November 26, 2008

Los jóvenes, algo más que una gigantesca fuerza laboral de reserva

Por María Dolores Bolívar

Veo a los jóvenes llenos de entusiasmo. Quizás se den cuenta, ellos mejor que nadie, qué tan deteriorada está la economía. Están cansados de trabajar a deshoras y de estudiar con la desesperación que les impone el saber que no hay cuerpo que aguante toda una vida de trabajos de nueve a diez dólares por hora. Su única esperanza es estudiar para salir de pobres. Ellos saben que tienen que hacerlo a costa de lo que sea. También los trabajos de 12 dólares la hora se acaban o emigran cual golondrinas arrogantes. El outsourcing –versión contemporánea de aquella realidad que nombraba a los capitales huidizos “capitales golondrinos”- ha dado a las corporaciones la ecuación perfecta: trabajos en países lejanos sin prestaciones y a menos de la mitad de lo que exigen los salarios mínimos en Estados Unidos. ¡Vaya una ganga para las corporaciones!

Los jóvenes ingresan a una fuerza laboral de empresas móviles que han reconvertido al mundo todo en una impresionante e inagotable fuerza de reserva. Sin un grado académico comercial, rentable, la estabilidad no es más que una quimera. Para no compartir con cuatro personas una renta promedio una persona en la actualidad debe de ganar un salario de por lo menos cuarenta mil al año. Un joven con sueños no obtendrá esos ingresos salvo si habla dos idiomas, cuenta con un título universitario y responde a las especificidades bien precisas de empresas que lo contratarán -¡vaya una lotería!- temporalmente. La temporalidad vuelve a los jóvenes móviles –no hacia arriba, en la escala socio económica, sino horizontalmente-. “Tienes que mudarte a Kansas” comentó una chica indignada por la combinación de altas rentas/bajos salarios que caracteriza a California. “Mi hermano estaba desempleado pero se fue a Utah y encontró trabajo”, dijo otra, alarmada porque las colegiaturas de la universidad del estado han dejado de parecerle accesibles.

También la perspectiva de una guerra larga ha transformado el sentir del votante. Los reclutadores militares echan mano de las escuelas para convencer a jóvenes sin futuro. Entrar al ejército a cambio de estudios, prestaciones y un poco de seguridad parece el aliciente perfecto. Sin embargo la convivencia con los que han vuelto de Irak desmiente esas promesas. Muchos soldados, todavía enlistados voluntariamente, han tenido que volver dos y tres veces a ser desplegados. El enlistarse voluntariamente ya no resulta tan atractivo para nadie. Sobrecargados, de trabajo los reclutas han comenzado a dejar de considerar la milicia como plan de vida.

Y Obama promete salir de Irak, aunque sea gradualmente, y reactivar la economía. Obama ofrece una economía de más amplia base que permita reorganizar la fuerza laboral local y redefinir las relaciones internacionales, no en base a ambiciones corporativas, sino a una política inclusiva que vea por volver a elevar el estándar de vida y favorecer a las mayorías dentro del país. Las promesas de campaña van en esta dirección que esperamos no ver volverse un camino de vueltas y vericuetos “políticos”. Apoyo a la educación y a los estudiantes. Levantar a la clase trabajadora con dinamismo, reclamando a los jóvenes su fuerza creativa a cambio de apoyos para llevar a buen puerto sus estudios –en medio de esta recesión-; retomar la ruta de la competitividad vía la ciencia y la investigación; acabar con la política de “divide y vencerás”, sustituyéndola por una de unión, solidaridad, labor comunitaria.

¿Estados Unidos contra el mundo? No, no más. Quizás el sueño último de Obama repose en esa máxima que lo lleve a avanzar hacia equilibrado, conciliador, negociador, diplomático. No levantando muros sino tendiendo puentes. No mediante barreras proteccionistas sino a partir de una colaboración entre naciones que incluya el entender que cuando la mano de obra se abarata afuera, el círculo vicioso de la migración se convierte en un maremoto social que nadie ni nada detiene.

Ahora, resta ver si los jóvenes continúan entusiastas; si la realidad deviene el libro instructivo de lo que no se debe permitir que siga; que sepamos todos que se puede y se debe ser creativo aún de cara a un sistema que ha generado, durante largo tiempo, sus propios mecanismos de supervivencia. No sé si veremos cambios, inmediatos, atropellados, intempestivos. Sé si que reina en el ambiente un ánimo de ser que nos empodera a todos, volviéndonos conscientes de que el poder de las bases goza del mismo efecto y naturaleza que el de las cúpulas dueñas del dinero: la convicción, la urgencia, la sed de triunfo. Sumados a esta ola que nos ha alevantado por los aires, de manera masiva, aguardamos ver avanzar al cuadragésimo cuarto presidente de Estados Unidos, hacia una era distinta. Pero se trata de un amanecer tan prometedor como difícil; tan de reto como de esperanza; tan de éxito como de lucha y sobresaltos que sortear.

Y al pensar en los jóvenes de Estados Unidos, no dejo de pensar también en los jóvenes de otros países. Ser joven no es fácil hoy, que la globalidad solo parece dar espacio a la ambición de las corporaciones. Tal vez esperanzados, pudiéramos dar a las nuevas generaciones algún consejo para asumir la vida, ilusionados y atrevidos: Esto es salir de la compartimentación que dan los teléfonos y los ipods y convertirse en seres participativos que se interesan por la comunidad, por sus comunidades. Los tiempos reclaman nuevos caminos y nuevos esfuerzos y, a diferencia de mi abuelita que gozó de una sabiduría milenaria bastante pesimista: Yo afirmo que nosotros “viviremos para verlo”.

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