May 9, 2008

Comentario:

La juventud cubana: mito y realidad

Por Lola Reyes

La juventud es la fuerza más activa y pujante de cualquier sociedad. Aunque en Cuba se caracteriza por jugar similar rol, las autoridades gubernamentales las emplean en sus propósitos de perpetuarse en el poder.

Fuera de este fin, la juventud está limitada en sus aspiraciones, bloqueada en su recreación, y hasta perseguida al no responder a los patrones ideológicos del Estado.

Esta degradante situación suele encubrirse bajo el manto de cuatro mitos que constituyen las únicas ventanas que abre Cuba al exterior: el bloqueo norteamericano, la igualdad social, la educación y la salud.

En cuanto al bloqueo, resulta ser más férreo el que se aplica desde el interior de la isla que el procedente del exterior.

Toda actividad económica, sea servicio, producción o comercio, tiene que ser ejercida en organismos estatales, o es ilegal, salvo algunas autorizadas a través de licencias que en su mayoría no son concedidas a los jóvenes en edad laboral.

Sin embargo, cuando el joven trabaja en una empresa gubernamental, el salario es tan bajo que apenas cubre las necesidades básicas de un mes, y esto, sin la posibilidad de acceder a otros productos y servicios sobrevalorados en un país improductivo. Esto ha obligado a inflar los precios en una sociedad donde el obrero sólo puede lograr la escasa supervivencia, y abstenerse de no caer en robos, desvíos de recursos y otros actos de corrupción crecientes en el país.

Además, de negarse a participar en actividades extralaborales convocadas por el sindicato, el partido o la administración de la empresa, como son el trabajo voluntario, las marchas de reafirmación política, los ejercicios de las milicias de tropas territoriales, entre otras, podrá se expulsado por NO CONFIABILIDAD.

O, en el mejor de los casos, no ascenderá a un puesto de importancia en la escala laboral. De hallarse recibiendo cualquier tipo de estímulo en moneda convertible (CUC), o una jaba de aseo con jabón y champú, el empleo le será retirado.

Respecto a la igualdad, es sólo en teoría. La discriminación por ideología política, raza, y religión, todavía está presente en la isla entre muchas personas y organismos del país.

La nueva clase, es decir, quienes ostentan un carné del partido comunista (el único autorizado a existir), o un historial de luchas a favor de la revolución, obtienen privilegios por encima de los que, aún más capacitados, no muestran esta adherencia ideológica y condición.

Asimismo, tanto los que disienten de la ideología estatal, quienes integran sectas religiosas, o practican algún culto, son marginados de forma sutil, y en muchos casos a través de una prohibición oficial para determinadas plazas o prácticas religiosas.

Por otra parte, la educación y la salud, los mitos más amplificados por la política oficial, presentan muchas fisuras estructurales y de objetivos que las hacen vulnerables pese a su innegable calidad.

En el primer caso, si bien es gratuita y obligatoria hasta el nivel secundario, presenta algunos rasgos incompatibles con el concepto educar, pues a la par que se imparten conocimientos sobre todas las materias existentes, se les exige una condicionalidad política que cae de forma estrepitosa en el adoctrinamiento.

Obligar a los niños de la educación primaria a que sean como el Che (el mítico comandante Ernesto Guevara), prohibirles la elección de una escuela religiosa, abrirles un expediente acumulativo de su participación en actividades patrióticas, brigadas infantiles de trabajo, círculos de interés político so pena que de incumplirlos salgan mal en las evoluciones aunque el índice académico sea muy alto, es un contrasentido.

Por igual camino, aunque con mayor rigor, transcurren sus estudios los estudiantes de secundaria y los universitarios, obligados a trabajar en el campo, a participar en marchas, y a mantener una actitud ideológica coincidente con los preceptos políticos de la revolución.

Y si analizamos las condiciones de quienes ejercen el magisterio en cualquier nivel educacional del país, veremos que sus salarios son tan insuficientes como los del resto de las actividades laborales de la nación, no obstante al servicio cultural que ofrecen, pues como decía el Apóstol José Martí: Ser maestro, es ser creador.

Este divorcio entre la utilidad del conocimiento que imparten y las necesidades materiales que poseen, tanto en sus vidas privadas como para ejercer su labor, han provocado un éxodo masivo en el sector, que ha obligado a las autoridades cubanas a impartir cursos de maestros emergentes, incapaces de sustituir el respeto y la maestra adquiridos por estos profesores de vocación y máximo nivel pedagógico profesional.

La salud es otro mito. Porque a pesar que muestras cifras muy positivas en la prevención primaria de las enfermedades, atención a todos los niveles sin discriminar a nadie, infraestructuras hospitalarias adecuadas, y alto nivel científico en todas las especialidades, la falta de insumos, médicos y medicamentos lastra una función tan vital.

Si algo salva el buen desempeño de la salud en Cuba, es la generosidad innata de los cubanos, sus deseos de hacer bien, y otras cuestiones éticas más allá de sus necesidades individuales.

Pero si tomamos en cuenta que esta generosidad y capacidad de entrega no las inventó la revolución, si no que son signos identitarios de los cubanos, nos damos cuenta que son simplemente unos profesionales explotados.

Remunerados con un mísero salario (alrededor de 25 dólares al mes, equivalentes a unos 600 pesos cubanos), sin medios para su traslado al centro asistencial, bajo pésimas condiciones alimentarias en su trabajo, y a veces sin recursos para trabajar, los médicos cubanos no dejan a ningún paciente sin atender, aunque haya terminado su turno de trabajo, sin comprarle un jugo o un medicamento con su dinero de ser necesario, y sin que falte el seguimiento a una enfermedad por muy difícil o duradera que sea.

Que varias generaciones de médicos y educadores, mayoritariamente jóvenes, se vean obligados a contar hasta el último centavo para culminar el mes, a vivir en condiciones deplorables en su hogar, y sin la más remota posibilidad de cubrir las demás necesidades básicas a un nivel decoroso, echan por el suelo ese mito de que la educación y la salud son los sectores mejor atendidos en nuestro país.

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