a mi pregunta de si era dura o a veces se conmovía. Y la palabra “dignamente” resonó en mi ánimo igualito que si diese sobre él un par de tumbos.

Sordidez estanca

Adentro, la lamentable existencia de quien corre las calles se halla temporalmente contenida, restringida, pisoteada. Afuera, enfrenta la infinitud temporal y espacial de nuestras geografías, cuando se mira hacia el sur. Sin papeles, sin trabajo, incapacitados para demostrar que son dignos de ser tomados en cuenta, los pobres constituyen una humanidad donde confluyen muchísimos… los sexo servidores, los migrantes, los sin casa, los migrantes, los coyotes, los migrantes, los taloneros (conectan pollos con coyotes), los migrantes, los westeros (roban datos en las estaciones de Western Union), los migrantes, los artesanos de la línea, los empapeladores, los migrantes. Sí, sí, los migrantes son la metáfora del ser que ya se trenza o desmadeja en esa humanidad en desbandada, porque qué es Tijuana sino la tierra de paso –o de retorno- hacia o desde esa realidad otra contenida por un triste muro.

Aún vacías, aquellas mazmorras que se nos dijo llegan a contener hasta 800 presos “bien retacados” me resultaron mucho más sórdidas que las que con frecuencia muestra en su página la fotógrafa Chiara Tamburini, en sus viajes por Lampedusa y el paso de pateras hacia Italia. Uso la palabra mazmorra alegóricamente. Acá la cárcel no es subterránea. De hecho, por fuera, ni siquiera resulta sórdida. Son sus olores, la dureza de sus camas –de puro cemento- la desnudez del enrejado verde perico que contiene cuatro camastros y una letrina lo que despide aquella sensación de sordidez. Tres celdas marcadas con el emblema y el distintivo de los derechos humanos de los migrantes nos hacen conmovernos, pero luego viene la aclaración de que casi no son ocupadas. Los guardias insisten que solo basta que el migrante diga que lo es para que sea llevado ahí donde se tienen sábanas, cobijas, unas camas literas más decentes. Es probable que se las ocupe para acomodar a presos que pagan por un poco de comodidad. Mi conjetura se basa en lo que veo y oigo. De hecho nos asombró que la propia jueza calificadora dijera no haber estado en el interior de la prisión… y que luego se corrigiera “bueno, sí lo conozco pero hace tiempo que no he estado, “esas celdas no las conozco”.


Bordes irregulares

Aquí cierra este viaje por los bordes de la globalidad, contenidos en el penal municipal. La globalidad no solo incluye círculos internacionales o comercio glamoroso… bajo una capa muy superficial reinan también el comercio clandestino y los giros informales.

El vocabulario de esas fronteras/profundidades está cargado de eufemismos. Pollos, coyotes, guías, empapelamiento, muebles. Los taloneros, por ejemplo, gestores iniciales de cada operación, son los arrieros de hoy. No sólo se dedican a la taloneada, a veces también son artesanos o negocian con otros giros. En la frontera todo se vale. Privan en ella ingenio y malicia, permitiéndose incluso madrugarse (birlarse) unos a otros la mercancía; esquivar a la migra como sea; trasegar de un solo viaje mercancías diversas. La combinación de varios negocitos pone en peligro momentáneo a quienes se acomodan con el coyote. A la hora de embarcarse (que en español mexicano también quiere decir entrar en una situación de difícil solución o salida) no hay tiempo para remilgos. Este viaje es el todo por el todo, no hay más.

Contacto Maria Dolores Bolivar at http://mariadoloresbolivar.com/

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