October 3, 2008

Andamos en esto

Por María Dolores Bolívar

Los emigrantes se resguardan de su tiempo, de los gobiernos, de la historia. Su visibilidad los vuelve vulnerables y a veces, también, invisibles, extraña paradoja. Parecería que han hecho un conjuro. Están sin estar… “No hay nada que perder…” me comentó un amigo que se subió con un grupo de ellos en una camioneta que cruzó por el lado de Otay. “Van convencidos de que se juegan su última carta.” Y a diario tientan a la suerte… “¡Qué más…!” dijo Martín. “Qué otra queda”, terció Manuel.

Doña Meche llegó a Estados Unidos de a poquito. Así, de a poquito nombra ella los últimos reparos que experimentó ya instalada en la casa de su comadre, en Tecate, Baja California. ¿Cómo íbamos a sobrevivir? Así empezaba la retahíla de preguntas que iban a dar, como en cadena, a una duda mayor, cada día que se llegaba la hora de cruzar y ella juntaba lo suficiente para vivir sola, o con la hermana de una vecina de su Zacatecas.

Al principio doña Meche accedió a llevar a sus hijas a la escuela. “Las niñas sufrirán menos así” le dijo una vecina que le recomendó el plantel de Escondido al que asistieron sus sobrinas. Ella podría apuntarlas para el nuevo ciclo, antes de que se acabara el verano. Una vez adentrada en esa misión, doña Meche dejó de verlo todo cuesta arriba. Sus hijas, se quedaron muy contentas cuando vieron la escuelita nueva y se deshicieron en sonrisas para con la maestra que se presentó con ellas en inglés, tanteando la habilidad de las chiquillas para participar en las clases. Meche se sintió muy orgullosa con la respuesta de las dos chamacas. Apenas si la miraron al tiempo que se enfrascaban en el rua, rua, rua con la señorita Jernández. Ellas siempre dan el aire como de gente ambientada a todo, dijo doña Espe. ¡Quién fuera como los niños que a todo se acoplan sin problema!


“Tenemos que cuidarnos de los olores y del humo para que no nos localicen” comentan los trabajadores. ¿Su sueño? Conseguir un trabajo estable y papeles para no tener que andar quedándose entre los árboles.

Pero los niños también sufren, aseguró Leticia, quien acaba de ponerse un mechón rojo oscuro en la cabellera azabache que le cae sobre la espalda haciéndola parecer más garbosa y, también, más orgullosa. “Leti no se engaña” insistió Socorro, comentando que ambas han pasado tremendos sustos cada vez que la migra aparece en el bulevar, dándole despacito, a pesar del tráfico, haciendo que el corazón se les detenga a ambas de imaginar que no podrán volver “a levantar” a los chicos del colegio. “¿Cómo cree usted que vamos a andar pensando en ser mejores padres?”, preguntó Consuelo a la consejera, quien con humor las instó a valerse de lo que fuera para no dejar que el miedo se apoderara de sus vidas y sus actos. “Mmmmm, suspiró con los labios apretados Ana, que tiene de momento la encomienda de limpiar los baños del Head Start (el preescolar público donde todas acaban de conocerse). Y sí, afirmó la maestra, recurriendo al humor para conjurar el temor inevitable de verse acorralados e indefensos.

“¡Socorro, socorroooo! Rompió el momento grave Leti, otra vez, burlándose un poco de todas que han comenzado a tener miedo “hasta porque vuela una mosca”. “Es que en la iglesia ya nos tienen dicho que no andemos dando nuestros nombres ni menos dejándonos que nos tomen fotos. “En eso tienen razón, pienso al tiempo que imagino como voy a presentarlas en un retrato sin rostro. Acabo de recordar al fotógrafo que se rió de mí por esa misma razón. “A portrait, without the eyes?” Su sorpresa me contagió por instantes. Qué difícil lograr algo así, sobre todo porque si son expresivas estas mujeres es por la mirada, oscura, fija y penetrante. Pues bien, me puse manos a la obra y decidí que buscaría el ángulo deseado. Haría un proyecto que mostrase las tribulaciones de mis modelos migrantes sin perturbar su deseo de mantenerse anónimas. A medida que recabo sus anécdotas los nombres pasan a ser secundarios. Cada una de esas vidas se parece a otra, a muchas más… haciendo gala de esa misma despersonalización que padecen cuando pierden su segundo nombre y todas comienzan a llamarse María… o en esa nueva realidad donde se vuelven un número o la ausencia del mismo.

Y las fotos resultaron tan expresivas que no podrían dejar de contar una historia, desde el ángulo oblicuo de la mirada por atrás o por el lado. “Que no le salga la narizota” dijo carcajeándose Meche, sugiriendo que nadie dudaría al vérsela de quién se trataba. Y nos reímos durante la sesión que terminó con un montón de fotos inservibles, por aquello de que se veía la medalla o algún rasgo reconocible o ese mechón… “¡Ya ves, por el mechón darían contigo!” Y a juzgar por las risas no hay nada que amilane a estas señoras madres, hermanas, hijas que no se dejarán vencer, por nada del mundo.

En una esquina

A eso de las once, en sábado, todavía hay esperanza. Los trabajadores que ya desmayan se han colocado en el mero rincón del Seven, apretaditos en la barda como para darse apoyo. Así, hombro con hombro, aguardan al salvador del día que vendrá a proponerles algún trabajo que les dé para comer. “Ya no pido más”, me dijo José, asegurándome que a diario se juega la suerte en este mismo punto. “Pero si usted vuelve aquí es porque gana dinero…” No se crea, señito, las cosas ya se están saliendo de control. La gente tiene miedo de levantarnos porque luego creen que les van a mandar a la migra. Un buen día es cuando nos levantan para dos o tres trabajos, y a todos. Cobramos por hora y si nos pagan bien conseguimos para guardar un poquito, hasta que nos caiga otra oferta. El promedio de ingresos de estos trabajadores no supera los sesenta dólares al día. Los empleadores pagan por hora. “Siempre regatean… es que no hay dinero”. Parecen resignados. La crisis hipotecaria nos está afectando a todos, acabó por concluir aprovechando una pausa larga. Aquí se comprueba más que en otros campos. Hay áreas donde largas hileras de casas lucen los cartelitos que indican que están en venta. La mayoría están en trámites de embargo por compañías crediticias. De noche da tristeza verlas, a oscuras, dueñas tan solo del glamour pasado que ya no las deja lucir como cuando eran nuevas.

Comienzo a preguntar de dónde son mis interlocutores. La mayoría son de Oaxaca. Uno de ellos únicamente es de San Luis. Se halla de fuereño entre los oaxaqueños. Me río un poco para disipar el drama. “Me los topé un día que buscábamos trabajo y desde entonces somos amigos”, explica. En su voz hay algo de nostalgia por su tierra. Sus actuales compañeros parecen llevar consigo sus costumbres bien arraigadas.

A medida en que avanza el día las ilusiones se adelgazan y comienzan las explicaciones. Es que ya la gente no quiere que le arreglen su jardín o que le pinten algún cuarto. “Muchos han perdido sus casas”. Don Rafa conoció hace poco a un grupo de amigos que se dedica a restaurar casonas abandonadas. “Se van a buenas zonas y las limpian bien.” Alguien los alentó a comprar una y a venderla, para iniciar su propia empresa. Pero no es tan fácil. Tuvieron que asociarse con “un gabacho”. ¿Tiene familia? remato para ir en esa dirección. Sí, señito, en Veracruz y en Zacatecas. Y para hacerle ver que conozco ambos estados bien, le digo que no me explico como se llevan con temperamentos tan distintos… “Así, es…” abunda, ya en confianza. No nos llevamos. Unos somos más ruidosos y habladores y los otros son callados. Pero yo soy callado, a veces, yo creo que me llevo más con los de Zacatecas. Y, mientras la plática transcurre apacible, alguno nos toca el claxon para mostrar desacuerdo por nuestra existencia. Una risa distraída se le escapa a Antonio, uno de los más silenciosos. “Parece que no nos quieren”, subrayo para escuchar su opinión. “¡Ey!” oigo con parquedad. Y sigue una larga pausa que indica que he dado con un punto sensible.

¿En dónde están las mujeres? Nunca las he visto solicitando trabajo en las esquinas. “Ellas encuentran con más facilidad”, me ha dicho un joven, que no parece ajustar los veinte años. Y así es. Ellas trabajan en las casas, en las fábricas. Se pierden en la inmensidad de las labores domésticas. Las que más ganan son las nanas… y pagan bien. Todavía no se ha sabido que haya redadas en las áreas residenciales. Tal vez no sería popular atemorizar a los votantes con dinero. Porque tienen dinero quienes pagan los servicios domésticos.

Así, los emigrantes se resguardan de su tiempo, de los gobiernos, de la historia. Su visibilidad los vuelve vulnerables y a veces, también, invisibles, extraña paradoja. Parecería que han hecho un conjuro. Están sin estar… “No hay nada que perder…” me comentó un amigo que se subió con un grupo de ellos en una camioneta que cruzó por el lado de Otay. “Van convencidos de que se juegan su última carta”. Y a diario tientan a la suerte… “¡Qué más…!” dijo Martín. “Qué otra queda”, terció Manuel.

Ya a punto de caer la tarde los trabajadores comienzan a retirarse a sus viviendas. No todos tienen apartamentos. Muchos se quedan en los parques. A la intemperie, la estratificación también existe. En el cañón de Peñasquitos hay verdaderas colonias de recién llegados. “Llegan y, en lo que se acomodan, se quedan aquí, con otros conocidos. Una vez que cae la noche ya no pasan ni los coyotes…” Y sí, el parque cierra y ellos se quedan al resguardo de la oscuridad. Hace tiempo que se volvió imposible encender un fogón o preparar comida. “Tenemos que cuidarnos de los olores y del humo para que no nos localicen. Y con octubre las cosas se complican, por el frío. ¿Su sueño? Conseguir un trabajo estable y papeles para no tener que andar quedándose entre los árboles.

http://mariadoloresbolivar.com/

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