March 14, 2008

Comentario:

La bomba de New York

Por Humberto Caspa, Ph.D

Cuando escuché la noticia bomba de Nueva York, no supe si reír, gritar o rezar una plegaria para que los demonios no se aproximen a la tarima política de los candidatos demócratas y se vuelvan a llevar a otro de sus prodigios electorales. Spitzer estaba considerado como figura puntal en las elecciones presidenciales del 2012.

El año pasado, los malos espíritus lujuriosos estuvieron de paso por Los Ángeles. El alcalde angelino Antonio Villaraigosa estuvo haciendo malabarismos políticos y organizando una que otra mentirilla para defender sus amoríos frívolos con una belleza del noticiero Telemundo.

Meses antes su colega de San Francisco, Gavin Newsom, había metido la pata al aceptar los encantos sagaces de la esposa de uno de sus mejores amigos de trabajo. Aquí en Orange County, el Sheriff Mike Carona todavía vive su propio calvario junto a sus “dos mujeres”.

El gobernador de New York, Eliot Spitzer, está pasando por los mismos momentos de desesperación. El escándalo que propició su amorío es mucho más comprometedor que los problemas de Villaraigosa y Newsom y probablemente se ensarta dentro del problema de Carona. Spitzer cometió adulterio al contratar los servicios de una prostituta, pero también hizo utilización de los bienes patrimoniales de su gobierno para saciar sus apetitos sexuales. Es decir, los neoyorquinos están pagando los “bills” de su fechoría y sus andanzas en los hoteles más caros y con las mujeres más extravagantes del planeta.

En sus momentos de grandeza, algunas personas de New York lo compararon con el implacable Eliot Ness de los años 20. Sin embargo, después de que le sacaron los trapitos al sol, Spitzer luce como el emperador de las mujerzuelas neoyorquinas. Pasó de príncipe a lacayo.

Una vez de haber llegado a la procuraduría de New York en 1998, Spitzer hizo temblar a los tipos más poderosos de la Gran Manzana. Su entrada en Manhattan fue como la llegada de Ulises dentro del Caballo de Troya. Spitzer peleó arduamente en las cortes estatales y federales contra la gente corrupta y los usureros de New York, incluyendo contra los prostíbulos locales. Cuando presentó cargos en contra de estos capitalistas de mala saña, Spitzer los hizo arrodillar, les hizo pedir perdón y les hizo pagar con creses el engaño a la población contribuyente.

Los primeros afectados por la cruzada de Spitzer fueron los corredores y jugadores de Wall Street. Como resultado de una demanda de su dependencia, la procuraduría los forzó a pagar una cifra de 1.4 mil millones.

La gente en New York le rindió honores y le dio el título de “defensor del año” por sus hazañas en la corte.

El Jefe de Wall Street, Richard Grasso, tampoco se libró de la cruzada de Spitzer. Lo demandó por aparentemente “encajarse” más de 100 millones de dólares a sus bolsillos. Este caso todavía no está resuelto en las cortes y tal parece, con lo que sucedió recientemente, Grasso no va a pagar caro por sus aparentes abusos al mando de los corredores financieros de Wall Street. En este momento probablemente está brindando con sus amigos la tragedia de Spitzer y no dudo que se ponga a bailar de cabeza una vez que se entere que el gobernador no va más al frente de su gobierno.

No podía ser de otra manera. Spitzer está pagando sus propios platos rotos. El éxtasis de su vida loca duró unos cuantos meses o tal vez un par de años. Gastó alrededor de 5,000 dólares por hora por unas caricias exuberantes en los hoteles más lujosos de la Gran Manzana. Su romance con las prostitutas del Club Emperador le duró muy poco y, al parecer, le va a costar su carrera profesional, su trabajo, su credibilidad y lo que es peor, su familia.

En consecuencia, la bomba explotó en New York. El golpe fue muy certero y Spitzer no logrará sobrevivir las consecuencias de la explosión. Así de simple.

Dr. Humberto Caspa es profesor adjunto de Ciencias Políticas en la Universidad de California, Irvine. E-mail: hcletters@netzero.com

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